¿Supervillano o Cicerón? Por qué el manifiesto de Palantir tiene vibras tan siniestras

mayo 13, 2026
Foto de Salvador Rios en Unsplash

A inicios de este mes, la multimillonaria compañía estadounidense de tecnología Palantir publicó en X un resumen del reciente libro de su ejecutivo en jefe, Alex Karp, titulado La república tecnológica: poder duro, creencias suaves y el futuro de Occidente

El libro y la publicación en la red social presentan una especie de manifiesto, haciendo radicales afirmaciones sobre jerarquías entre civilizaciones, el rechazo hacia el pluralismo, la obligación moral de Silicon Valley para con el poder militar estadounidense, la necesidad de armas impulsadas con inteligencia artificial, y el debate sobre el servicio militar obligatorio. 

El manifiesto ha recibido críticas masivas. Algunos comentaristas han comparado su retórica a la del monólogo villanesco de algún cómic: aires de grandeza, una visión moralizante, y un tinte a una sensación de destino histórico. 

Pero el manifiesto es más que solo un postureo corporativo: está ayudando a construir una nueva realidad geopolítica y a normalizar una cosmovisión que concentra al poder más allá de los límites y responsabilidades de la democracia

El manifiesto es más que solo un postureo corporativo: está ayudando a construir una nueva realidad geopolítica 

De herramientas a cosmovisiones 

Durante las dos últimas décadas, las grandes empresas tecnológicas se han presentado a sí mismas mayoritariamente como benevolentes proveedoras de servicios. Ellas construyen herramientas: son los gobiernos y los usuarios quienes deciden qué hacer con ellas. 

Esa distinción siempre ha sido conveniente, pero cada vez resulta menos convincente. Para algunos, el manifiesto de Karp ofreció un sombrío sentido de confirmación del cambio. Tal como lo expresó el filósofo austriaco Mark Coeckelbergh: «Leerlo es como abrir un paquete de comida que sospechabas que estaba en mal estado, pero no sabías que estaba tan mal». Palantir no es una compañía tecnológica como cualquier otra. Su software, que ofrece «automatización impulsada por IA para cada decisión», está incorporado en los sistemas militares, de inteligencia y policiales, no solo de Estados Unidos, sino también en muchos otros países de Europa, el Medio Oriente, y Australia.  

Cuando una compañía en tal posición denuncia a culturas «regresivas» y al pluralismo «vacío», está imponiendo una forma de ver el mundo en vez de meramente vender tecnología. 

Como dice el manifiesto: «La capacidad de prevalecer de las sociedades libres y democráticas requiere algo más que la apelación a la moral. Requiere poder duro». Aquí, «poder duro» significa no solamente fuerza militar, sino también los sistemas tecnológicos que dan forma a cómo esa fuerza es utilizada. 

Los sistemas de Palantir determinan cómo las amenazas son identificadas, interpretadas y, después, cómo se actúa en respuesta a ellas. Entonces, cuando una compañía postula aseveraciones sobre un declive civilizatorio y la necesidad de fuerza, también está contribuyendo a definir los términos bajo los cuales el poder es ejercido. 

¿La carta de un stakeholder o algo más viejo? 

A simple vista, el manifiesto es un documento de la toma de posición de una corporación, o una declaración de valores dirigida a inversionistas, socios, el público y legisladores. Pero hay algo más viejo en su forma.  

Hace recordar a Cicerón, el estadista romano y experto en retórica, por su discurso sobre la decadencia, la virtud, el deber y la supervivencia de la república. Enmarca al desarrollo tecnológico no como una actividad del mercado, sino como una obligación moral vinculada al destino de la civilización. 

Al igual que la oratoria republicana clásica, afirma que la supervivencia depende de la fuerza. Y hoy, esa fuerza es tecnológica. 

Cicerón no estaba simplemente expresando sus opiniones propias cuando hablaba. Él estaba imponiendo su derecho de hablar en nombre de la república. De la misma forma, Palantir se posiciona a sí misma como legítima intérprete de los intereses de una civilización. 

El cambio de argumento a atmósfera 

El manifiesto no argumenta a través de postulaciones políticas cuidadosamente razonadas. En vez de eso, lo que ofrece son declaraciones, afirmaciones: de que algunas culturas son «dañinas», que el pluralismo se ha vuelto «vacío», que la fuerza tecnológica es el mayor garante de la civilización. Todo esto asienta un sentido de urgencia, decadencia y necesidad. 

Su efecto es la manufactura de un sentido de inevitabilidad. Esto es logrado a través del tono y la forma de enmarcar el discurso, en vez de a través de la evidencia. De esta manera se establecen las condiciones contextuales bajo las cuales ciertas políticas se sienten necesarias antes que debatibles.  

Una vez que se crea tal atmósfera, el rango de respuestas aceptables se reduce. Palantir está ayudando a construir realidades geopolíticas; no está respondiendo ante ellas. 

¿Supervillano o Cicerón? Es ambos 

La retórica de Palantir sí se asimila a los monólogos de algún supervillano ficticio. Ambos tienen en común radicales aseveraciones sobre la decadencia y la necesidad de acción decisiva. 

Palantir también se exime a sí misma de la responsabilidad que puedan acarrear dichas aseveraciones. Los villanos de las tiras de cómics creen tener una visión más clara que la del resto, pero también se posicionan a sí mismos por encima de las restricciones que aplican para todos los demás. 

La estructura del argumento se siente familiar. El mundo está en crisis, las opciones se van achicando, y el poder debe expandirse más allá de los límites normales.  

Visto de esta manera, el tono villanesco y el registro que remite a Cicerón son dos expresiones de una misma estrategia subyacente. Es un esfuerzo por definir la realidad a escala de una civilización entera, desde una posición que no rinde cuentas a nadie

Un proyecto infraestructural 

Esta cosmovisión no surgió de un día para otro. Se ha desarrollado con el paso de los años a través de textos de opinión en diarios de prestigio y publicados por grandes editoriales mainstream antes de ser comprimido en un hilo en redes sociales que alcanzó a millones de usuarios en cuestión de horas. 

Cuando compañías que construyen y operan tecnologías de seguridad centrales ponen una cantidad considerable de recursos en el desarrollo y promoción de historias sobre la civilización y su futuro, su lenguaje no es una mera expresión: es una especie de infraestructura para sus acciones en el mundo real. 

En el momento en que la mayoría reconoce esta retórica, la infraestructura que la justifica ya está asentada.  

Pero la trayectoria a futuro de esta cosmovisión no está fijada. La historia de la política democrática es, en parte, una historia de gente dándose cuenta de cuándo el poder se ha sobrepasado y construyendo la capacidad colectiva para denunciarlo. 

Ese trabajo no es heroico en el sentido de los cómics. No se enfoca en una figura singular o en un momento decisivo. Empieza con entender de manera precisa cómo funciona la manufactura de la inevitabilidad, para que así lo que se presente como necesario pueda ser visto como una elección, antes de que esa elección la hagan por nosotros.


Este artículo ha sido publicado por The Conversation. Lea el original aquí.

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