Dicen los entendidos que en esta sociedad líquida, frente al engranaje impersonal y el poder descentralizado, la masa necesita algo contra lo que chocar, algún punto donde descargar la presión que emana de una hegemonía que se ha vuelto cada vez más abstracta y naturalista. —Pero lo importante— me espeta el portero (haciendo suya la cantinela del noticiero)— es prepararse. ¡No le vaya a pillar a usted la guerra sin linterna y sin chisquero! Entre sus ademanes y aspavientos tan folclóricos, ya puede uno dilucidar la importancia de una predisposición general, que, constituida como potencia dirigida, se pone a trabajar para disuadir a la población de la movilización en pro de la seguridad. Al portero, tan angustiado como resabido, no se le puede culpar: la Comisaria Europea —dice él— nos advirtió hace tiempo de la posible llegada del Armagedón. Un Armagedón anunciado en formato unboxing, tan pandoresco y tan frívolo que nuestra comisaria, a media sonrisa, se permitió coquetear con el fin de La Pax Romana. Así, los estados de excepción, esos que están por llegar, nos arrojan al desierto de los tártaros donde la invasión será, fue: inminente, ahora, siempre, todavía.
Pero con hecatombe a la vista y todo, aquí, en occidente, seguimos todos embadurnados en deseos: las vacaciones en Bali, el cuerpo perfecto, la colección de invierno y los cinco imprescindibles del Madrid secreto. Son estos deseos dopamínicos, deseos editados, pero deseos, al fin y al cabo, de otros. Se trata de deseos adquiridos con los que perpetrar la evasión de lo importante e ir hipertrofiando nuestras pasiones para dejarnos la voluntad en cueros. La pasión amorfa, decía Bukowski en la recopilación Relatos y ensayos, es un indicio de inferioridad, y es que hay que convertirse en burro para perseguir la zanahoria. Así es como nos hemos quedado dormidos a la ladera del Tártaro. Mientras tanto Sísifo, que nos guiña el ojo con la astucia del que engaña a la muerte, ríe al vernos empujar crédulos y felices nuestros sueños por el inframundo.
Son, todos estos, deseos sin potencia de una voluntad despistada y presa de la obsolescencia. Y los deseos «de verdad», aquellos que beben de la potencia, ya se sabe, también hacen política. Porque la verdadera potencia, la del cambio, viene del deseo del arte improductivo, de la protesta y del deseo de ruptura. Solo cuando la voluntad es libre se rebela para conseguir algo, y ese algo es algo que se desea. Así que cuidado con dejar a las masas desnudas porque ya lo decía Canetti en Masa y poder: «a las masas desnudas todo les parece una Bastilla».
Y no me confunda el lectorel parecer con el aparecer.En la exhalación de la vocal primera emanan el grito y el quejido, y es, al fin y al cabo, donde se da el salto cualitativo a lo palpable. Y si el pueblo alucina, si dice que se le aparecen los fantasmas, es porque la falta de humanidad está dejando al descubierto unas ficciones que poco o nada tienen que ver con la lógica social. Pero sí, y mucho, con una brutalidad que va más allá de la inevitabilidad violenta de lo salvaje. Todo ello solo para preservar, dicen, el bienestar y la seguridad del Estado.
Sin embargo, sea por fortuna o por desgracia, los espectadores ya no desvían la mirada de la fotografía. Esta, cuando deja de mentir, cuando se ha quedado fría y sin ángulo, inunda el fotograma de violencia muda, y es, en ese instante, cuando las imágenes mismas se tornan militantes —valga la paradoja—. No queda entonces ni relato ni discurso que redima a unos espectadores ya disociados porque el footage de los servicios de inteligencia, esos que muestran los telediarios, viene ya en tonos mortecinos y expansionistas.
Y si usted, que me está leyendo, le va llegando la necesidad del grito en las calles y el seísmo en la plaza, déjeme felicitarle, pues es muy probable que la Bastilla ande más cerca de lo que piensa.
Correciones: Irene. L González Calvo & Agostina Bravo




