La medicina es un ritual de muerte — The Killing of a Sacred Deer (2017)

octubre 3, 2025
Barry Keoghan en The Killing of a Sacred Deer (Yorgos Lanthimos, 2017).
Barry Keoghan en The Killing of a Sacred Deer (Yorgos Lanthimos, 2017).

El cine de Yorgos Lanthimos se pregunta por la relación entre lo sagrado y lo profano, relación determinada por lo absurdo, lo cruel y lo bestial. Es una forma de interpelar la naturaleza moral de sus personajes, la cual, en una inmensa paradoja, no se parece en nada a la moralidad humana, pero que, a su vez, sirve como una alegoría muy eficaz de los conflictos morales a los que nos enfrentamos constantemente. Parco y cerebral, nihilista y distante, recuerda con razón al cine de Kubrick y al de Haneke, quizás a la faceta más intelectual de Lars von Trier y a las películas de horror de Bergman. Lanthimos es Kubrick en cuanto a estilo (altera la percepción de las imágenes con ángulos y planos muy controversiales), pero es Haneke en cuanto a emoción: se aleja de los juicios morales y no ofrece mayor compasión a sus personajes, a los que deja a merced de la tragedia, casi como un mito griego llevado a la actualidad. Sin importar la fuerza de sus imágenes, su cine siempre tiene algo de teatral, el rezago de una tragedia de Eurípides o Esquilo. Por eso sus colaboraciones con Efthimis Filippou recurren casi siempre a escenarios cerrados, claustrofóbicos: una casa familiar sin acceso al mundo exterior, un retiro para solteros que atrapa a sus residentes, los pasadizos y habitaciones de un palacio real. En el caso de The Killing of a Sacred Deer (2017), son los entornos esterilizados y bajo constante vigilancia de un hospital, el quirófano y los laboratorios, los espacios de vida y muerte, en permanente tensión e incerteza.

Como el de Kubrick, el cine de Lanthimos también está obsesionado con el cuerpo. Es la política sexual que domina las relaciones lésbicas en The Favourite (2018), la fragmentación y experimentación de los cuerpos en Poor Things (2023), la prohibición sectaria del amor en The Lobster (2015) o incluso el control familiar de los cuerpos y el lenguaje en Dogtooth (2009). Esta obsesión por el cuerpo llega a su cúspide en la primera escena de Sacred Deer, un primer plano muy nítido de un corazón latiendo, un objeto viscoso, sangrante, grotesco, pero, a su vez, estridente, que late sin pausa: el corazón abierto de un paciente anestesiado en manos de cirujanos y especialistas. Este no será el único caso, ya que Sacred Deer recurre a más escenas de cirugías reales. La música de orquesta (quizás excesivamente Kubrick) suena con fuerza mientras el Dr. Murphy deja la ropa sucia de la operación y sale de repente al mundo de los vivos: abandona el quirófano, umbral entre vida y muerte, y hace lo posible por llevar una existencia normal junto a su familia.

El cine de Yorgos Lanthimos se pregunta por la relación entre lo sagrado y lo profano, relación determinada por lo absurdo, lo cruel y lo bestial.

Estos esfuerzos, según sugieren Lanthimos y Filippou en este primer acto, son en vano. Murphy vive en un estado de insatisfacción permanente; es parco, sombrío, un personaje del gótico atrapado en los quehaceres de la burguesía estadounidense. No me sorprende que la gente encuentre un parecido entre Murphy (interpretado impecablemente por Colin Farrell) y el Dr. Bill Harford del Eyes Wide Shut (1999) de Kubrick, dos personajes sumidos en su propia odisea perversa sobre la que tienen muy poco control. Sin embargo, mientras que el segundo es un sujeto sexualmente reprimido y domado por la curiosidad y el deseo, el primero es un tipo totalmente privado de emociones intensas, cuya compasión está totalmente racionalizada y cuyos deseos se ahogan en el lenguaje de la biomedicina y la precisión de sus observaciones clínicas. Mientras Harford le hacía el amor apasionadamente a su esposa (Nicole Kidman, quien también protagoniza este film) y dejaba entrever su vulnerabilidad en el proceso, Murphy se dedica simplemente a observarla: «Hagamos la de la anestesia», sugiere Anna Murphy, oftalmóloga, que se hace la muerta en la cama mientras Murphy se masturba.

