A lo largo de los años, en un humedal cerca de mi casa he podido observar a un par de avefrías que incuban sus polluelos, pero la naturaleza no preparó a estos padres para cuidar de sus crías. Mis vecinos alados llevaban a sus polluelos recién nacidos a campo abierto y huían volando cuando se acercaban los mieleros chillones, los pequeños, de apenas semanas, quedaban librados a su suerte frente a ataques feroces en picada.
Mientras caminaba por el humedal, cada día contaba a las crías con el corazón apesadumbrado: un día había cuatro, al siguiente quedarían dos y una semana después ya no había ninguna. Pero, en 2023, cuando la primera nidada de avefrías llegó a su adolescencia le conté a todos mis conocidos.
Así, al ser testigo de estos tropiezos en la crianza —por ejemplo, la necesidad de amar, mantenerse cerca, proteger de los depredadores y responder en momentos de angustia— aprendí más sobre la maternidad que en lo que había encontrado en todos mis años como filósofa profesional. Es cierto, había enseñado los argumentos estándar sobre el aborto en ética e impartido clases de bioética sobre el manejo del embarazo y la autonomía materna, pero esos temas tenían poco que ver con la maternidad en sí.
Una de las razones era que, hasta que me dispuse a tener un hijo propio, la maternidad no había sido para mí un asunto relevante ni como cuestión personal ni como problema filosófico: la razón más significativa era que la maternidad —y el cuerpo materno— rara vez se presentaban como un tema filosófico susceptible de ser explorado en los numerosos cursos y seminarios a los que asistí como estudiante y, posteriormente, como académica.
Y, sin embargo, en una tradición donde la vida y la salud han inspirado una reflexión filosófica tan profunda —recordemos las migrañas de Pascal y los colapsos de Nietzsche—, ¿cómo es que el parto, ese momento que separa el alma del cuerpo, pase desapercibido para la filosofía?
Desde la Antigüedad, las mujeres han redactado textos filosóficos y han debatido asuntos filosóficos; pero mediante un proceso de borrado histórico que se extendió durante siglos, sus inquietudes filosóficas y sus aportaciones a la disciplina fueron primero ignoradas y, más tarde, olvidadas. Desde la época de Aristóteles, las mujeres han sido vistas como subordinadas de los hombres, esto se traslada a la filosofía dónde las normas de la razón, el carácter de la investigación filosófica y los objetos de estudio se delimitaron en contraposición a todo lo que se asociara con lo femenino.
Por lo que no es sorprendente que los escritos sobre las intensas transformaciones psicológicas, emocionales y de la identidad que tienen lugar durante la maternidad gestacional y posparto fueran ampliamente marginados dentro de la disciplina.
No obstante, unas cuantas mujeres excepcionales consiguieron vencer las barreras epistémicas y disciplinarias impuestas por la misoginia, y produjeron una obra que fue reconocida como filosofía, incluyendo algunos escritos que tocaban la experiencia materna.
Empoderamiento de las maternidades
Para Lady Damaris Masham, quien creció entre los platónicos de Cambridge a mediados del siglo XVII, la maternidad era un asunto filosófico de gran peso tanto en el ámbito moral como en el político. De acuerdo con sus escritos, educar a las mujeres y desarrollar su capacidad racional era fundamental para que pudieran asumir las responsabilidades morales que conlleva ser madre; siendo solo a través de una educación sólida que las mujeres podían ejercer la maternidad de manera efectiva con sus hijos.
Además, sostenía que la responsabilidad de criar a los hijos debería recaer en las mujeres porque esa tarea «solo puede ser realizada por las madres». Aunque esto suene regresivo a nuestros oídos, Regan Penaluna, filósofa y periodista contemporánea, sugiere que se trataba de un argumento radical a favor de un matriarcado doméstico. Para Masham, no se podía confiar a los hombres una responsabilidad doméstica y cívica tan significativa, ya que la estabilidad de la sociedad dependía de niños bien criados.
De este modo, las opiniones de Masham suponen un contraste positivo con las de muchos de sus contemporáneos varones, que ignoraban a las madres, argumentaban que los problemas de autorregulación de los niños tenían su origen en las mujeres, o convertían los cuerpos de estas en objetos de miedo y disputa. (Una notable excepción es el filósofo francés del siglo XVII François Poulain de la Barre, quien escribe con gran sensibilidad sobre las responsabilidades, los dolores y la sabiduría de las madres).
Masham daría la vuelta a muchas de esas ideas estereotípicamente masculinas para demostrar que el empoderamiento de las madres resultaba indispensable para que todos pudieran llevar una buena vida en este mundo.
Escribió dos obras filosóficas — Un discurso acerca del amor de Dios (1696) y Pensamientos ocasionales en referencia a una vida cristiana o virtuosa (1705)— que se publicaron anónimamente y en ocasiones se atribuyeron por error a John Locke (quien, a su vez, escribió sobre la responsabilidad de los padres), sin embargo, las reflexiones de Masham acerca de la crianza resultaban más agudas y radicales, por lo que permaneció prácticamente ignorada hasta épocas recientes.
