El niño palestino Sham Qudeih en medio de la hambruna que se extiende por Gaza, por EPA.
El niño palestino Sham Qudeih en medio de la hambruna que se extiende por Gaza. EPA/HAITHAM IMAD

Después de la promesa: fractura ontológica y acción común en el presente (2025)

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Un año de fracturas

La sucesión de días y meses, por lo general, ofrece una ilusión de movimiento existencial. Así como la llegada de un fin de año representa, la mayoría de las veces, la clausura de un ciclo y el comienzo de otro, también nos acostumbramos a esperar que los eventos a nuestro alrededor cambien de carácter y de tono. Si a eso se le suma el volumen de noticias que recibimos, el ansia de novedad, y el consumo de realidad desproporcionado, el panorama nos obliga a reconsiderar nuestra posición en el mundo.

Siendo caprichosamente críticos con lo anterior, nos percatamos de que todo eso se basa en una esperanza abstracta y la mayoría de las veces infundada. Ni las condiciones materiales ni las espirituales han cambiado sustancialmente, y el próximo año, aparentemente, traerá más de lo mismo. Así pues, la búsqueda de ese nuevo horizonte no debiera comenzar en la tranquilidad de una ilusión, sino en la tormenta que le precede. Es la tormenta que Walter Benjamin describió en su visión del Angelus Novus como un viento huracanado que sopla desde el paraíso y que, bajo el nombre de «progreso», nos empuja hacia el futuro mientras el montón de ruinas crece ante nosotros.

Es inevitable, pues, si se quiere ver en qué estado estamos y qué debemos esperar, hacer un balance de esas ruinas; entender que la fractura no es solo política, sino del ser mismo.

El estado de la vida en el 2025

En una reflexión escrita expresamente para este ensayo, la filósofa Adriana Zaharijević señala que uno de los rasgos decisivos del año que termina no es un acontecimiento concreto, sino la pérdida de una idea: la de que todas las vidas importan. «Era endeble, siempre cercano a lo superficial y más bien un eslogan —comenta Adriana—, pero al menos existía la esperanza de que el orden internacional estaba ahí para defender la idea de que las vidas, todas las vidas, importan, aunque —o precisamente porque— antes no importaran».

Si lo más valioso es la vida humana, debemos ser honestos: el evento más determinante del año fue, precisamente y de forma paradójica, la renuncia institucionalizada a su protección y cuidado en el contexto del genocidio en Gaza.

Hasta el 30 de diciembre y según números de las Naciones Unidas en su último boletín sobre la situación humanitaria en la región, se reportan 71 266 víctimas fatales, y 171 222 heridos. Cientos de miles de palestinos continúan luchando por sobrevivir en tiendas de campaña improvisadas inundadas o en edificios dañados que corren el riesgo de derrumbarse, mientras que las tormentas invernales aumentan el riesgo de enfermedades relacionadas con el frío y muertes evitables, especialmente entre los niños menores de cinco años. El último análisis prevé además que, hasta octubre del próximo año, al menos 101 000 niños de entre seis y 59 meses sufrirán malnutrición aguda.

Como expresa el historiador Antonio Míguez Macho, la gravedad de esta situación trasciende lo estadístico para tocar lo estructural: «Una condena por genocidio o crímenes contra la humanidad no salva vidas, pero el mero hecho de considerar que se está cometiendo o se ha cometido un genocidio tiene profundas implicaciones políticas».

Por si fuera poco, como reportamos este año en Dialektika, nos enfrentamos a un sistema de justicia global resentido. Ejemplos notorios se sobran, pero las acusaciones contra el fiscal Karim Khan y las sanciones y campañas de difamación contra Francesca Albanese, Relatora Especial de la ONU, son solo dos muestras de este asalto institucional. Lo anterior no ocurre en un contexto aislado, sino tras la invasión rusa en Ucrania, el conflicto silenciado en Sudán y otros en diversas zonas del mundo. Es decir, que se trata de una crisis del sistema de justicia global, y de los valores que lo fundamentan. Quizás muchos de los elementos que vimos este año no eran nuevos, pero en el 2025 adquirieron cuerpo y una concreción devastadora.

