Antes de nada, va una cita de un ya viejo autor —más clásico que viejo, de acuerdo—, alguien en general sobradamente conocido por la gente que ha hecho cuando menos el Bachillerato, y que dice así: «Esta disposición a admirar, y casi a idolatrar, a los ricos y poderosos, y a despreciar o, como mínimo, ignorar a las personas pobres y de condición humilde es la principal y más extendida causa de corrupción de nuestros sentimientos morales». Esta frase tan piadosa, señores, no es de Proudhon, de Babeuf ni de Marx; es de Adam Smith, el considerado padre del liberalismo economicista moderno.
Los personajes de esta estupenda y ágil novelita tal vez no sepan quién fue el tal Smith, pero muchos minarquistas actuales de la piel de toro llevan media vida estudiándolo y luego nos vienen con que «el rico es rico por naturaleza» (Rodrigo Alonso, diputado de Vox en el Parlamento andaluz); o que el socialismo no es más que la conjura clerical-militar de los enemigos del comercio (Antonio Escohotado); o que los pobres lo son porque carecen de iniciativa y del coraje de arriesgar (pongamos que Isabel Díaz Ayuso en petit comité).
En cambio, Josito, Luciano y los demás sujetos de esta historia ascienden los 365 escalones de cada año de su fatigada existencia —para colmo, los bisiestos cae un día más— con la única convicción de que el medio social es del todo semejante a la ley de la selva, y de que el que trabaja, encima de desgraciado, es un idiota integral.
Aunque al principio pueda parecerlo, Javier Rico no ha escrito una «novela de género quinqui», ni tampoco lo que yo he llamado en alguna parte, refiriéndome a Joe Fante, una «novela lumpen», ni todavía menos, si cabe, un relato de pijos macarrilas a lo Historias del Kronen. Lo que ha hecho es nada menos que retratar, y también teorizar, una época —los ochenta—, una ciudad —Madrid— y un barrio —La Prospe—, a través de las atropelladas andanzas de un grupo de chicos que han venido al mundo con las cartas marcadas, pero que se lanzan a jugar a ver qué mano les reparte la vida.
El propio Javier, que cohabita con ellos, se permite interpolaciones líricas o simplemente lapidarias que recuerdan al comentario inapelable que realizaba el coro de las tragedias antiguas; solo que aquí el corifeo juzga, opina, se adelanta a la acción, pero también es respetuoso y compasivo (pese a Adam Smith, la compasión es una virtud anticapitalista de la que el capitalismo obtiene pingües réditos; como decía aquel, cuando el mercado no tiene compasión, la compasión tiene mercado…), como cuando mira discretamente para otro lado al narrar el nacimiento del amor de Luciano.
Además —y no sé si intencionadamente—, Javier cuenta su historia en presente, lo cual le aporta aún más viveza, una técnica que en los tiempos recientes únicamente he visto empleada, y con gran eficacia, en el célebre Hamnet, de Maggie O’Farrell. Antes, creo recordar que Raymond Chandler lo hacía también de vez en cuando, por no hablar, en siglos pretéritos, de René Descartes en Meditaciones metafísicas. Y es que narrar en tiempo verbal presente produce el efecto de lo que hoy denominamos streaming, esa cualidad que ya solo conservan algunos experimentos muy cutres de las redes sociales, los videojuegos online, los toros, el boxeo, un peep show y el fútbol. El streaming, en todos esos campos, tiene la gran ventaja de dar la sensación de estar contemplando la vida en directo, como si en cualquier momento fuese a venir una pareja de policías con aquello de «circulen, que aquí no hay nada que ver», lo que no es fácil de manejar, pero sí estupendo para la construcción de personajes, puesto que parece que van urdiendo sus planes delante del lector, como si ni siquiera ellos mismos se supieran su papel.
De hecho, Javier Rico Suardíaz no accede al interior de la cabeza de sus criaturas; las ve desde fuera, igual que todos nosotros, y las ve ajetreadas, sin parar de agitarse, como lagartijas suburbanas. No son, desde luego, de echar grandes discursos como el Maki y el Popeye del añorado Ivá; son más estilo Scarface, o como el tipo descrito por Joaquín Sabina en su ya olvidado temita Qué demasiao. Rico —bonito apellido, por cierto, pero tal vez algo inadecuado en esta ocasión…— añade también unos poemas de hondo aliento que recuerdan, por su ancha visión, a Walt Whitman, y que continúan el espíritu de su poemario de 2008 El resplandor.
Si tuviera yo que inventarme un adjetivo que fuese válido para recoger ese espíritu, presente tanto en su poesía como en su prosa, diría que Javier Rico ha acuñado el estilo propio de quien maneja unos prismáticos, porque es capaz de traer al lector, y en forma a menudo miniaturizada y nítida, lejanías, hasta el punto de hacer hablar también a Dios…
Javier Rico Suardíaz, en este Amar al hombre, es nuestro «escritor no autorizado», en el sentido en que lo empleaba, esta vez sí, un joven Karl Marx en la Nueva Gaceta Renana, concretamente en un texto de 1842 titulado Debates sobre la libertad de prensa.
Si un alemán lanza una ojeada hacia atrás sobre su historia, descubrirá que una de las causas principales de la lentitud de su desarrollo político, así como del estado miserable de la literatura antes de Lessing, incumbe a los escritores autorizados. Los eruditos profesionales, patentados, privilegiados, los doctores y otros pontífices, los escritores de universidad sin carácter de los siglos XVII y XVIII, con sus pelucas raídas y su pedantería distinguida y sus disertaciones microscópicas, se interpusieron entre el pueblo y el espíritu, entre la vida y la ciencia, entre la libertad y el hombre. Son los escritores no autorizados los que han creado nuestra literatura.





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