La clave del éxito no reside en tu performance, a menos que te apellides Abramović, por mucho que te sientes en una bañera de hielo, tu actuación no se presentará en el MoMA ni llenará tus bolsillos. En el liberalismo actual, algunas tendencias instrumentalizan la filosofía antigua para promover la idea de que la disposición mental, por sí sola, predispone a adquirir riqueza. La ideología —ese falso sistema de valores que busca domesticar nuestros impulsos revolucionarios— suele congeniar perfectamente con cualquier ética que defienda el individualismo y el aislamiento del mundo.
Entender cómo se instrumentalizan ideológicamente las filosofías antiguas requiere, antes que nada, una aclaración: no se trata aquí de juzgar esas filosofías. Se trata, más bien, de trazar el camino —histórico y conceptual— de su vulgarización hasta desembocar en los célebres diez mandamientos (o algo así) del estoicismo moderno.
El estoicismo se convierte así en un fenómeno psicológico que podría describirse, a grandes rasgos, como:
«Claro que eres un ganador, al igual que los músculos, las finanzas también crecen. Lo que necesitas es una filosofía que dé legitimidad a tu éxito ¡Aquí llega el estoicismo! Construye tu templo interior, las emociones las dominas tú, no el mundo exterior. Así que sé frío, sé estoico; los machos alfa y los multimillonarios que llegaron solos a la cima siguen este precepto: el éxito está a la vuelta de la esquina…»
Estoicismo: el trend del momento
Como pasa en nuestra propia época, el estoicismo nació en una era de imperios en decadencia. Alejandro Magno había extendido el mundo conocido hasta los confines de la India, pero su muerte desmembró el imperio en reinos sucesores que se enfrentaban entre sí. Aquello era un panorama de muerte y desolación, las grandes teorías metafísicas de Atenas, tan impresionantes, no servían para hacer frente a la incertidumbre y la pérdida. En ese vacío brotaron las filosofías helenísticas, ofreciendo consuelo a un mundo griego que se desmoronaba.
Las tres escuelas helenísticas compartían, con matices, la búsqueda de la ataraxia —esa calma impasible tan necesaria para sobrevivir a la guerra y la inestabilidad. Entre ellas, el estoicismo destacó por su eficacia a la hora de enfrentar esas condiciones.
Entre las grandes escuelas helenísticas —epicureísmo, escepticismo y cinismo—, solo el estoicismo anclaba sus principios éticos en una base ontológica robusta. Porque si bien el pensamiento griego siempre ha estado profundamente impregnado de ética, era la estructura estoica —física, lógica y ética como un todo orgánico— la que brindaba un marco más realista, sistemático y argumentativo para la deliberación moral que el de sus rivales. Sumado a su capacidad para consolar tanto a humildes como a poderosos, no es casual que el estoicismo se convirtiera en uno de los cimientos filosóficos del cristianismo.
Estos pilares sostienen esta adaptabilidad estoica: la prohairesis (solo nuestros juicios morales nos pertenecen); la oikeiosis (el reconocimiento de lo propio que va del instinto de autoconservación al cosmopolitismo); y el amor fati nietzscheano (la aceptación racional del destino). Todos ellos principios que pueden ser vividos tanto por el campesino más humilde como por el emperador más poderoso. Al ser de naturaleza eminentemente fenomenológica, pueden configurar un múltiple imago mundi sin perder coherencia filosófica.
Como se indicó anteriormente, no nos ocupa aquí el estoicismo histórico sino su deformación ideológica contemporánea. Porque, aunque hay especialistas serios que cultivan la tradición estoica, la popularidad actual del estoicismo se debe sobre todo a autores como Ryan Holiday, que lo han transformado en un producto más de autoayuda —un opioide más del mundo contemporáneo. Sin embargo, la verdadera deformación radical es lo que podría denominarse el estoicismo de Silicon Valley: Aquí la doctrina antigua se reconfigura como herramienta de productividad y resiliencia mental útil para para el liderazgo de alto rendimiento en Silicon Valley.
No eres un estoico
El estoicismo se ha convertido en una herramienta para el éxito. Dentro de esta tendencia, la riqueza y el ascenso social supuestamente se conquistan con la mente, ser estoico equivale a esforzarse hasta hacerse rico; ser multimillonario es ser disciplinado, enfocado, tener el cuerpo esculpido —y, cómo no, someterse a baños de hielo. Se nos invita a sumergirnos en el «aesthetic» de Sydney Sweeney, a deleitarnos en esa superioridad «jeanética» que se atribuye a los multimillonarios del mundo. Pero, desmontados los mitos, el verdadero camino hacia la fortuna suele estar pavimentado de problemas sistematizados: cinismo, falta de escrúpulos, evasión fiscal y prácticas abiertamente delictivas.
Hay, entonces, una estructura ideológica bien definida operando aquí, Karl Marx hablaba de la ideología como «falsa conciencia»: una versión deformada de la realidad, articulada con coherencia lógica, que genera su propia moral y su propio derecho. El estoicismo, al igual que tantas otras tradiciones filosóficas, ha terminado siendo absorbido por la ideología liberal moderna. Los autoproclamados «diez principios del estoicismo» (a veces nueve, a veces menos) son una reinterpretación contemporánea de las «diez propiedades naturales» que encontramos en las Meditaciones de Marco Aurelio. Una versión que apesta a capitalismo; porque, pese a los cambios superficiales, estos supuestos principios consagran un profundo individualismo: aíslan al sujeto y, al hacerlo, facilitan su domesticación por el capital.