2025 el año del retorno de Trump

En términos de condiciones políticas y relaciones internacionales, el evento público que más influyó en el año fue la toma de posesión de Donald Trump como el presidente número 47 de los Estados Unidos. La conmoción trumpista y la nueva oleada de MAGA se presentan ahora con un proyecto definido: transformar a los Estados Unidos en un experimento conservador global. El año vio cómo estos elementos tomaban forma, enviando ondas expansivas al resto del mundo; varios gobiernos de Latinoamérica y Europa han apoyado tales iniciativas; el 2026 no parece ser que vaya a ser muy diferente a menos que elementos internos y externos impidan su avance. En ese contexto local, serán determinantes las elecciones de medio término, así como el rol que desempeñe la Corte Suprema de Justicia. En la arena internacional, será vital lo que muchas organizaciones, medios y ciudadanos podamos hacer para frenar la oleada extremista, ultraconservadora e irracional que plantea un Make the World Great Again.

Asistimos al ataque a la democracia como sistema de valores y a una ofensiva contra los migrantes, donde la expulsión y la redefinición de leyes para su control se volvieron la norma. El migrante fue definido – no ya teóricamente, sino prácticamente – como el «Otro» violento. Paralelamente, la imposición de tarifas a nivel global se instauró como un mecanismo de negociación y resolución de conflictos económicos. Fuimos testigos de la centralización de una «economía de la atención» basada en el shock y de una Casa Blanca más beligerante, simbolizada en el cambio de nombre del Departamento de Defensa a «Departamento de Guerra», los ataques extrajudiciales en el Caribe y la amenaza pendiente de otra invasión estadounidense en Latinoamérica.

El retorno de Trump debe verse como un síntoma más que como un hecho aislado: el síntoma de la reconfiguración de las grandes placas tectónicas de una geopolítica sin reglas y de la pérdida del orden democrático. No se trata de golpes de Estado clásicos, sino de una mutación interna: gobiernos elegidos que vacían las instituciones desde dentro, convierten la legalidad en técnica de control y transforman la excepción en norma. La democracia ya no cae; se endurece, se vuelve punitiva y excluyente.

Consultado para este balance, el filósofo mexicano Arturo Romero Contreras subraya que la reelección de Trump no debe leerse como un giro inesperado, sino como la confirmación de que su primer mandato no fue un accidente histórico:

«El retorno de Trump a la Casa Blanca representa la revancha del ancien régime. Las figuras derrotadas de la historia relativamente reciente son reivindicadas. Mussolini, Hitler, los Confederados, Pinochet: todos son reintroducidos al discurso como héroes incomprendidos, sepultados por el “marxismo cultural”, la “ideología de género” y el mundo “woke”. Igualmente se reivindica el colonialismo, el esclavismo, y nuevos discursos de superioridad cultural … La ciencia pierde su legitimidad y su derecho a regir la vida social. La aspiración igualitaria es desechada en nombre de jerarquías de género, raciales o culturales. El internacionalismo comunista se combate con un furioso nacionalismo. El mundo laico arde convocando una celosa religiosidad. Todo se resume en el moto revivido de patria, Dios y familia».

No obstante, el año que concluye ha sido también un ciclo de protestas. Aunque se dio protagonismo a la «Generación G» como factor de movilización, otros sectores populares también se sumaron al descontento en Nepal, Birmania, Sri Lanka y Corea del Sur. El caso de Serbia fue paradigmático: el movimiento estudiantil, candidato al Premio Nobel de la Paz, demostró que la esperanza no está perdida. A pesar del autoritarismo y la corrupción, existe un camino hacia una construcción futura, largo pero real.

Ciencia, tecnología e inteligencia artificial

A todo lo anterior se suma la continuidad de los desastres naturales. Los mega-incendios en Los Ángeles destruyeron más de 12 000 estructuras, siendo uno de los desastres más costosos de la historia de EE. UU. El 2025 superó consistentemente el umbral de los 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales. Mientras tanto, la diplomacia medioambiental en la COP30 de Belém resultó agridulce, cediendo ante la presión de los países productores de petróleo y ante la postura negacionista de la administración estadounidense. Como contraparte, China reportó por primera vez una reducción real del 1,6 % en sus emisiones de CO₂ gracias a su amplia infraestructura renovable.

El año que culmina también marcó un cambio de paradigma científico. La medicina regenerativa alcanzó un hito al normalizar los xenotrasplantes, logrando que órganos porcinos funcionaran en humanos por más de nueve meses, mientras CRISPR se consolidaba como una cura accesible. En el cosmos, la privatización del espacio se hizo tangible con el éxito del Blue Ghost, mientras el Observatorio Vera Rubin y el satélite MicroCarb mapeaban el universo y las emisiones de carbono con precisión inédita. Las energías renovables finalmente superaron al carbón en la red eléctrica global, apoyadas por los reactores modulares pequeños (SMR).