La actitud de Murphy contrasta con su aparente vinculación con un adolescente, Martin, quien lo visita constantemente en el hospital. Con él mantiene cierta relación de pupilo y maestro, lo que incluye regalos costosos y almuerzos en una cafetería. ¿Por qué Murphy le dedica tanto tiempo a Martin? ¿Qué hace que el muchacho esté fascinado por el cirujano? ¿Y por qué Murphy tiene que mentirle constantemente a cualquiera que le pregunta por su relación con el muchacho? El misterio no es precisamente el punto fuerte de Lanthimos y Filippou, y por eso no sorprende que, para el cierre del primer acto, la identidad de Martin quede perfectamente revelada: hijo de un paciente de Murphy, Martin ha quedado huérfano debido a que su padre, en condiciones estables, falleció en la tabla de operaciones. Murphy, como tantos otros cirujanos, se enfrenta a la pérdida de un paciente en el quirófano, una relación parasocial y mórbida con la muerte y con los dolientes. Recuerdo el mismo pesar de mi padre, ginecólogo y cirujano, al perder una paciente. Un tipo de relación afectiva mediada por la extrañeza, la ausencia de parentesco y, sobre todo, la incertidumbre. Nadie puede culpar razonablemente a Murphy, pero él se culpa a sí mismo.

En este punto el film abandona cualquier intento de ser un thriller psicológico y adopta sin problemas el rótulo de horror corporal. Uno de los hijos de Murphy, Bob, se cae estrepitosamente y pierde la movilidad en sus piernas. A pesar de las numerosas pruebas de laboratorio y la minuciosa revisión de los mejores expertos en la materia, no parece haber razón física para su estado. Bob se rehúsa a comer y a moverse, y es prontamente alimentado por una sonda. No es el único. Kim Murphy, a quien «recién le ha llegado el período», tiene catorce años y todavía está románticamente prendida de Martin.  En un ensayo del coro, sufre un colapso y experimenta los mismos síntomas que su hermano. Los doctores Murphy ven a sus hijos postrados en una cámara, intervenidos por sondas y otras máquinas que los mantienen con vida, sin que la biomedicina pueda ofrecer ninguna respuesta a su dolor.

Cualquier espectador inteligente no tardará en vincular estos hechos con la presencia de Martin. La ambigüedad que mantiene el guion se basa, más bien, en la causalidad directa. Martin afirma que el sufrimiento de los hijos es una respuesta cósmica frente a la negligencia de Murphy. Así como el joven perdió a su familia, ahora Murphy perderá a la suya. ¿Se trata, entonces, de una manifestación del universo, un intento por restaurar el balance e intervenir a modo de justicia divina? ¿O se trata más bien de una suerte de maleficio impuesto por Martin, quien podría exhibir insospechadas propiedades místicas? ¿Puede haber causado Martin estos hechos de forma física, incluso? ¿O es tan solo una trágica coincidencia de la que el perturbado chico se aprovecha para sembrar el terror entre los Murphy? El film no ofrece ninguna respuesta concluyente y es claro que aquí no está el punto. La incertidumbre del Dr. Murphy y su búsqueda de respuestas son vistas como un problema antes que como una solución. Murphy quiere descubrir el trasfondo de estos hechos y, al hacerlo, ignora las indicaciones de Martin de cómo remediar la situación.

Martin ofrece la solución del parricidio invertido: si Murphy quiere evitar que su esposa e hijos mueran en circunstancias terribles, tendrá que realizar un sacrificio y deliberadamente matar a uno de los tres. Por supuesto, cuando otras soluciones se agotan, parece que el doctor acepta el destino, sin tener muy en claro qué criterio utilizar para llevar a cabo su cometido. Cada uno por su cuenta, su mujer e hijos hacen lo posible por convencerlo de dejarlos con vida, aunque nunca dicen nada para acusar a los demás. El propio Murphy se acerca a la escuela de los chicos para obtener respuestas, pero encuentra lo más parecido a una equivalencia estadística: Kim es experta en letras y Bob en ciencias, cada quien es querido por sus amigos y profesores, ninguno más problemático que el otro, ambos candidatos para seguir con vida.

