Hay que remontarse a una conferencia pronunciada por Alfred Hitchcock en 1939, en la Universidad de Columbia, para hacerse eco de qué es el MacGuffin. Según el cineasta, se refiere a un elemento mecánico que suele aparecer en cualquier historia: en las de delincuentes, es siempre un collar y, en las de espías, los (misteriosos) papeles.
En dicha conferencia, Hitchcock cuenta —con ese característico humor británico— que, al parecer, su origen se relaciona con una conversación entre dos hombres que viajan en tren a Escocia. Uno de ellos le pregunta al otro: «¿Qué hay en esa caja negra del portaequipajes?». «Un MacGuffin», responde. A lo que el primero vuelve a preguntar: «¿Qué hace?». La respuesta es «Atrapa leones en las Tierras Altas de Escocia». Tras esta contestación, el hombre, sorprendido, espeta: «¡Pero si no hay leones en las Tierras Altas de Escocia!», lo que motiva la respuesta: «Ah, ¿no? Entonces, no es un MacGuffin».
El MacGuffin es un recurso narrativo que funciona como el motor de una trama. Puede ser un objeto, una persona o un secreto que los personajes persiguen con ahínco, pero que, a la postre, resulta irrelevante en sí mismo. Se trata, en suma, de motivar la acción, la tensión y el suspense sin que importe mucho su naturaleza real.
Ejemplos de ello tenemos por decenas en el séptimo arte. Uno de los más elaborados es el que Hitchcock rueda en Con la muerte en los talones. En esta película, Roger Thornhill, un ejecutivo publicitario, es confundido con George Kaplan, un agente del gobierno, lo que provoca que sea perseguido por unos matones. Además, el propio Thornhill intenta encontrar a Kaplan, quien ni siquiera existe. Una locura, si no fuera porque todo se aclara en el final.
Ya en la realidad, estos aspectos hacen pensar en la política: con tal de dinamizar —y también despistar— a las personas y grupos sociales de interés, los políticos, en algún caso, pueden utilizar el MacGuffin y elevarlo hasta la categoría de arte: con ello pueden poner el foco de atención en temas aparentemente banales, cuando tras de sí esconden una actividad de más calado. Ejemplos también los hay. En el ámbito internacional, temas como el «narcotráfico» que la Administración Trump detectó en Venezuela, el «control» de la inmigración en EE. UU. o, en el caso de la Rusia de Putin, la «amenaza de la OTAN» son solo algunos ejemplos que enmascaran la realidad de un guion más complejo que el de una lancha, un muro fronterizo o un avión sobrevolando un espacio aéreo.
Cuando esto así sucede, tal como señalan Berger y Luckmann, se puede percibir que la realidad es construida socialmente. O, si se prefiere decir de otro modo, que la realidad no es tal y como creemos verla, sino que es resultado de un proceso complejo, en el que esta se va configurando en función de una serie de intereses. La política tampoco es ajena a esto.
En este punto conviene introducir una matización relevante. No todo aquello que centra la atención pública puede considerarse, sin más, un ejercicio deliberado de distracción. La ciencia política y la comunicación han estudiado, desde hace décadas, fenómenos como la teoría del «agenda-setting». Según este concepto, desarrollado por Maxwell McCombs y Donald Shaw, los medios no le dicen a la ciudadanía qué pensar, pero sí sobre qué pensar. En ese desplazamiento del foco (más o menos consciente), puede producirse un efecto similar al del MacGuffin: la centralidad otorgada a un asunto concreto termina relegando otros debates.
Desde esta perspectiva, la posible macguffinización de la política no tendría por qué entenderse exclusivamente en clave conspirativa, sino como una dinámica inherente a los sistemas democráticos contemporáneos, donde la competencia por la atención es intensa y constante. Autores como George Lakoff han subrayado la importancia de los marcos cognitivos en la configuración del debate público y cómo aquello que está en nuestra cabeza condiciona lo que decimos.
En un ecosistema mediático caracterizado por la inmediatez digital y la saturación informativa, la tendencia a simplificar conflictos complejos se convierte en una tentación permanente.
En un ecosistema mediático caracterizado por la inmediatez digital y la saturación informativa, la tendencia a simplificar conflictos complejos se convierte en una tentación permanente. Esa simplificación suele concretarse en la construcción de objetos narrativos fácilmente reconocibles (como una consigna, un símbolo, o una amenaza) que ordenan el debate público, canalizan emociones y facilitan la movilización de apoyos. ¿Les suena el concepto de «casta» o «chiringuito»?
En este sentido, el MacGuffin no sería tanto una estrategia aislada como un patrón útil para comprender cómo se organiza y redistribuye la atención colectiva en contextos de fuerte polarización —como en el que vivimos actualmente en España—. Planteado así, el paralelismo con el recurso cinematográfico no busca desacreditar posiciones ideológicas concretas, sino analizar cómo se configuran los relatos que orientan nuestra percepción acerca de lo relevante.
En otra escala, la bandera, el territorio, las relaciones diplomáticas, las «castas», los «tecnoligarcas» y otros «enemigos externos» (por su condición inmigrante, etnia, nacionalidad, orientación sexual, etc.) pueden ser motivo de una macguffinización, con independencia de la ideología política. Esto no es deseable, menos aún, si amplifica la polarización política y afectiva de las personas.
Quizás por todo ello sea bueno releer lo que Sylvain Timsit estudió acerca de las distintas estrategias de manipulación mediática. Dependerá de nosotros elegir el papel de espectador o de crítico de cine. Esa es la cuestión.






Seamos aún mas realistas o conspiranoicos, eso Ud lo decide.
Y si la macguffinización no es de un lado particular, sino concertada para obtener beneficios transversales tanto para el que lo aplica como para el que dice oponerse?
Un artículo muy sugerente y recomendable.