Luca Guadagnino ha logrado, una vez más, provocarnos con un filme que hará levantar ampollas entre los espectadores. After the Hunt, es un intenso thriller psicológico y filosófico que agitará nuestros cimientos y cuestionará nuestros prejuicios. Con un reparto excepcional, el director siciliano nos hace viajar de la mano de una sobresaliente Julia Roberts (Alma) por los oscuros recovecos de lo que él mismo denomina el «teatro social», que se transfigurará más bien como una exploración de los límites de la moral y su fragilidad.
Esta reflexión viene ambientada bajo el paraguas elitista e intelectual de la Universidad de Yale, concretamente, en la Facultad de Filosofía. Un intelectualismo que no impedirá a los protagonistas mostrar las misma dolencias y pasiones terrenales que cualquier otro estrato social. El director de fotografía, Malik Hassan Sayeed, por su parte, potenciará la angustia clínica con el aire cargado del bokeh en los planos cortos y un etalonaje desaturado a lo moody bleach bypass, que, mezclando cianes, ocres y cielos encapotados, darán cobijo a esos no lugares como el dinner, el piso franco o el aparcamiento del extrarradio, donde los protagonistas se juegan lo privado. Mientras tanto, el espacio público e institucional quedará reservado a las luchas jerárquicas de poder. De este modo, los tonos entre belicistas y cargados con los que colorea Sayeed, complementarán la tensa obra de Guadagnino, que es, en sí misma, una zona gris donde todas las líneas se confunden y se desdibujan. Sin olvidarnos, claro, de la música original de Trent Reznor & Atticus Ross, que añade el toque estridente y psicótico que nos hace perder la calma para desear el tempo.
Sorprendentemente, el debut de Nora Garrett como guionista, nos deja, en su ópera prima, un texto tan denso como sofisticado. La escritora y actriz, juega al despiste construyendo unos diálogos a medio cliché para burlar una y otra vez los prejuicios de un espectador que se ve forzado a revisar sus estereotipos. Sirviéndose del curso lectivo y las tertulias informales, el guion ahondará, desde el meta-relato, en los bajos fondos de la psicología y los axiomas morales de los protagonistas. Un texto infestado de antagonismos generacionales e ideológicos que se narrarán bajo el marco académico de las relaciones de poder, el acoso sexual, el movimiento #metoo y la segunda llegada al poder de Trump, marcada por la abolición de las políticas de igualdad.
Dicho esto, la trama discurre sobre los vértices de un rectángulo amoroso entre Michael Stuhlbarg (Frederik), el marido pasivo agresivo y psicoanalista cuya frustración se manifiesta sonoramente, y la devoción por su esposa Alma (Julia Roberts), apegada incondicionalmente a un secreto del pasado y en la que él no encuentra reciprocidad. Ayo Edebiri, Maggie (la estudiante favorita y privilegiada) enamorada de Alma (su tutora) y Hank, Andrew Garfield (profesor asistente y presunto agresor), con el que Alma mantiene una estrecha relación de tensión no resuelta sobre la que recela Frederik. Con estos elementos, no tardarán en aflorar acusaciones de agresión sexual, plagio, abuso de poder y falta de lealtad. Tres, dicen, son multitud, pero estos cuatro personajes harán pivotar moralmente al espectador, que irá depositando su apoyo en todos, seguido de una decepción y un cuestionamiento ulterior que pondrá en sospecha nuestra supuesta habilidad para desenmascarar culpables. Como resultado, acabaremos por desconfiar de un elenco incapaz de sostener un diálogo común, con unas subjetividades que jamás terminan por encontrarse. Los personajes, que se muestran siempre antagónicos con su interlocutor, tanto en el espacio, como de sí mismos en el tiempo, nos ahogarán en una trama controvertida e imposible de resolver. Pues los personajes, ni ceden ni conceden, a la par que se van intoxicando.
