Freud y el caso Schreber III: Enseñanzas y conclusiones

julio 23, 2021
Sigmund Freud sobre Dios
Metamorphosis of Narcissus, 1937. By Salvador Dalí (1904-1989)

Con este artículo concluimos el análisis del fascinante Doctor Schreber, que afirmaba era violado por Dios para engendrar una raza de hombres nuevos. En una primera entrega presenté el caso de una manera histórica tal como la describen sus “Memorias” y las investigaciones adicionales de Freud. En una segunda entrega, la propia sintomatología del enfermo demostró que el fantasma de la homosexualidad rondaba el pronóstico, si bien no se podía asegurar con total certeza. En esta entrega presento un conjunto de reflexiones finales que engloban tanto detalles del pronóstico de Freud, como de las enseñanzas que nos puede traer para el presente, lo cual es para mi el objetivo de toda buena historia.

Veamos un primer punto: ¿Tienen los detalles de Schreber valor teológico? Por supuesto que sí. Ya brindé elementos que demuestran el carácter ecléctico del delirio de Schreber que, bien visto así, constituye una amalgama de los saberes ilustrados de la época. El concepto de “autólisis de Dios” (Allouch, 2014, p. 67) es un elemento central aquí. Schreber necesitaba una justificación para sus deseos homosexuales, y la única autoridad para conferírsela era la instancia moral definitiva, que orbitaba por encima de todo juez terrenal (no olvidar que nuestro delirante fue juez).

La dicotomía entre deseo homosexual y censura se extiende, por tanto, al propio Dios. Por un lado, hay un Dios que posee a Schreber por una causa superior, lo cual justifica la posesión homosexual; pero por otro lado existe una instancia moral definitiva “el orden del universo”, que condena las actitudes de la divinidad. O sea, que en su locura bastante cuerda Schreber hace lo mismo que Job u otras figuras de la teología: encara a Dios ante la paradoja fundamental de todo monoteísmo, o sea, que si el mal existe ha de formar parte de la divinidad. De ahí que se separe, en este caso, en un Dios inferior (Ahrimán) y un Dios superior (Ormuz).

Por eso comentaba que me recuerda tanto al “Respuesta a Job”. Para Jung “…La bondad de Yavé se le presenta a Job con la misma certeza que su maldad. (…) Yavé no está dividido, sino que es una antinomia, una total contradicción interna; éste es el presupuesto necesario de su tremendo dinamismo, de su omnipotencia y de su omnisciencia. (Jung, 1964, pp. 16-17) Por ello, si bien no en los mismos términos, podemos dividir a este otro Dios en una parte omnipotente (la parte inferior violadora) y una parte omnisciente (la parte superior que juzga).

Pero todo no queda ahí, pues para Schreber tiene consecuencias concretas. El hecho de dividir la divinidad en dos partes, permite el goce sensual sin que por ello sea sancionado por la instancia moral definitiva en el super yo de Schreber. La “contemplación”, quizás el único sentimiento erótico verdaderamente permitido a los hombres santos, se une aquí al placer sexual de la voluptuosidad que tiene dos funciones:

El primero es justificar “la mudanza en mujer”, pues según afirma: “La bienaventuranza masculina se sitúa más alto que la femenina, pues esta última parece tener que consistir de preferencia en un continuo sentimiento de voluptuosidad.” (Freud, 1986, p. 28) Ello reafirma la autólisis de Dios, pues existe por un lado el padre severo, juez, patriarcal, “Urano”, “Zeus Olímpico” (etc.); y por otro la madre permisiva, sensual, terrenal, “Gea”, “Deméter” (etc.).

El segundo, y quizás más urgente, es la fijación anal: “Si yo, entonces, en caso de tener necesidad evacuó realmente (…), ello va siempre unido a un vigorosísimo desarrollo de la voluptuosidad del alma. En efecto, librarse de la presión causada por el excremento presente en los intestinos trae por consecuencia un intenso bienestar para los nervios de la voluptuosidad. Por esta razón, siempre, y sin excepción alguna, han estado reunidos todos los rayos al evacuar y orinar; y por esta misma razón siempre se procura, cuando yo me preparo para estas funciones naturales —el esfuerzo de evacuar y orinar—, volver a hacerles el milagro hacia atrás, si bien casi siempre en vano”. (Freud, 1986, p. 26)

Queda evidente que la locura de Schreber está, en este sentido, muy bien estructurada. Muchos hombres cuerdos son mucho más inconsecuentes en su vida, y fallan en justificar un décimo de sus acciones tan vigorosamente como Schreber. No es de extrañar, pues, que apelara su liberación del hospital psiquiátrico siendo su propio abogado; y que la liberación no tardara mucho pues, en definitiva, no era peligroso ni para él ni para los demás. Ahora bien, ¿qué o quien desencadena la locura de Schreber y su deseo homosexual? Veamos las indagaciones de Freud al respecto.

