Si Kant fue para su época el gran despertador del sueño dogmático, Quentin Meillassoux lo es para sus contemporáneos que, hartos de la eterna repetición de fórmulas manidas, buscan nuevos amaneceres para el porvenir de la filosofía. Meillassoux constituye así un punto de partida para un horizonte especulativo que busca devorar el mundo con inusitado apetito epistémico.
Si bien el tema que nos convoca es la facticidad y su crítica, no podemos menos que reconocer el desarrollo lógico e histórico de la crítica en el autor. De la división entre cualidades primarias y secundarias llegamos al apartheid ontológico de los objetos-mundo (conciencia y lenguaje), que separa el conjunto de lo conocido de un afuera ignoto, imposible de iluminar bajo ninguna episteme. De ahí nos presenta el correlacionismo, el irremediable enunciado ancestral (Meillassoux, 2015, p. 42) y la facticidad del correlato.
Ya desde Kant, esta facticidad solo puede ser descrita y no deducida. Ello es central, pues implica que no se puede derivar necesidad de nada externo, solo la estoica resignación de describir los límites de mi relación sujeto-objeto, o cualquiera de las expresiones históricas de la primigenia relación entre pensamiento y ser. El correlacionismo supera al kantismo y se fortalece allí donde, más allá de la descripción de sensibilidad y entendimiento, la propia forma lógica de nuestra cognición se vuelve también factual.
A diferencia de Kant, cuyo en sí es no contradictorio —de lo contrario, sería imposible permitir la existencia del en sí sin pensarlo—, el correlacionismo solo describe los principios lógicos del sujeto, pero no su verdad absoluta, su necesidad. La limitación central del mismo es esa: su inferioridad respecto al kantismo en tanto penetración crítica de la cosa en sí, lo cual provoca la aparición del fantasma de la ideología.
El correlacionismo construye así invariantes de mundo, reordenadores de la representación, que tienen el privilegio de la impenetrabilidad crítica, solo amenazados por la tibia descripción: «Estas estructuras son fijas: nunca hago la experiencia de su variación, y en el caso de las leyes lógicas, no puedo siquiera representarme su modificación» (Meillassoux, 2015, p. 61). Dichas formas, en consecuencia, solo pueden ser factuales, lo cual no significa que no puedan cambiar, sino que quien se somete a ellas carece de herramientas para predecir dichos cambios. Visto así, nótese que estas leyes del mundo aparentan no ser tanto leyes como mandamientos, sometidos a la voluntad antojadiza de una divinidad.
El correlacionismo fuerte se resume entonces en la imposibilidad de la imposibilidad de lo impensable; por ello, la irracionalidad no es un criterio invalidante para la facultad racional, cuyas capacidades aquí resultan bastante magras. Ante tal estado de cosas, el Espíritu indefenso, sin armas para combatir, se somete al fantasma de la ideología, a las hordas infernales del rechazo a la verdad y a la pereza intelectual. Mientras el modelo débil afirma que no es incompatible que exista un afuera y que no sea cognoscible fenoménicamente, el modelo fuerte niega todo acceso racional al afuera de la correlación. Porque —y he aquí una contradicción—, el afuera se presentará siempre como substancia, como un substrato subyacente, como quien mira al abismo y sospecha que este le devuelve la mirada.
Meillassoux toma entonces una polémica decisión: no retornar a la metafísica. Toda metafísica postula un ente necesario, y la agenda caótica del autor aborrece tal idea. Conviene, entonces, una salida hacia el Gran Afuera desde los límites de la correlación. El modelo fuerte se parapeta en dos principios: el de la correlación y el de la facticidad, siendo este último el único franqueable.
Aquello que parece una sinrazón se considera ahora una victoria del modelo fuerte, puesto que, si la otredad de lo correlacional es absolutamente irracional, todo es posible, principalmente la temporalidad e historicidad del mundo actual; mundo que se erige, a partir de ahora, en una entidad inestable, asediada y devorable por indecibles otros que contemplan tanto la aniquilación como el nacimiento de Dios. Meillassoux nos presenta su Principio de Factualidad, que se resume así: lo único necesario es la contingencia (Meillassoux, 2015, p. 119). Nótese que ni siquiera lo contingente, sino la contingencia como tal: un estado de cosas hipercaótico que abre la realidad al multiverso de lo posible, en donde leyes y principios solo poseen una estabilidad temporal.