Así pues, en el arduo camino por dilucidar la verdad, la cinta aprovecha para reflexionar sobre la represión del individuo y la eliminación de la diferencia. Partiendo de la premisa «no hay vida buena en la falsedad de la vida» (Es gibt kein richtiges Leben im falschen), el debate desemboca en una acalorada discusión arendtiana sobre cómo se construye el relato, tomando como ejemplo a Ulises, el cual, se hace consciente de su condición de héroe en la corte de Alcinoo (rey de los feacios) mediante el canto de Demódoco (un poeta ciego). Según Alma, el aedo, que no posee visión externa por su ceguera (y por ello más conocimiento), representa al «otro». Y esta narrativa también posee una verdad, y ese poner en común ambas subjetividades es lo que construye el relato y lo rememora, aceptando la diferencia. Al desarrollar este punto, Katie (la alumna de Alma), lanza una aguda crítica a su profesora, pues es evidente que Alma no confía en el relato de Maggie sobre la denuncia de acoso. La interpretación que hace Katie del otro (sobre el que insistía Alma era abstracto y plural), acaba de reducirse a un binomio sociopolítico entre el bien y el mal, lo que le hace enfurecer a Alma, acusando a Katie de considerar malo al otro y aplastar así la diferencia. Esto es, se pone sobre la mesa la polarización del pensamiento, así como la capacidad crítica del juicio, o, en palabras de Adorno: «La libertad consiste no en elegir entre blanco y negro, sino en escapar de toda alternativa preestablecida».
Frente a esta problemática sobre la polarización, en paralelo, se repite una crítica (no menos controvertida) por parte de la generación boomer (que comparten tanto Alma como la psicóloga de la universidad) al señalar que la falta de pensamiento crítico nos ha hecho caer en una moral performativa y un exceso de awareness que ha infantilizado a la sociedad y por la que nos hemos visto obligados a construir, según Alma, un mundo de bordes redondeados para evitar a toda costa las adversidades. Discurso que hace brotar muchos interrogantes, especialmente en medio de un caso de agresión sexual que pudiera banalizar a las víctimas del #metoo.
Una tensión que se complica si tenemos en cuenta que Guadagnino no muestra los hechos completos y deja el espacio del juicio enteramente a un espectador desorientado, al que, ante la falta de imágenes explícitas y descriptivas, se le hace imposible completar el relato, haciéndonos caer en el cinismo más desolador. Por ello, a medida que avanza el filme, al espectador «le crecen los enanos» en un escenario donde se ponen en vilo todos y cada uno de nuestros sesgos de confirmación y donde parece que nunca damos con la tecla correcta. Así que agárrense a la butaca, porque la película no ofrece ni verdad factual a la que sujetarse ni factchecking a posteriori. Y al igual que señalaba Martínez-Bascuñán refiriéndose a la verdad y la posverdad, «Si no podemos acordar lo que es, entonces tampoco podremos acordar lo que debe ser» y «si no podemos ponernos de acuerdo en qué es real, tampoco podemos tener un debate democrático, tomar decisiones informadas o ejercer un juicio crítico».
Y con este embrollo, sin certezas ni puntos fijos, se articula la incómoda tarea de confrontar a la audiencia en una pugna entre lo público y lo privado: entre el aislamiento sentimental de Alma y la racionalidad frustrada —pero necesitada— de Frederik; entre el privilegio de Maggie y los dudosos encantos de Hank. Todos, inmersos en una agitación introspectiva y generacional, parecen desplazarse sin más lugar común que un presente resbaladizo, que se desliza, inestable, por la escena. Un presente caduco que consolida la narración como actualidad pública, punible y finita pero donde se nos hace imposible distinguir lo real. Pues todo aquello que se demanda como real, cuando toca al otro, se desmorona. Por ello, el futuro privado donde los personajes invierten los roles o se desdicen de sus juicios no tiene relevancia. Y poco o nada importan ya los relatos del pasado cuando hemos perdido la fe en el amor y la verdad, porque, como bien dice Frederik «Se desatará otra catástrofe y todo será olvidado».
Correcciones: Irene Luisa González Calvo




