Sobre el vacío, el cuerpo y la contingencia del sufrimiento

junio 26, 2026
Théodore Géricault, La balsa de la Medusa (1818–1819). Óleo sobre lienzo, Museo del Louvre. Imagen: Wikimedia Commons.
Théodore Géricault, La balsa de la Medusa (1818–1819). Óleo sobre lienzo, Museo del Louvre. Imagen: Wikimedia Commons.

Friedrich Nietzsche deconstruyó el problema de la existencia al historicizar el valor, mientras que Albert Camus exigió que el sujeto se rebelara contra el absurdo. Sin embargo, ambos pensadores partieron de un sujeto capaz de sostenerse en pie. En otros términos, un espíritu libre que sobrevive al desencanto o el héroe absurdo que regresa a su roca con sus facultades intactas.  Ninguno de los dos filósofos consideró en ningún momento el sufrimiento como el dato primario de la existencia, sino como mero obstáculo o condición previa para adquirir profundidad. En consecuencia, la voluntad que describen no está simplemente mal dirigida; está vacía. Nos quedamos con las filosofías de la orientación que no tienen nada que ofrecer a un sujeto que no está meramente tensionado, sino fundamentalmente colapsado.

Comenzar por el sufrimiento es iniciar la investigación desde una premisa distinta. La pregunta ya no es cómo se debe vivir, sino por qué existe tal exceso de dolor y por qué tanto de ese dolor es enteramente contingente; es decir, un sufrimiento que no tenía por qué ocurrir.

El vacío ontológico anterior al valor

El mundo presenta una ausencia absoluta de amor, manifestada ni hacia el yo ni hacia el otro, junto con una incapacidad sistémica para recibirlo en cualquier nivel que vaya más allá de lo superficial. Esto no es una patología privada ni un fracaso individual; significa una distorsión profunda y estructural en el mundo mismo. Hemos derivado nuestros marcos conceptuales de aquellos cuya interioridad no guarda ninguna semejanza con la nuestra: aquellos que dominaron el globo y nos relegaron a estructuras neocoloniales y a colonos que ejercen una opresión implacable, tanto externa como interna. Incluso dentro de bolsas de privilegio relativo, se observa un sufrimiento profundo que no debería existir dado el contexto material inmediato. La siguiente pregunta es urgente: ¿con qué métricas estamos evaluando la existencia?

El problema de las métricas no es secundario; constituye la modalidad oculta de todo pensamiento filosófico. El marco contemporáneo para comprender el florecimiento humano, aquello que define el daño, aquello que constituye la salud y aquello que demarca una vida digna de ser vivida, fue construido por y para un sujeto que nunca hemos sido. La mirada evaluadora es ella misma una herencia colonial, llegada en los mismos navíos que los conquistadores. En consecuencia, gastamos nuestras vidas siendo mal leídos por instrumentos calibrados para una anatomía enteramente distinta, una interioridad distinta y una relación distinta con la tierra, la pérdida y el tiempo. No sorprende que la voluntad aparezca vacía; nunca fue nuestra voluntad para empezar.

La cuenta regresiva somática

A esta alienación estructural se suma la necesidad de habitar una forma física destinada a la disolución. El cuerpo no se sostiene por un único hilo resistente, sino por una serie de filamentos precarios e interconectados; su estabilidad es tan fugaz que la ruina total puede producirse en un instante. La forma humana es sistemáticamente incapaz de procesar el volumen absoluto de trauma que se ve forzada a soportar. Sin embargo, la filosofía dominante ignora en gran medida esta fragilidad corpórea, teorizando desde un intelecto desencarnado que trata la forma física como un terreno estable, y no como una entidad dispuesta a traicionar o a ser despojada en cualquier momento.

El cuerpo no se sostiene por un único hilo resistente, sino por una serie de filamentos precarios e interconectados; su estabilidad es tan fugaz que la ruina total puede producirse en un instante.

En última instancia, estas indagaciones filosóficas funcionan como un mecanismo de defensa diseñado para oscurecer el estado de no-saber radical y el pavor existencial que este induce. Este pavor es observable incluso en los niños; en el momento preciso en que alcanzan la conciencia y comprenden abstractamente la realidad de la muerte, una mirada específica altera su semblante, y desde esa realización no es posible ninguna recuperación verdadera. Uno simplemente construye estructuras psicológicas alrededor de la herida. Dentro de esta matriz, el concepto de libertad es enteramente inexistente. La vida, la muerte y el estado anterior que precede al nacimiento son vacíos uniformes. La existencia se manifiesta como una crueldad implacable y calculada.

Sin embargo, debe hacerse una distinción crítica: si el cuerpo funciona como una cuenta regresiva hacia la disolución, el dolor no es su significado inherente. El dolor es aquello que agentes externos introducen activamente en la cuenta regresiva.

La arquitectura política del dolor

El dolor no es cósmicamente necesario ni está metafísicamente ordenado. Es infligido, organizado y escrito por distintos arquitectos. Las masas sufren por razones atribuibles a autores identificables. Aunque esta ausencia de conexión es una condición compartida universalmente, la sociedad permite continuamente su reproducción. Lo que se exige no es una gran transformación, una iluminación o una revolución sistémica total, sino más bien el mínimo absoluto: una cesación de la complicidad, una negativa a generar sufrimiento que no tiene ninguna necesidad ontológica de existir. Sin embargo, este requisito ético mínimo permanece incumplido en cada escala de la organización humana. La pura gratuidad de este sufrimiento innecesario, y no el vacío o la muerte en sí mismos, es lo que vuelve insoportable la existencia.