«Temo por mi salud»
Así como sucedió con Masham, para Émilie du Châtelet —filósofa, matemática y física del siglo XVIII— un tema clave fue la autonomía femenina y el acceso a la educación. En un libro titulado Discurso sobre la felicidad, du Châtelet examinó las condiciones que permitían o impedían la felicidad de las mujeres, dadas las oportunidades que con frecuencia se les negaban.
Además, sostenía que la educación y los sentimientos que de ella se derivaban tenían un papel desproporcionado en la capacidad de las mujeres para lograr la satisfacción en este mundo. Terminado en los meses previos a que du Châtelet quedara inesperadamente embarazada, escribe en el Discurso:
solo el estudio queda para consolar [a una mujer] por todas las exclusiones y todas las dependencias a las que se ve condenada.
Condenada, al parecer, así se sentía du Châtelet: Embarazada de su cuarto hijo a los 42 años, sus condiciones físicas y sociales fueron el eje de su vida en ese momento; también, durante esta época, se hallaba completamente concentrada en terminar su comentario pionero sobre el Principia de Newton, pues el temor a dejar la obra inacabada, las consecuencias sociales de tener un hijo con su amante, así como el miedo a un embarazo que pudiera costarle la vida —»temo por mi salud, y hasta por mi vida»— la empujaron a trabajar sin descanso.
En su segundo trimestre, reportó que trabajaba 18 horas al día. En los días previos a dar a luz, dio los últimos toques a las pruebas de su comentario y las envió a la Bibliothèque du Roi, la biblioteca nacional, con el fin de que quedaran preservadas para la posteridad.
Una ansiedad que cualquiera puede entender acerca del posparto y una clara conciencia de cómo iba a cambiar su vida —o bien moriría en el parto, o bien tendría que replantearse cómo podría continuar trabajando— son un tema que aparece una y otra vez en las cartas que escribió en esa época.
En una carta dirigida a su amante, Jean François de Saint-Lambert, antes del parto de su hijo, du Châtelet le refiere un profundo dolor y una gran tristeza: «tengo el estómago terriblemente bajo, siento un dolor intenso en la espalda. Esta noche me hallo muy triste».
La profundidad de este sentimiento queda clara cuando retoma el tema al cierre de su carta, firmada con fecha de finales de agosto de 1749.
Me hallo demasiado indispuesta, padezco un dolor de espalda insoportable, y soy presa del desaliento tanto en mi mente como en todo mi ser.
Para quien escribió un Discurso sobre la felicidad, no es de extrañar que sus problemas físicos afectaran su salud mental y que su trabajo intelectual fuera un bálsamo.
Claro está que ninguna de estas reflexiones aparece en la obra que du Châtelet publicó en esa época. ¿Qué razón habría para que un texto de física incluyera meditaciones sobre su embarazo? Tendría tanto sentido como si mis propios artículos de epistemología desvelaran los detalles de mi plan de parto. (Como el de du Châtelet, el mío era: «que el bebé y yo sobreviviéramos y estuviéramos bien»).
Aun así, los historiadores de la filosofía hemos explorado durante mucho tiempo las condiciones sociales, intelectuales y materiales en las que se produjeron las obras. Esto cobra especial importancia cuando tratamos de sacar a la luz la obra de las filósofas, ya que, comprender esas condiciones suele ayudarnos a apreciar lo asombrosas que fueron sus proezas. Y es que, de manera increíble, la traducción y el comentario de du Châtelet —que se convirtieron en la referencia en Francia y dieron un fuerte impulso al newtonianismo— fueron terminados en un momento de su embarazo en el que yo, por mi parte, no podía hacer otra cosa que ver Scandal y comer snacks.
Por desgracia, nuestras vivencias habrían de diferir en otros aspectos. Diez días después de remitir su manuscrito y seis días tras haber dado a luz, du Châtelet murió a causa de complicaciones del parto.
Más allá de la mente solitaria
Si la obra publicada de du Châtelet guardaba silencio sobre el tema de la maternidad, ¿dónde están entonces nuestros escritos sobre la experiencia de gestar, parir y recuperarse?
La mística medieval Margery Kempe relata su vivencia de las dolencias del embarazo y la psicosis posparto en su obra homónima del siglo XIV, El libro de Margery Kempe: Dónde también relata cómo, el embarazo, el parto y los primeros momentos de la maternidad la dejaron deshecha por la enfermedad y la desesperación, completamente desposeída de su «razón y su juicio»; en términos vívidos y dolorosos, Kempe describe una larga recuperación física y psicológica, la cual desencadenó una conversión religiosa.
Kempe es un caso excepcional y, aunque el cuerpo materno casi nunca se ha abordado en filosofía, muchos temas fundamentales cambiarían por completo si este fuera, a la vez, el punto de partida y el objeto de estudio.
Para Mary Midgley —filósofa británica de mediados del siglo XX—, el escepticismo de Descartes y su resolución en el cogito ergo sum («pienso, luego existo») encaminaron a la epistemología durante siglos hacia el intento de relacionar el yo que conoce con el mundo que lo trasciende.
En sus propias palabras, la labor de la filosofía desde la modernidad temprana hasta el siglo XX consistió en construir la «angosta y tambaleante pasarela entre las dos torres del Conocedor y lo Conocido».
