Los nenúfares de Claude Monet
"Los nenúfares" de Claude Monet, ca. 1916–1919. Imagen en dominio público. Fuente: Wikimedia Commons.

Dewey y los nenúfares del profesor

Sobre la superficialidad de la experiencia
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Aquella noche al salir de la galería, el profesor austríaco de filosofía nos mostraba con deleite la fotografía de una horda de turistas instagramers y tiktokers que se apelotonaban frente a Los nenúfares de Monet. ¡Qué bonito es ver a tanta gente reunida! ¡Imagine! ¡Todos con sus teléfonos, solo para ver a Monet! Entonces, creo recordar, surgió el desacuerdo. Si bien yo no alcanzaba a ver la trascendencia de un discurso que no iba más allá de la recreación estética del culto a la sociedad de consumo, le espeté que probablemente a nadie de los presentes le interesara de veras el pobre Claude. Y me limité a describir que la intención oculta bajo aquel tumulto de lentes diminutas, no era otra que desplazar el óleo impresionista a un segundo término para mutilarlo como atrezo. De este modo, el Yo prodría validarse gracias la experiencia superficial de un arte ya consagrado. Pero usted, profesor, no acepta mi discurso. Rechaza mi afirmación sobre la instrumentalización del arte y ni qué decir de mi deriva kantiana. Al arte, le digo, hay que acudir como se acude a las personas queridas, como a un fin en sí mismo.

Y se le ve decepcionado, no entiende mi falta de entusiasmo y me acusa de ser un escéptico. Le parafraseo entonces a Dewey y le recuerdo, que, para tener una experiencia, hay que llevarla a cabo, esto es, consumar su movimiento de principio a fin. Y le ruego encarecidamente que no haga caso a Los nenúfares, que lo que nos concierne aquí, no es otra cosa que la experiencia, y, que para que esta sea verdadera ha de trastocar el Yo con su mordisco -contener drama y argumento-, y debe constituir, si me lo permite, un hecho significativo. Convenga entonces conmigo que, ante el aluvión mediático de experiencias tan repetidas como faltas de originalidad, el Yo se resiste y mira para otro lado, sin más afección o deseo que lo convencional, que, para colmo, nos viene travestido de único y excepcional. Así, nuestro Yo, acude a la experiencia como lo hace el político al desastre, ignorando el movimiento completo para tomar una foto que no entiende. Y lo que se echa en falta es tanto el proceso como la vivencia, el culto y la siembra, la relación simétrica entre el estar ahí y el recibir, el hacer y el padecer, pero no como retribución, sino como intensidad. Usted me recrimina exasperadamente, y está en su derecho: ¿acaso no es una experiencia presentarse en El Museo de la Orangerie para fotografiarse? Y pese a que hacer presencia no significa estar presente, le interrumpo, pues sospecho que confunde los contrarios; ¿y qué es lo contrario de la experiencia? Lo contrario de la experiencia es reconocer, obtener aquello que se espera tal como emular y registrar por vanidad aquello tan consabido y sobado que ni siquiera nos pertenece. El fruto del jardín, profesor, satisface más cuando se participa de principio a fin y se desata el apego de una philia que humaniza el vergel. «La satisfacción del ojo y del oído -decía Dewey- cuando es estética, no lo es por sí misma, sino que está ligada a la actividad de la cual es consecuencia». Y estas vivencias significativas, este sudor en el camino, este desear obsesivamente la idea, es, lo que nos deja el poso y el recuerdo, la herida agridulce de la tragedia, y la nostalgia de unas ficciones tan nuestras que nos dejaron una mancha viva en el pecho. La memoria, profesor, se nos escapa bajo la mercantilización de unas experiencias tan superficiales que no alcanzan el neocórtex, por lo que, delegar la experiencia a terceros o instrumentalizarla, no es más que sustituir la historia por un encargo rutinario, abandonar el recuerdo por el inventario, defraudando así, más si cabe, a un hipocampo amnésico que le recortará a uno la propia vida. Y ahora, mientras desliza con dificultad el índice sexagenario sobre su mosaico repleto de registros visuales, le pregunto: ¿profesor, quién se acordará con cariño de Los nenúfares?

Correcciones: Irene. L González Calvo