Esta demarcación separa la tragedia de la política. La tragedia afirma que el sufrimiento está inextricablemente tejido en la trama del ser. La política revela que la jaula fue construida, que la herida es rentable, y que nombrar a los arquitectos no equivale a ofrecer un optimismo ingenuo, sino a dejar de confundir el horror fabricado con el destino inevitable. Es una negativa a aceptar el consuelo de la necesidad cósmica, un consuelo que históricamente solo ha servido a quienes se benefician de la preservación del statu quo.

La empatía epistémica y su patología

El sujeto pasa toda una vida buscando راحة, un concepto árabe amplio que denota descanso profundo, alivio, tranquilidad somática y liberación de la aflicción, en la proximidad del otro, dentro de un abrazo; sin embargo, lo deseado y quien desea no logran converger. Las condiciones espaciales y sociales requeridas para facilitar esta راحة no existen; no hay comunidad ni reconocimiento mutuo, solo brutalidad, disociación y negación. La propia facultad que se presume capaz de posibilitar la conexión humana opera de manera enteramente distinta de la de las narrativas morales convencionales.

La empatía no es una virtud moral; es una capacidad perceptiva aguda, un aparato semejante a la visión. El afecto de otro puede integrarse violentamente en el cuerpo, no metafóricamente, sino como una realidad física, llevando consigo su posicionalidad específica, su lógica y su trauma. En su estado no gobernado, esta capacidad no produce comportamiento prosocial ni armonía comunitaria, contrariamente a las suposiciones de la literatura contemporánea. En cambio, induce absorción psicológica, flashbacks somáticos y resultados conductuales impredecibles. Puesto que uno opera desde el interior del sufrimiento del otro, una resolución violenta no es un fracaso de la empatía, sino potencialmente su consumación absoluta. Los marcos psicológicos existentes fracasan en dar cuenta de esto porque operan sobre la premisa dogmática de que una mayor empatía se correlaciona linealmente con una mayor bondad moral.

Además, una frontera precaria separa esta empatía profunda del narcisismo total. La mirada dirigida hacia afuera y la mirada vuelta hacia adentro utilizan la misma pista cognitiva. Uno experimenta el sufrimiento del otro, mientras simultáneamente experimenta al yo en el acto de sentir ese sufrimiento; los dos estados no pueden bifurcarse limpiamente. La sensibilidad radical y la intensa absorción en sí mismo son la misma capacidad desplegada en direcciones distintas. El individuo que siente todo está perpetuamente atrapado en el bucle de retroalimentación de presenciar su propia resonancia. Esto no invalida la empatía; simplemente vuelve el fenómeno muchísimo más complejo de lo que permite la terminología moderna.

El imperativo del retorno

A pesar de estos fracasos, el sujeto continúa involucrándose, continúa intentando la conexión, pero el mundo se niega a reorganizarse alrededor del hecho autoevidente de que su sufrimiento es evitable. La conexión se fractura; راحة permanece esquiva, o llega solo como un fragmento breve e incompleto. Lo deseado y quien desea permanecen perpetuamente asincrónicos. A través de este aislamiento, uno alcanza una comprensión de quienes son enteramente incapaces de conexión; uno reconoce que esta ausencia es universal. Pero esta realización amplifica el dolor en lugar de mitigarlo, porque aclara que este aislamiento es una condición fabricada. Y esta realización pesimista no ofrece ninguna protección.

La pregunta fundamental se desplaza: ¿cómo volvemos a ser humanos otra vez? El adverbio otra vez es el único elemento digno de una contemplación sostenida, porque implica un estado antecedente del ser. Significa que la humanidad no es un proyecto futuro de construcción, sino una restauración de aquello que existía antes de la intervención de la maquinaria sistémica, antes de la llegada de las colonias, de la imposición de la mirada evaluadora, de las estructuras económicas que vacían las condiciones materiales de la dignidad y de los conflictos geopolíticos que vuelven la existencia contingente y desechable.

La humanidad no es un proyecto futuro de construcción, sino una restauración de aquello que existía antes de la intervención de la maquinaria sistémica

Sin embargo, también hay que enfrentar el terror inherente a esa palabra. Si la liberación requiere un retorno y no una construcción, eso implica que se ejecutó activamente una lesión sobre nosotros, que nuestra arquitectura original no fue simplemente descuidada u omitida, sino violentamente extirpada y reemplazada por la misma maquinaria sistémica que ahora confundimos con el yo. Elegir el retorno es enfrentar no solo una ausencia, sino la violencia histórica de esa sustitución. Esta recuperación es mucho más agonizante que construir de nuevo. Construir desde un origen asumido preserva la ilusión de autoría; intentar un retorno obliga a la realización de que nos han borrado y reescrito.

No hay una resolución limpia que ofrecer; cualquier presentación de un remedio sin fisuras no es más que una mercancía en venta. El planeta funciona como combustible, sostenido por el sufrimiento en todas sus diversas permutaciones, cuya masa colectiva sobrepasa drásticamente cualquier apariencia de alegría. Teorizar desde este locus específico, desde el vacío, desde el cuerpo frágil, desde la evitabilidad absoluta de este dolor, es rechazar conscientemente los términos conceptuales que nos fueron legados por aquellos que, al escribir sus filosofías, nunca contemplaron nuestra supervivencia. Entonces, ¿por qué no nosotros?

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