A este punto debe quedar muy claro que The Killing of a Sacred Deer es una interpelación a la biomedicina y a la bioética. Estamos, sin duda, ante una crítica al modelo de racionalizar, fragmentar y controlar a los cuerpos. Esto es evidente en cada detalle del film. Pensemos en la forma en que actúan los personajes. Nadie en esta película habla naturalmente. Todos los personajes son excesivamente formales. Las actuaciones son glaciales. Parece que Farrell y Kidman están leyendo sus diálogos desde un teleprónter y con un mínimo de emoción. Los personajes actúan siempre lejos de otros, siempre en una quietud distante, ajena. Cada integrante de la familia actúa en un mundo paralelo. A cada rato algún personaje hace una pregunta inapropiada y otro responde sin mayor ofuscación. Los personajes revelan más cosas de las que deberían. La referencia al primer período de Kim es común entre los personajes y es discutida frecuentemente, con naturalidad. Bob le pide a Martin que le muestre su vello axilar y luego Martin hace lo mismo con Stephen. Estos detalles no sirven simplemente para provocar a la audiencia: en el fondo, son una forma de llevar la racionalidad médica a la vida real, con resultados disonantes.

Los personajes se refieren a otros como parte de un experimento, como pacientes sin agencia y sin una personalidad propia. Se refieren a los otros en virtud de sus características físicas, observables. Es el mismo lenguaje médico que despersonaliza a los pacientes, que les resta agencia y control sobre sus cuerpos. La terquedad de Murphy contrasta con la apertura de su esposa; el primero se resiste a abandonar los métodos científicos, la segunda elige creer en otras respuestas. El desdén con el que Murphy trata a su esposa y fuerza a los niños a mejorar (le embute comida a Bob y luego lo lanza por el pasadizo para que camine por su cuenta) reflejan muy bien la hostilidad con la que intervienen los médicos sobre sus pacientes: las formas de enclaustrar a personas con enfermedades mentales o las políticas destinadas a alargar la vida artificialmente, incluso si los pacientes se niegan a ellas. Murphy encarna los límites y paradojas de la relación médico-paciente: el tipo de intimidad transgresora que mantiene con la familia de Martin y, finalmente, la toma del control del paciente contra el médico.

La conclusión es bastante inquietante. La biomedicina no puede explicar el poder de Martin sobre los Murphy y, en su desesperación, los esposos deciden tomar medidas violentas, poco racionales, para evitar su destino. En la dirección, Lanthimos hace lo posible para que su película parezca artificial y extraña, como la pesadilla de un cirujano acostumbrado a desmembrar cuerpos y enumerarlos en una plantilla. Esto hace que el contraste con la dimensión mística del film crezca y resulte aún más interesante, y que el sacrificio de Stephen Murphy cobre un tono redentor. La confrontación de Murphy recuerda, finalmente, al tipo de sacrificios que tienen que realizar las familias cuando el sistema médico público es insuficiente y solo pueden salvar a uno de los suyos. La medicina, si bien pensada como una disciplina de la vida, funciona más bien como una ciencia de la muerte: se trata de una ciencia muy política, que tiene que destinarles más valor a unos que a otros y que debe defender esos criterios, incluso frente a innumerables polémicas y críticas, sobre todo, en casos de una tragedia.

Murphy debe llevar esta política de vida y muerte a su hogar. Los cálculos que establece son muy parecidos a los cálculos que haría el Murphy cirujano en el quirófano, y el mismo cálculo que realizan otros tantos en su lugar, una vez sometidos a la presión de la urgencia. ¿Quién debe vivir más tiempo? ¿La madre capaz de procrear otra vez? ¿La hija con posibilidades de éxito en el canto y en las letras? ¿El hijo obediente y potencial seguidor de los estudios de cardiología del padre? La película nunca lo dice, pero parece que Murphy no puede sacrificarse a sí mismo, lo que aumenta el tono de tensión y tragedia. En ningún momento el guion sugiere que habrá alguna solución posible, ningún deus ex machina para los Murphy. La degradación corporal de los personajes y la violencia de las imágenes recuerdan la constante presencia de la muerte en el entorno biomédico, la amenaza latente de purga y supresión.

Hay quienes acusan a la cinta de ser excesivamente amoral y nihilista, de someter visceralmente a sus personajes a la violencia. Es cruel, dicen. No estoy de acuerdo. El sacrificio que debe realizar Murphy es el mismo sacrificio racionalizado y aceptado comúnmente por la biomedicina. Sus métodos y cálculos son los mismos que utiliza el establishment médico. La conclusión es la misma. Que nos genere tanta repulsión debido a la inquietante puesta en escena de Lanthimos es parte de la disonancia que el director quiere y es razonable que sea así. A pesar de su empaque frío y calculador, The Killing of a Sacred Deer devuelve la emoción a la razón de la biomedicina: el acto médico como una tragedia permanente, como un constante sacrificio.

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