Si Bourdieu «viviría», o cómo evitar el «enclasamiento»

septiembre 6, 2025
Fragmento de Lucian Freud,Reflejo con dos niños (Autorretrato)

Lucian Freud, Reflejo con dos niños (Autorretrato), 1965. Óleo sobre lienzo, 91 × 91 cm. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid. © The Lucian Freud Archive / Bridgeman Images.

¿Cree usted que tiene buen gusto? De veras no le vi venir –oh, semejante mezquindad-, y sus pupilas inspeccionaban carroñeras la palidez de mi rostro. Pero, por qué ofenderse, por qué replegarse, ¿acaso no poseo yo una predisposición estética? ¿acaso no la poseemos todos? Lo exasperante de esta cuestión, aunque parezca baladí, es que supone una grosería de tamaño descomunal. Es, sin lugar a duda, la violencia intelectual más excluyente y enclasante. Excluyente por ser la práctica de un esnobismo intelectualoide. Y enclasante, porque a los que nos parieron sin renta y sin escudo nos costó conseguir con el sudor de la tinta lo que ustedes heredaron con la familiaridad de su linaje. De momento, mi afección por lo funcional le ha dejado escapar una carcajada condescendiente. Para usted, que siempre observa desde el palco, sabe que el gusto por lo práctico no es otra cosa que el gusto de la necesidad. Y la necesidad, amigo mío, le viene a uno como el primo del pueblo en el tren de las doce, muerto de miedo y sin avisar. Pero ¿cuál es el objetivo de semejante abrupto? ¿De dónde salen estos señores tan eruditos y engrosados de contracultura que se sirven del gusto para expresar su disgusto? Pues su objetivo no es otro que determinar, dicen, la naturalidad de su existencia (su naturalidad), que nos arroja, como diría Bourdieu, al escándalo de lo antinatural. Pues pretenden, una vez más, diezmarnos de la mano del darwinismo social; y van enredando nuestras ficciones para legitimar su estatu quo del mismo modo que los neoliberales le justifican a uno el fracaso con su presunta «economía natural». Y aunque ustedes y yo coincidamos en el Fausto, parece que mi indumentaria les rompe las líneas naturales que ustedes mismos han trazado; así que me condenan al ostracismo como lo haría un portero de discoteca, haciendo tangible lo intangible.

Resulta que los Beethoven y los Velázquez le parecen ya manidos -¡bendita enseñanza pública!- . Así que el caballero se eleva sobre mí con escurridizas referencias, joyas supra-lunares extraídas del submundo, loro yaco del underground y del club social. Pero ambos sabemos que semejante espectáculo sería innecesario si no fuera porque carece del otro capital que poco o nada heredó de su tía y que le dejó aquel gesto tan de Lucian Freud (siempre tratando de dominar, sin éxito, la escena desde el contrapicado), sobre aquella decepción burguesa de verdeazulados húmedos y sillón rococó. Decide entonces refugiarse en las artes medias como el adolescente que se encierra en su cuarto, de portazo y cabreado. Porque usted no ha venido aquí para interesarse por una simple fotografía o una vieja sinfonía; lo que a usted le interesa, es recalcar una distinción, su distinción. Y se le olvida que el gusto por lo estético, aunque participe del discernimiento, también participa de la verdad, y la verdad, cuando toca lo sensible, no entiende de clases y atraviesa, con una estocada, la pulpa cruda para arrancar el gemido del espíritu. Usted, claro está, no utiliza el gusto como una mera interjección, porque cada gesto de asentimiento viene ya calculado por una ruta social, por una trayectoria; y sabe, o por lo menos intuye, en qué lugares comunes y exclusivos ha de invertir su capital cultural. Mudan entonces sus gustos, condicionados por la promesa de un beneficio social que le hace ser víctima de su propio verdugo. Pero la libertad, decía Canetti, es ese querer irnos a un lugar que carece de nombre, así que déjese usted de escalafones y titulares, porque la cultura, cuando es positiva, nos empuja hacia el afuera. La cultura, cuando es libre, le debe convertir a uno en un escapista, en un trampero de aire fresco, en un emisario del eclecticismo del que nada se espera y tanto desorienta al público con sus juegos de cartas. Pero usted ya no da su brazo a torcer y se enoja recordándome una vez más la vulgarización de haber acercado Dostoievski a las masas. Y yo le replico: ¡Baile el ministro de interior, La Macarena! ¡Cante ópera el barbero! ¡Cite a Sócrates el campesino! Porque, amigos, el arrepentido de Wittgenstein, aunque terrible como maestro, siempre estará con su sinsentido de nuestro lado. ¡Al cuerno con la valoración! No hay mayor vulgarización del arte que despojarlo de su experiencia estética para relegarlo a la capitalización y al reconocimiento. No quiero que me desenmascaren la trama, no quiero orillas en el sendero. No quiero ni su naturalidad glorificada ni su suavidad cruel y elocuente. Lo que yo quiero, es que el betún ennegrezca mis uñas de condición humana, que el bolígrafo me forme un callo áspero en la falange, y que el camino nos lleve a la exposición fresca y contemporánea del calor de julio; quiero resolver los asuntos pendientes sobre la mesa coja del alma y sufrir con desvelo los terrores de la madrugada. Lo que yo quiero, es, en definitiva, ver la película en una sala a oscuras acompañado de mi familia.

Correcciones: Irene L. González Calvo

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