Un detalle central para el autor es el método. De raigambre cartesiana, propone un acceso matemático al hipercaos que se divide en dos niveles: caos primigenio, insondable, y caos secundario, matematizable. Su fundación, por supuesto, es el polémico archifósil. Le interesa al autor no tanto las duras condiciones del carbonífero —no busca investigar si aquellas escolopendras gigantes tenían o no filosofía—, sino que la descomposición regular del isótopo carbono-14 nos indica con cierta exactitud las vicisitudes vitales de dichos insectos. Ello es justamente esta matemática que penetra al caos de una manera secundaria y contingente, puesto que dicha realidad, aclara, no es matemáticamente pitagórica, sino cartesiana: no atañe a entes, sino a fenómenos. De ahí la fascinación con la axiomática Zermelo–Fraenkel y la posibilidad de infinitos que habiten mayores infinitos.
Ahora bien, esto no resume ni por asomo el capítulo dedicado a la facticidad. Capítulo que, siendo central en el texto, se sumerge en profundos análisis sobre la no contradicción y las posiciones filosóficas en disputa. Pero conduzcamos nuestro pensamiento, temporalmente, a otro asunto. Siguiendo los modelos correlacionales, la cosa en sí es, en esencia, un misterio. Cuenta el viejo Engels que la urea constituía para los químicos decimonónicos una auténtica cosa en sí. Refinada de la orina, tenía numerosas aplicaciones, pero solo podía obtenerse de esa forma, como el más sublime icor destilado de los dioses. Cuando, en 1828, Friedrich Wöhler produce urea a partir de simples materiales inorgánicos, se desgarra un velo irreparable para el kantismo: aquello que era cosa en sí se convierte en cosa en nosotros. Resulta, entonces, que un método científico ha logrado en el laboratorio lo que el correlacionismo considera imposible: un acceso totalmente racional al noúmeno. Ello nos obliga a repensar algunas cosas.
En el análisis meillassouxiano de la metafísica, empezamos a notar que se han colado ciertos prejuicios personales en la ecuación: la metafísica debe ser el villano en una obra de redención del correlacionismo fuerte. Ha ocurrido aquí que se toma como victoria aquello que no fue más que una condición de derrota. Kant, ante el problema de la causalidad planteado por Hume, reconoce que no puede haber una explicación científica satisfactoria de cómo las causas engendran efectos. Por ello, se repliega en el Espíritu, esperando nuevos avances científicos y nuevos tiempos. Aunque Schelling y Hegel le salen al paso, Occidente premia al kantismo porque, por primera vez, le permite algo hasta entonces imposible: la escisión entre ciencia y filosofía, entre verdad e interpretación. A partir de aquí, el filósofo puede parapetarse en su torre de marfil, sostenido por verdades mustias y retórica somnolienta, que alcanza su zénit con la posmodernidad y, por tanto, comienza su caída.
Intersubjetividad, consenso y verdad no son lo mismo. Para el kantismo, una verdad científica es tal porque es compartida por la comunidad de la especie. Pero la verdad científica es universal: las cosas caen por igual en una cabaña de la Selva Negra que en las áridas planicies de Marte. Si bien existe una independencia racional en los enunciados científicos, la ciencia como cuerpo no escapa a la ideología ni a la metafísica. Ello, en mi análisis, no es negativo per se. Propongo, si bien no invalidar, considerar un camino diferente al de Meillassoux: alabar su crítica al correlacionismo, pero retornar directamente a la metafísica. Propongo una metafísica experimental que postula un absoluto, un ente necesario: el absoluto de la gradual develación del absoluto en los métodos científicos de creciente complejidad. Un absoluto que aporta practicidad, que resuelve problemas concretos de primer orden.
Si la ciencia es metafísica, lo acepto como tal, y no hago concesiones al correlacionismo; no negocio con mercaderes de la acritud. Lo correlacional tiene pleno sentido dentro de su campo de acción. Su pecado original consiste en invadir el terreno científico para postular verdades apócrifas. Observo en Meillassoux una necesidad cortesana de aceptar el modelo fuerte, como si se tratara de un Juego de Tronos académico. De ahí que gran parte del texto sea una densa retórica para justificar la impía alianza que ha decidido aceptar.
Quizás todo se explique por un miedo natural a ser considerado socialista, palabra maldita que cierra puertas en las cortes europeas. La única justificación coherente al hipercaos es el Dios por venir. De ahí que el motivo del autor sea una política disfrazada de ontología factual. No contento con el mundo actual, predica un Dios por venir llamado a redimir los espectros irredentos del pasado. Nada más justifica un uso tan osado del conjuntismo cantoriano, que deja más preguntas que certezas.
Seamos orgullosamente metafísicos, si dicha metafísica resuelve problemas como ningún otro saber; si dicha metafísica es falseable y cada día presenta esquemas más fiables sobre el universo, la apuesta debe estar clara. Instauremos, por tanto, una metafísica de las ciencias que nos permita acceder al trono del Empíreo y decapitar la divinidad que allí se encuentre, para ocupar su puesto como especie.
Referencia:
Meillassoux, Q. (2015). Después de la finitud: Ensayo sobre la necesidad de la contingencia. Caja Negra.