Pero el pensador inexpugnable y solitario que sirvió como fundamento de la filosofía de Descartes requiere, escribe Midgley:
una explicación del conocimiento humano que toda la experiencia de las mujeres falsea […] Me pregunto si [él] habría dicho lo mismo si [él] hubiera estado frecuentemente embarazado y amamantando.
La experiencia materna, la conciencia, la relacionalidad y el yo encarnado vician el escepticismo y el solipsismo de Descartes. Leyendo a Midgley, uno se pregunta cuántos problemas filosóficos se disolverían si la indagación filosófica comenzara desde el cuerpo materno, y no desde el cuerpo masculino.
Pero, a pesar de todo lo certero de sus reflexiones, un editor de la BBC decidió cancelar su aparición en la radio a mediados de los años cincuenta, calificando sus comentarios de «intrusión trivial e irrelevante de asuntos domésticos en la vida intelectual». (El guion de esa intervención radiofónica fue descubierto hace poco en su casa de Northumbria y salió a la luz unos sesenta años después de haber sido escrito).
Matrescencia
Aunque a lo largo de la historia de la cultura occidental, el embarazo y las experiencias posparto femeninas fueron objeto de numerosos escritos, casi nunca lo fueron desde la perspectiva femenina y en contadas ocasiones en términos positivos. Según la filósofa estadounidense contemporánea Quill Kukla, los cuerpos embarazados y recién convertidos en maternos provocaban una ansiedad, tanto intelectual como visceral, en quienes escribían sobre ellos, es decir, en su mayoría hombres.
A diferencia del cuerpo del hombre, el cuerpo de la mujer era visto como algo sin contornos definidos, precisamente por su capacidad de gestar vida y de amamantar después del parto. Y si alguna mujer conseguía escribir sobre su experiencia de manera clandestina, sus contemporáneos filósofos difícilmente aceptaban que esos temas tan singulares estuvieran dentro de los límites de la filosofía, propiamente dicha.
Por si fuera poco, no fue hasta tiempos muy recientes que contamos con un término para capturar la experiencia de quienes han dado a luz: la matrescencia. Acuñado en 1973 por la antropóloga médica Dana Raphael, este concepto crucial designa un periodo de «convertirse madre» durante el cual las transformaciones sociales y biológicas derivadas del parto y/o la crianza generan innumerables cambios en la vida física, emocional, social e íntima de la persona. Estas van acompañadas de cambios en las actividades que la persona desempeña y en los vínculos que forja; cualquier madre primeriza y privada de sueño que se haya visto apretujada y sondeada en la consulta excesivamente iluminada de una asesora de lactancia, como me sucedió a mí, puede dar fe de lo extraña y desconcertante que puede llegar a ser esta transformación social y física.
Y aunque no todo el mundo vive la transformación maternal que Raphael describe —no es necesario haber parido para ser madre, y las maneras de maternar son múltiples—resulta notable la larga ausencia de estas experiencias en nuestro discurso intelectual.
Desde luego, no soy la única que siente que la experiencia de la matrescencia ha permanecido oculta a la mirada pública. Lucy Jones —autora del bestseller Matrescencia: La metamorfosis del embarazo, el parto y la maternidad— escribe que hasta que se convirtió en madre nunca había visto un cuadro del parto, ni había escuchado una canción sobre el embarazo, ni leído un libro sobre esa sensación de perderte a ti misma al empezar a ser madre, ni había visto una obra de teatro sobre la falta de salud mental al maternar.
Dada la incidencia de ansiedad y depresión posparto entre los nuevos padres, esto resulta aún más revelador: Desde los temores de du Châtelet hasta el abatimiento de Kempe, desde la reivindicación de Masham hasta la crítica de Midgley, se nos lega una tradición que, aunque fragmentaria, también es persistente de mujeres que afirman que la maternidad es relevante. La reciente aparición y el éxito generalizado de libros que exploran la matrescencia sugieren que estamos en la cúspide de un cambio cultural.
La matrescencia no tiene por qué seguir escondida ni ser apenas un rumor en los grupos de madres: se merece un lugar propio en nuestro imaginario intelectual, artístico y público.
La pregunta, entonces, es cómo puede nuestra disciplina explorar las dimensiones metafísicas, éticas, estéticas, conceptuales, lingüísticas y políticas del embarazo, el parto y la maternidad, para poder comprender unas experiencias que son tan profundas como diversas.
Si la filosofía ha de constituirse en un modo de vida, ¿en qué ha de transformarse para poder acompañar a las madres en la exploración de la metamorfosis que viven? Nos debemos a nosotras mismas recuperar las voces del pasado que apenas susurraron su experiencia como madres, explorar relatos sobre la matrescencia y mirar de nuevo, desde otra perspectiva, esos temas que la filosofía siempre ha dado por sentados. Rechazar su histórico abandono, convertir el devenir madre en un asunto filosófico legítimo, es un acto de resistencia —imaginativa e intelectual— que llevaba demasiado tiempo pendiente.
Este artículo es una traducción autorizada y fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original aquí.





