He quedado completamente sorprendido con esta maravilla de película que acaban de estrenar en Filmin pero no mucho menos con esta formidable crítica que he encontrado justo a continuación (suelo ver qué han dicho otros para no ser yo repetitivo: si ya está mejor dicho para qué sobrecargar la red…). Esto es una crítica y no lo que hago yo y otros que yo me sé. Este chico, Noé N. Rivas, traduce a palabras exactamente lo que acabo de ver, con precisión fenomenológica, por así decirlo, y me libera a mí de meter la pata tratando de hacer lo propio. Además, posee la rara habilidad, que un servidor intenta también desde hace muchos años, de elogiar la película sin destripar nada, en el deseo de que el lector corra a verla en el desconocimiento más absoluto y luego vuelva al texto a confirmar -o no- su impresión.
Así, por mi parte únicamente añadiré lo que creo que este figura no ha dicho, sencillamente porque está fuera de la película misma, como una contextualización de la misma al margen de las referencias al cine iraní. Porque El idioma universal yo la clasificaría, si clasificarla tuviera interés alguno (Lin Yutang dejó escrito: «Los libros no deben clasificarse nunca; clasificarlos es una ciencia, pero no clasificarlos es un arte») como cine del absurdo, como también hace el amigo Noé, pero un absurdo que no es antiautoritario, como el de los Hermanos Marx, o explosivo, como el de Top Secret, o truculento, como el de Álex de la Iglesia, o New flesh, como el de Delicatessen, o simplemente aguafiestas, como el del teatro de Beckett o Ionesco. Se trata de un absurdo tierno, fragante, optimista y finalmente humanitario, algo que en España conocemos muy bien porque uno se siente hasta un pelín patriota cuando recuerda Amanece que no es poco de José Luís Cuerda.
El idioma universal es totalmente de ese estilo, con la ventaja adicional de que el ambiente nos es todo menos familiar, con que uno se abre paso por la cinta atónito, hasta que termina por entender que el puzle termina por encajar (casi) todas las piezas, y que si encajan es porque todos estamos de alguna manera conectados.
Sin embargo, no hay que asustarse al inicio, cuando uno va descubriendo que siempre se eligen los planos menos naturales, las moles de ladrillo más feas, que te cruzas a una «lacrimóloga», a árboles de navidad vivientes, a un canto al amor por las flores, a ciegos haciendo turismo y que presencias entierros la mar de peculiares. También despista bastante que, al igual que en Amanece… no hay protagonista que guíe al espectador por ese mundo paralelo, de manera que la película parece una carrera de relevos en la que hay que saltar continuamente de un personaje a otro hasta que te topas con Matthew Rankin, un señor tristísimo y solitario que parece fuera de lugar en ese País de las maravillas más amable sin duda que el de Alicia[1]. Bueno, pues ese Matthew Rankin es el propio director, y ese nombre es su verdadero nombre. Pero no, tampoco conviene agarrarse a él, porque no es quién tiene la última palabra… Porque la última palabra de esta joya del absurdo tierno, y del cine mundial en general, señoras y señores, la tienen los pavos. Así, como lo oyen.
[1] A la hora y cuarto de metraje aproximadamente tiene un lugar una secuencia realmente excelente en que seguimos a los enseres de colores cálidos de una habitación mientras que un personaje intenta dar aliento a otro y les oímos en off. Termina con este segundo personaje, el director, cogiendo el pomo de la misma puerta en que se había detenido la cámara, con lo que el espectador entiende que el discurso ha tenido su efecto. Genial.