No obstante, el avance más disruptivo ocurrió en la frontera de lo sintético con el lanzamiento de modelos de razonamiento lógico como GPT-5 y la cada vez mayor adopción de la IA agéntica. Esta metamorfosis, sumada a la integración de sistemas de visión avanzada en la robótica humanoide, comienza a plantear preguntas mucho más serias sobre la difuminación de la línea entre el procesamiento de datos y la acción física, abriendo un capítulo en el que la máquina ya no solo procesa datos, sino que interactúa y transforma nuestro entorno material. ¿No es acaso una de las paradojas definitivas de 2025: que el año del refinamiento de la inteligencia artificial sea, simultáneamente, el año de la prescindencia humana en el mercado laboral?

En definitiva, se trata de un año de rupturas y de una «hipernovedad» incesante, en el que la viscosidad de la pantalla no se ha separado de nuestra mirada. En el fondo, asistimos a una ruptura ontológica que habla de la fragilidad del sujeto en términos baumanianos. Por un lado, una mayor preocupación por la identidad que, en tiempos de crisis, busca refugio en el rechazo al «Otro», generando mayor conflictividad racial y nacionalista. Pero esta redefinición se da, paradójicamente, en el momento de mayor fluidez: una sociedad quebrada que busca completarse a través del consumo y de fórmulas que intentan restaurarnos como sujetos cerrados.

La acción común

No pretendo vender un cierre optimista abstracto. No hay fórmulas mágicas, ni robots, ni IA que «salven» a la humanidad escatológicamente hablando. La humanidad no es una historia que deba ser rescatada por un deus ex machina ni una narración con final feliz al estilo Netflix.

La única fuente de esperanza radica en un pasado asumido críticamente para luego saltar a la acción. Una y otra vez, desde el pesimismo del eterno retorno volvemos a lo más valioso que la filosofía — justamente madre de eso que llamamos pensamiento crítico —puede ofrecernos. No, no son los títulos, las instituciones copadas por la burocracia, el discurso vacío o los valores abstractos. Es lo que uno de los inspiradores silenciosos de esta publicación, el filósofo Humberto Piñera Llera, fundamentó como «la problematización de todo lo problemático». Es decir, la filosofía como movimiento incesante de las contradicciones y su asunción. Sí, alejados de las narrativas salvadoras y asfixiantes.

En respuesta a estas interrogantes, Romero Contreras evita cualquier formulación programática. Para él, la esperanza no es un contenido ni una promesa, sino una estructura constitutiva del tiempo humano. Por eso califica al futuro como un «esfuerzo por actualizar las virtualidades del pasado más allá del dolor del presente». Así pues, nos queda un camino político no unilateral:

«Concretamente debemos participar en acciones políticas colectivas. No puede decirse a priori que dichas acciones deban estar “fuera” o “dentro” de las estructuras de la vida política establecida. Tampoco que deban decidirse entre el cambio poco profundo e inmediato o profundo y quizá irrealizable. El camino político no puede ser unilateral, eligiendo la pureza de un extremo. Pero tampoco puede ser “dialéctico”, si por ello se entiende una “reconciliación de opuestos”. No hay en política sino un camino en zigzag».

Quizás por eso, como advierte Zaharijević, la pérdida del cuidado de la vida no se produce de manera furtiva ni silenciosa, sino de forma abierta y celebrada. Con la desaparición de ese principio, señala, «la era de la petrificación de las desigualdades está lista para comenzar».

Ante la violencia política y los retrocesos evidentes en el 2025, lo que queda debe ponerse en función de reconstruir el sentido comunitario y la acción en común; cultivar la inconformidad: nunca estar alineados con el estado de las cosas que atente contra lo colectivo. Desde Dialektika apostamos por reconstruir y fundar, no desde la abstracción, sino desde la necesidad de restaurar un sistema global que ponga la acción común en el centro de la vida.


Este ensayo integra reflexiones originales solicitadas expresamente a la filósofa Adriana Zaharijević y al filósofo Arturo Romero Contreras, a quienes agradecemos su generosa disposición al diálogo y la profundidad de sus aportes. La coordinación editorial y el apoyo en el proceso de preparación estuvieron a cargo de Natzué Mendoza, asistente editorial de Dialektika.

Adriana Zaharijević es investigadora sénior en el Instituto de Filosofía y Teoría Social de la Universidad de Belgrado. Su trabajo se centra en filosofía política, teoría feminista y crítica del nacionalismo contemporáneo.

Arturo Romero Contreras es profesor y coordinador de la Maestría en Filosofía en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). Investiga en ontología contemporánea, filosofía política y los cruces entre tecnología, inteligencia artificial y poder.

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