¿Qué le da origen a la conciencia humana? ¿Acaso algunas partes del cerebro son más importantes que otras? La comunidad científica empezó a estudiar estas preguntas más a fondo hace aproximadamente 35 años y si bien ha habido progreso, el misterio de la conciencia continúa sin resolverse.
En un artículo recientemente publicado, llevé a cabo una revisión de más de un siglo de estudios en neurociencia para saber si algunas regiones del cerebro son más importantes que otras para la conciencia. Lo que encontré sugiere que, quizás, los científicos dedicados al estudio de la conciencia hayan estado subestimando las regiones más antiguas del cerebro humano.
Los neurocientíficos suelen definir la conciencia como la capacidad de tener experiencias subjetivas, tal como la experiencia de saborear una manzana o de ver el enrojecimiento de su piel.
Las principales teorías de la conciencia sugieren que la capa externa del cerebro, llamada corteza cerebral (en azul en la figura 1), es fundamental para la conciencia y está compuesta principalmente por la neocorteza, que es más reciente en nuestra historia evolutiva.

La subcorteza humana debajo de la neocorteza (figura 1 en café/beige) no ha cambiado mucho en los últimos 500 millones de años; se piensa que es como la electricidad para un televisor: necesaria para la conciencia, pero no suficiente por sí sola.
Existe otra parte del cerebro que algunas teorías neurocientíficas descartan como irrelevantes para la conciencia, nos referimos al cerebelo, el cual es más antiguo que el neocórtex y tiene la apariencia de un cerebro en miniatura situado en la parte trasera del cráneo (figura 1 en morado). La actividad cerebral y las redes neuronales se alteran en estados de inconsciencia (como en un coma); estos cambios pueden observarse en la corteza, la subcorteza y el cerebelo.
Lo que nos revela la estimulación cerebral
Como parte de mi análisis, revisé estudios que demostraban lo que le sucede a la conciencia cuando se altera la actividad cerebral, por ejemplo, mediante la aplicación de corrientes eléctricas o pulsos magnéticos en regiones cerebrales.
Dichos experimentos, realizados tanto en humanos como en animales, mostraban que basta con alterar la actividad en cualquiera de estas tres zonas del cerebro para afectar a la conciencia, así el cambiar la actividad de la neocorteza también puede alterar la autopercepción, provocar alucinaciones y mermar el juicio.
Un cambio en la subcorteza puede tener efectos drásticos: inducir la depresión, despertar a un mono de la anestesia o dejar inconsciente a un ratón. Hasta la estimulación del cerebelo, tradicionalmente menospreciado, es capaz de cambiar la percepción sensorial consciente.
Sin embargo, esta investigación no nos lleva a una conclusión definitiva sobre el punto de origen de la conciencia, dado que estimular una región cerebral puede afectar otra; de la misma forma que al desconectar una televisión de la toma de corriente, es posible que estemos modificando los requisitos que posibilitan la conciencia, pero no los mecanismos que la generan.
Entonces, consulté evidencia de algunos pacientes para determinar si esto permitía resolver el dilema.
El daño provocado por un traumatismo o la insuficiencia de oxígeno en el cerebro pueden afectar una vivencia: una lesión en la neocorteza puede hacerte creer que tu mano no es la tuya, ser incapaz de percibir cosas en tu campo de visión periférico o volverte más impulsivo.
Las personas que nacen sin cerebelo o la parte frontal de la corteza pueden seguir mostrando signos de conciencia y llevar vidas bastante normales, sin embargo, el daño en el cerebelo puede provocar alucinaciones o cambiar tus emociones por completo llegada una edad más avanzada.
El daño en las áreas más antiguas de nuestro cerebro puede causar directamente la inconsciencia (aunque algunas personas logran rehabilitarse) o la muerte; sin embargo, al igual que la electricidad para un televisor, la subcorteza podría estar simplemente manteniendo «activa» a la corteza más nueva, la cual podría estar a su vez generando conciencia. Por ello quería saber si, alternativamente, existe alguna evidencia de que las áreas más antiguas sean suficientes para la consciencia.
Se han documentado casos excepcionales de niños que nacen sin gran parte o la totalidad de su neocorteza y estarían en estado vegetativo de por vida según los manuales de medicina, no obstante existen reportes que sugieren que estas personas pueden sentir molestia, jugar, reconocer a personas e incluso disfrutar de la música. Esto sugiere que experimentan algún grado de consciencia.
Estos hallazgos son una prueba contundente que apunta a que las estructuras cerebrales más primitivas podrían ser suficientes para generar una conciencia básica, o que tal vez cuando alguien nace sin corteza, las partes más antiguas del cerebro se adaptan y toman el rol de las partes más nuevas.
Ciertos experimentos radicales en animales nos permiten llegar a una conclusión: En mamíferos —desde ratas y gatos hasta monos— la extirpación quirúrgica de la neocorteza los deja aún capacitados para realizar un número sorprendente de cosas. Pueden jugar, mostrar emociones, criarse por sí solos, cuidar de sus crías e incluso aprender. Sorprendentemente, incluso los animales adultos que fueron sometidos a esta cirugía mostraron un comportamiento similar.
En definitiva, las pruebas contradicen la visión predominante —presente en la mayoría de las teorías principales— que considera la corteza indispensable para la conciencia. Parece que las partes más antiguas del cerebro son suficientes para algunas formas básicas de conciencia.
Las áreas más nuevas del cerebro, junto al cerebelo, parecen ampliar y afinar la conciencia. Ello implica que posiblemente debamos reformular nuestras teorías de la conciencia; a su vez, esto podría influir tanto en la atención al paciente como en nuestra forma de pensar sobre los derechos de los animales. En realidad, es posible que la conciencia esté mucho más presente a nuestro alrededor de lo que originalmente pensábamos.
Este artículo ha sido publicado por The Conversation y traducido por Dialektika.