En la primera entrega referí que el paciente tuvo dos períodos de internamiento: uno por un diagnóstico de hipocondría, y otro por la locura en sí. La clave para entenderlo todo está en el primero. Refiere Schreber que allí conoce al Dr. Flechsig de quien él y su esposa estaban muy agradecidos por la curación. Refiere el paciente sobre el profundo respeto que le generó la figura del psiquiatra y neuroanatomista Paul Flechsig, al cual pagó generosamente y del cual mandó a elaborar un cuadro para exhibir en su hogar.

Recordemos también que uno de sus primeros síntomas fue un sueño en donde fantaseaba con ser una mujer en proceso de penetración sexual. Luego de ello su demencia fue agudizándose hasta ser internado. La primera justificación de su problema fue la acusación a Fleshsig de “almicida”. Los detalles de qué significa no escaparon la autocensura del Schreber en sus “Memorias”, pero queda claro que el almicidio de Fleshsig desencadena el resto del delirio. Sin embargo, y esto es lo curioso, el almicidio pasa de ser causa primera a causa subyacente durante toda la enfermedad.

El alma de Fleshsig se llegó a dividir en más de cuarenta partes, de tal forma que toda persona que tratara con el paciente estaba poseída en cierta forma. Hacia el final de su enfermedad, cuando se comienza a “arreglar con Dios”, las almas se reducen a dos que, coincidentemente, son una superior y una inferior. Pero no nos equivoquemos, pues se insiste en las “Memorias” en que ninguno de los detalles de la historia busca ofender la figura del reputado doctor pues, para Schreber, hay una diferencia entre el Fleshsig real y el Fleshsig objeto de una pasión homosexual oculta.

Con la reemergencia de la enfermedad, así como del deseo de ser mujer, emerge el recuerdo del fugaz deseo homosexual que en algún momento albergó por Fleshsig. Según Freud, resulta usual en estos casos que el amor se trastoque en odio, pues ante la emergencia del deseo homosexual hay una “protesta masculina” que convierte al psiquiatra en el villano principal de la mitología de la demencia del paciente. Pero como una vez encontrado un objeto de descarga más efectivo, es muy difícil volver al anterior, Schreber prefiere dividir el cielo en dos antes de volver a su vida heterosexual.

En conclusión, el paciente ingiere a su foco delirante, a su objeto de descarga pulsional, para vivir una pasión masturbatoria consigo mismo. Lo que entendemos los cuerdos por locura, es la forma más lógica que encuentra Schreber para vivir su pasión homosexual en total equilibrio con su super yo. Por ello poco o nada importa el Fleshsig real, una vez fue suyo mentalmente, nadie podía separar al paciente de su nuevo objeto sexual. Quizás el componente somático, la predisposición esquizofrénica, enrevesa un poco los detalles del caso. Pero no se equivoque el lector al pensar que no hay miles de Schreber en este minuto, dispuestos a dividir sus creencias con tal de recibir al menos una gota de los manantiales el goce.

Por ello invito a todos a pensar en la memoria del jurisprudente alemán Daniel Paul Schreber, que afirmaba era violado por Dios, por haber nacido 150 años antes de su tiempo. Haga caso a Zizek: ¡goce su síntoma!, que, si sigue la máxima moral kantiana, no es problema de nadie ni asunto de nadie: solo de usted y del goce de su corporalidad como, y con quien usted, desee y entienda.

Referencias:

Allouch, J. (2014). Schreber teólogo: La injerencia divina II. El cuenco de plata.

Freud, S. (1986). Obras Completas (2.a ed., Vol. 12). Amorrortu.

Jung, C. G. (1964). Respuesta a Job. Fondo de Cultura Económica.

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