Firma de Roland Barthes
Firma de Roland Barthes con dedicatoria a Thierry Gosset sobre Mitologías, París, Éditions du Seuil, 1957. Fuente: Wikimedia Commons

Roland Barthes declaró la ‘muerte del autor’, pero los críticos poscoloniales no están de acuerdo

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En 1967, el crítico literario y cultural francés Roland Barthes publicó un breve ensayo que tendría una influencia de largo alcance. Titulado La muerte del autor, el texto argumentaba que, para los fines de la interpretación, la intención del autor es irrelevante, incluso asfixiante.

Al afirmar que el autor es irrelevante para el acto de interpretar, Barthes abrió un abanico de posibilidades interpretativas. Como dijo en la última línea del ensayo: «para devolverle a la escritura su porvenir, es preciso invertir el mito: el nacimiento del lector debe pagarse con la muerte del Autor».

Escribir, según Barthes, es entrar en el lenguaje, inscribirse en su espacio simbólico y, al hacerlo, borrarse a sí mismo. Presenta inicialmente la desconexión resultante entre autor, texto y lector como un fenómeno universal:

«No cabe duda de que siempre ha sido así. Tan pronto como un hecho se narra ya no con la intención de actuar directamente sobre la realidad, sino de forma intransitiva, es decir, finalmente fuera de cualquier función salvo la del puro ejercicio del símbolo, se produce esta desconexión: la voz pierde su origen, el autor entra en su propia muerte, comienza la escritura».

La idea de que los autores no otorgan a los textos un significado exclusivo deriva de este principio universal según el cual escribir es, en cierto sentido, morir. Lo que Barthes quiere decir, en gran medida, con la metáfora lúdica de la «muerte» es que la intención y la conciencia del autor se retiran. Los lectores no pueden acceder a ellas, sólo tienen ante sí el texto.

Aunque Barthes reflexiona sobre este principio universal, sugiere que el concepto de «autor» es un producto de tiempos relativamente recientes. El autor, sostiene, es una «figura moderna». Es «un producto de nuestra sociedad en la medida en que, emergiendo de la Edad Media […] descubrió el prestigio del individuo, o, como se dice más noblemente, de la ‘persona humana'».

Así, aunque Barthes sugiere que la «muerte» del autor en el acto de escribir ha sucedido «siempre», también historiza la figura del autor. Distingue la práctica creativa de escribir de la «persona» del autor.

Además, implica al concepto de autoría en la «ideología capitalista». El nombre del autor en la portada de un libro se asocia con una forma de propiedad: propiedad intelectual, derechos de autor. La escritura se solidifica bajo un único nombre propietario, aunque sea, al menos en parte, un esfuerzo colectivo que también involucra editores y lectores.

Falacias intencionales

Había precedentes de la crítica de Barthes a nuestro apego a la «persona» del autor. La escritora británica Zadie Smith señaló que «es fácil leer La muerte del autor como una serie de demandas revolucionarias, pero conviene recordar que también fue simplemente un dedo mojado levantado para probar un viento que ya soplaba».

A principios del siglo XX, la noción de «impersonalidad» poética de T.S. Eliot sentó un precedente para el concepto de Barthes, expresando la ambición del escritor de borrarse de la obra para que ésta pudiera sostenerse por sí sola.

Los críticos literarios estadounidenses William Wimsatt y Monroe Beardsley ofrecieron una elaboración más seca de ideas similares en 1946, bajo el nombre de «falacia intencional». Para Wimsatt y Beardsley, dar demasiada importancia a la intención del autor conducía a errores interpretativos. Podemos imaginar que sabemos lo que el autor quería decir, pero sólo tenemos el texto ante nosotros, no al autor, así que nos equivocamos si creemos conocer sus intenciones.

El argumento de Wimsatt y Beardsley tiene mucho en común con el de Barthes, aunque carece del estilo de este último. Donde los estadounidenses hablaban de una «falacia», el francés declaraba que la irrelevancia del autor era fatal.

Al declarar la muerte del autor y el nacimiento del lector, Barthes precipitó una revolución. Su ensayo es producto del clima de agitación en Francia que culminaría en los disturbios estudiantiles de mayo de 1968. El anticapitalismo de Barthes precipitó ideas que condujeron a aquel levantamiento.

La obra de Barthes de ese período también ejemplifica la transición del pensamiento francés del estructuralismo al posestructuralismo. Los críticos estructuralistas habían buscado revelar patrones subyacentes mediante un análisis riguroso de los signos culturales. Los posestructuralistas pusieron en duda la distinción entre los detalles superficiales y las estructuras profundas que fundaban el estructuralismo.

La obra temprana de Barthes había seguido un enfoque estructuralista. En muchos sentidos, su ataque a la noción de autoría manifiesta la lógica provocadora del posestructuralismo.

Para los docentes de literatura, la noción de la muerte del autor ha sido predominante desde hace tiempo. Hoy en día, muchos académicos literarios, e incluso algunos escritores, aceptan las premisas de Barthes. Desde los departamentos de literatura hasta los programas de escritura creativa, la idea de la muerte del autor se ha vuelto casi una ortodoxia.

