Cuba: La patria es un juguete roto (2025)
1/20 — Toy Story Cuban Style, ensayo fotográfico

Cuba: Cuando la patria se vuelve objeto

Reseña al libro «Cuba: La patria es un juguete roto»
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Hay momentos en que la patria deja de ser una abstracción política y se convierte en una experiencia material. No una bandera, no un discurso, no un himno, sino simplemente un objeto. Uno que puede romperse. En ese sentido, Cuba: La patria es un juguete roto parte de un desplazamiento ontológico. No intenta representar la nación en su totalidad, algo que ya no es práctico y que es, además, imposible, sino condensarla en una figura mínima: el soldadito. Esa miniaturización no es trivial; reducir el imaginario épico a una escala doméstica y aparentemente lúdica es ya un gesto crítico. Pero es uno que no cierra el signo, sino que nos interpela desde la duda. ¿Qué soldaditos? ¿Qué ejército? ¿La militarización de Cuba? ¿La violencia? ¿La violencia es inocente, se goza, se sufre?

Ya desde la propia portada del libro, uno se da cuenta de que la metáfora del soldadito es más problemática de lo que parece, en tanto no se coloca claramente de un lado del sentido. Y es eso, justamente, lo que hace de Cuba un archipiélago y no una isla.

El libro, presentado por el sello editorial Dialektika (2025), no es simplemente un ensayo fotográfico, tampoco un libro de ensayos ilustrados. Es un artefacto híbrido en el que la imagen y la palabra se interpelan mutuamente. Las fotografías no explican los textos, ni los textos describen las imágenes. Se rozan, se tensan, se contradicen, y en esa fricción aparece el sentido. 

Lo que está en juego no es la denuncia inmediata, sino la transformación simbólica del lenguaje político. Si durante décadas la nación cubana fue narrada en clave heroica (combate, sacrificio, victoria), aquí el mismo vocabulario reaparece desplazado, reducido y fragmentado.

Lectura en tres movimientos

El primer movimiento de este volumen colectivo aparece rápido, una teoría de lo elemental: comida, cuerpo, ley, energía, cuidado. Adriana Fonte Preciado lo clava con esa frase que no es literatura, sino bisturí: en Cuba puede que no haya «hambruna», pero hay hambre, y ese matiz encierra toda una política del tiempo, porque obliga a vivir en modo «resolver», a convertir el futuro en logística. Por su parte, Javier Bobadilla empuja una escena similar hacia el borde jurídico y moral: la lista de lo básico (pollo, picadillo, aceite, detergente) no es inventario doméstico, es radiografía de una ciudadanía rebajada a supervivencia. Cuando Reina Fleitas Ruiz entra con el deterioro sanitario y del bienestar, la crisis deja de ser intuición o queja para volverse estructura medible, desgaste acumulado, descenso de garantías materiales. Lo que se va componiendo, sin necesidad de subrayarlo demasiado, es que el colapso más eficaz no siempre es el que mata de golpe, sino el que normaliza la indignidad hasta volverla rutina.

Luego el texto baja la temperatura, y ahí se pone realmente incómodo. Ya no es «la política» como tema, sino como atmósfera psíquica. El texto «Cuba: un barco de goce y angustia» nombra esa mezcla sin convertirla en pose: la normalidad rota es eso, un vaivén afectivo donde incluso el goce llega contaminado. Eneicy Morejón Ramos mira el símbolo central, el juguete, desde la infancia y lo vuelve pregunta moral. ¿Qué futuro real se le puede ofrecer a un niño cuando la vida adulta se consume en procurarse lo mínimo? La madre anónima que escribe «A oscuras. 03:00 AM La Habana, Cuba» no teoriza: registra el país desde el insomnio, desde la hora en que se apaga la ficción de continuidad. Y, por su parte, Sheyla Rafaela Vega, con «Cambios de vida y vidas que cambian…», introduce algo que muchas lecturas críticas a veces no saben integrar: la fe, no como evasión, sino como técnica de sostén en un mundo que se desmorona.