Experiencias manifestadas

Las ideas de Barthes sobre la autoría tuvieron detractores. Las críticas surgieron casi de inmediato. Muchos de los defensores de la intención autoral provenían de pueblos colonizados y de escritores poscoloniales. Para muchos de estos críticos, la presencia y la humanidad del autor en el texto son complementarias a una política anticolonial.

La muerte del autor y el juego de significación pueden haber servido para liberar a los lectores. Pero tal liberación no parecía estar, para muchos escritores anticoloniales, en el ámbito de un anticapitalismo emancipador, sino más bien en una zona de formas regresivas de antihumanismo. Recurrir a la máquina de escribir o a la pluma debía ser un medio de liberación, no de muerte.

El poeta Édouard Glissant, de la isla caribeña de Martinica, es un ejemplo de intelectual de una sociedad colonial que cuestionó las premisas de Barthes. A menos de dos años del ensayo de Barthes, Glissant recopiló algunos de sus escritos ya existentes junto con ensayos nuevos para ofrecer una poderosa réplica. Su libro La intención poética (1969) desarrolla una teoría de la diferencia en relación con las intenciones artísticas y literarias. Elaboraría esta teoría hasta su muerte en 2011.

Glissant busca una crítica literaria que vaya más allá del «propósito oculto del autor». Quiere que los escritores consideren la «experiencia manifestada de un pueblo».

Como Barthes, Glissant es consciente de las limitaciones de fetichizar la autoría. Pero va más allá. Se inscribe en una tradición de intelectuales negros, como Frantz Fanon, que ven los significados de las obras literarias no como manifestaciones de estructuras psíquicas ocultas, sino como empeños sociales colectivos.

Al igual que Glissant y Fanon, Edward Said veía a los escritores como representantes de su pueblo. «La intención», sostenía, «es el vínculo entre una visión idiosincrática y la preocupación comunitaria».

Said fue alumno del estructuralismo y el posestructuralismo francés. Conocía bien a figuras como Barthes y Michel Foucault, y también las criticaba. En su libro Comienzos (1975), Said cuestionó cortésmente la idea de la muerte del autor:

«a pesar de ciertas tendencias realmente investigativas en la crítica reciente (por ejemplo, en la obra de Roland Barthes), ciertas convenciones, que persisten como vestigios no examinados de toda la historia de las ideas, ejercen una fuerte influencia […] Pero ciertas preguntas —como la naturaleza de la autoridad (inicial y continuada) del autor sobre su texto— siguen siendo relevantes».

Sus razones para insistir en la relevancia del autor eran complejas y abstractas. Said fue un intelectual palestino y un crítico constante de las fuerzas del imperio y del colonialismo en EE.UU., Israel y otros lugares. En su obra posterior, vincularía cada vez más la intención con el colonialismo y su crítica.

Para cuando publicó Cultura e imperialismo en 1994, Said había roto con importantes intelectuales franceses —notablemente Foucault—. En una página de ese libro, enumera una serie de luchas de liberación («Argelia, Cuba, Vietnam, Palestina, Irán»), afirmando que estas luchas no eran sólo contra las estructuras del imperio (aunque también lo eran), sino contra el uso mismo de la fuerza imperial.

Reconocer el papel de la intención en los textos y en las relaciones sociales implica reconocer la agencia. Con ese reconocimiento, surge una conciencia del funcionamiento del poder y de la capacidad de resistir. Para Said, reconocer la intención significaba reconocer la agencia de quienes participan en formas diversas de resistencia.

Con el tiempo, las críticas a la muerte del autor en este sentido se han intensificado. En un ensayo de 2017, la novelista aborigen australiana Melissa Lucashenko (del pueblo Goorie) afirmó: «El autor no está muerto. Más específicamente, el autor aborigen ciertamente no está muerto, ¡una doble felicidad».

De modo similar, la autora Wiradyuri Jeanine Leane ha criticado dos aspectos del ensayo de Barthes: su blanquitud y la forma en que su apertura al lector puede servir para justificar la apropiación. El nacimiento del lector, sugiere, siempre conlleva el potencial de dicha apropiación. Para Barthes, escribe Leane,

«la unidad del texto no radica en sus orígenes, o en su creador, sino en su destino, en su audiencia. Esta visión resume acertadamente la larga trayectoria de la apropiación europea, la ceguera frente a su propio punto de vista cultural, el colonialismo literario occidental y el consumo de culturas minoritarias por parte de potencias invasoras y colonizadoras».

En los más de cincuenta años transcurridos desde su nacimiento, la noción de Barthes de que el autor ha muerto ha sido increíblemente influyente. Sin embargo, su enfoque ha fomentado, irónicamente, el mismo modelo unitario de autoría que pretendía evitar, y su desvinculación entre autoría y humanismo ha dado lugar a críticas poscoloniales constantes. Especialmente en relación con el pensamiento anticolonial, los rumores sobre la muerte del autor están, como diría Mark Twain, muy exagerados.

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