Indudablemente, uno de los aspectos más sólidos del libro es la presencia de firmas autorizadas, no por los cánones académicos, sino esencialmente por su experiencia y voz política. Tal es el caso de Alina B. López Hernández, con su texto «Una hoja en blanco», en el que nombra el bloqueo del decir como síntoma político: cuando el lenguaje público se vuelve zona contaminada, escribir deja de ser expresión y empieza a parecer riesgo. Un riesgo que, en su caso, se ha inscrito con violencia sobre su propio cuerpo en incontables ocasiones. El texto de López Hernández, para los que estamos al tanto de la situación de Cuba, más que simples líneas, es una performance política de lo indecible, la violencia y la muerte social que aqueja a esa gran casa vacía que llamamos Cuba.

Por su parte, Elaine González se integra al volumen con un tema que ha ido adquiriendo relevancia debido al impacto demográfico de la crisis actual: la vejez. Con una precisión objetiva, la autora analiza cómo envejecer en Cuba es, además, envejecer en un país donde ese proceso se feminiza. La crisis actual ha ampliado el patrón de vulnerabilidad social, afectando especialmente a las mujeres mayores. Dentro del colectivo femenino, concluye la autora, persisten importantes desigualdades basadas en factores como el color de la piel, la edad y la residencia en zonas rurales. En esa misma línea, pero del otro lado de la vida, Lisbety Mirabal Díaz coloca a la niña frente al noticiero y los soldaditos, señalando que donde se reproduce el régimen con más eficacia no es en el discurso épico, sino en la herencia cotidiana del relato.

El último movimiento abre fuga, memoria y representación. Mabel Cuesta convierte la migración en ritmo obsesivo, maleta, mochila, maleta, y ahí Cuba deja de ser territorio para volverse biografía empacada. Javier Rodríguez Delgado, desde la figura del «náufrago», empuja la obra hacia una confesión laica que no pide absolución, busca registro. Amalia e Ignacio condensan el duelo colectivo en una imagen dura, la botella llena de muertos, que no se limita a los muertos físicos, sino a los futuros cancelados. Ricardo Figueredo problematiza el cine como espejo y como tentación: también el arte puede estetizar el derrumbe y volverlo consumible. R10, con «El olvido libertario», recuerda que el poder no solo castiga, administra lo recordable. Eva García trae un corte temporal («Evita, La Habana, 1979») para mostrar que la memoria cubana no es pura esencia nacional, sino un tejido de importaciones simbólicas, teatralidades políticas y restos. Y cuando Lidice González y Yamel Santana vuelven al tabaco como ideología materializada, y Kamankola cierra con «El tiempo del verde olivo», el libro fija su tesis de fondo. No es solo un uniforme o un color, es una temporalidad, la prolongación de la épica hasta que devora el mundo común.

Los fragmentos

Como toda obra colectiva, adjudicar una voz única a este objeto que el lector tendrá frente a sí no tiene sentido alguno. Quizás en eso radica la invitación a pensar Cuba una vez más, en no verla como una isla, como una línea y un símbolo cerrado, sino como una puerta abierta de ideas que chocan, se tensionan y se contradicen. En eso, el libro no es explícito, pero sugiere, si se piensa bien, el tema de una pedagogía del oprimido. El oprimido que es el ciudadano cubano que solo existe en un ideal distante y borroso.

Que esta obra termine justo en el peor momento de la crisis cubana, más que algo casual, es incluso hasta mágico. Puede convertirse también en denuncia y reconfiguración simbólica. Es una invitación a bajar la patria de la altura del mito y a ponerla en la mesa, en la cocina, en el cuerpo, en el insomnio, en el equipaje. En definitiva, su logro principal es que no ofrece una explicación total de Cuba (eso sería propaganda invertida), sino una constelación de experiencias donde lo material, lo afectivo y lo institucional se tocan. Su riesgo, inevitable, es que el derrumbe se consuma desde afuera como espectáculo. Pero el libro intenta resistirlo con un gesto inteligente: insistir en lo elemental que es común a todos. 

Si hay una idea que queda flotando después de cerrar la última página, es esta: cuando la patria deja de ser promesa y deja de «contemplarnos orgullosa», se vuelve objeto. Y en ese punto, lo políticamente sensato ya no es repetir el relato, sino decidir qué hacer con sus fragmentos.

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