La dicotomía del control
El principio central del estoicismo contemporáneo es la distinción entre lo que «depende de nosotros» y lo que no. Podemos controlar lo interno —opiniones, intenciones, deseos. La ataraxia se alcanza al reconocer la imposibilidad de controlar lo externo: el cuerpo, la reputación, las posesiones y las acciones ajenas.
Esta distinción proporciona a la ideología capitalista un punto de partida: la mutilación de toda praxis transformadora. La desigualdad se vuelve el orden natural de las cosas —algo que se sobrelleva, no que se combate. La explotación laboral y la injusta repartición de la riqueza se nos presentan como la disposición natural del mundo y, entonces, llega el amor fati: ama tu destino, asúmelo.
Un ser primado de virtudes
A primera vista, este principio parece inofensivo, pero la virtud puede ser Moralität o Sittlichkeit —moral subjetiva o vida ética. Hegel ya advirtió que el dictamen kantiano, puramente interior, no basta. Lo bueno solo se realiza en el consenso de la comunidad y la comunidad es el mundo.
De aquí emergen dos posibles desviaciones ideológicas: La primera consiste en una moral subjetiva que pisotea los derechos ajenos —camino que suelen tomar los pseudoestoicos millonarios. La segunda: la versión colectivista que degrada la vida ética a Volksgeist, confundiendo la ética universal con los intereses particulares de una nación.
Vivir en conformidad con la naturaleza
A primera vista, alinear la razón individual con la razón universal parece admirable, sin embargo, al fijarse bien, esta aceptación del mundo a menudo equivale a renunciar a la praxis. Es posible ser fiel a la naturaleza social sin doblegarse ante la injusticia distributiva. El problema fundamental del Estoicismo reside en que trata los factores socioeconómicos como variables externas, al hacerlo, legitima como natural la explotación de las clases dominadas —y la perpetúa.
La disciplina del asentimiento
Los eventos, en sí mismos, no nos alteran, lo que hacemos es detener la impresión mental un instante, sopesar su verdad o falsedad. Si tu casero te desaloja, según la doctrina eso no justifica emoción irracional alguna. Te congelas en la Nueva York infestada de ratas, pero mantienes la calma. ¡Bien por ti!
La categorización de “los indiferentes”
Para el estoicismo clásico, solo hay un fin que merezca ser perseguido por sí mismo: la virtud. El estoicismo antiguo, a diferencia del capitalismo, no hace de la riqueza un fin central. En su lugar, introduce la categoría de los «indiferentes»: estados no necesarios para la felicidad (en este caso la ataraxia). Aunque los indiferentes no son ni buenos ni malos en sí mismos, algunos son preferibles —como la salud y la riqueza— mientras que otros son rechazables, como la enfermedad y la pobreza.
Los estoicos contemporáneos, por supuesto, discrepan en este punto. Puesto en práctica, la riqueza acaba siendo el objetivo y la disciplina (la ataraxia de toda la vida) un simple medio, Algunos académicos —e incluso algunos estoicos de moda— reconocen en el estoicismo de Silicon Valley una clara violación de la doctrina de los indiferentes.
Amor Fati (Amor al destino)
Lo que finalmente queda, más allá de una mezcla burda de conceptos y tradiciones filosóficas, es una simple consigna: convierte cada tropiezo en aprendizaje. Un tropiezo solo tiene valor si desemboca en acción; la contemplación, por sí sola, no sirve.
Premeditatio Malorum (Premeditación de los males)
Se supone que contemplar el peor escenario nos prepara para resultados adversos, sin embargo, una vez más, esa contemplación debe suscitar praxis, no quedarse en el nivel de la reflexión pasiva. Y, sobre todo, debería llevarnos a preguntar: ¿de dónde viene la desigualdad que hace posible este tropiezo? ¿Se combate individualmente, o hace falta intervención colectiva?
Memento mori (Recordatorio de nuestra mortalidad)
Sabernos mortales debería orientarnos hacia la gratitud por el momento presente —porque qué buen momento para estar vivo
La cláusula de reserva
Nuestras acciones —sobre todo aquellas prácticas sociales dirigidas a erradicar la desigualdad— deben realizarse solo «si el destino lo permite» o «si Dios quiere». Este principio anestesia los resultados de antemano, desplazando la responsabilidad hacia una estructura ideológica y falsa que, en realidad, siempre está sujeta a cambio.
Cosmopolitismo
Finalmente, es imposible encontrar siquiera un rastro de cosmopolitismo en una tendencia cuyos principios son radicalmente individualistas, casi autistas en su relación con el mundo.
Como podemos ver, ser un estoico contemporáneo es ser un idiota —etimológicamente hablando. Un idiōtēs es quien se ocupa únicamente de sus asuntos privados, olvidando los intereses de la polis griega. El pseudoestoicismo no es otra cosa que el individualismo capitalista disfrazado de sabiduría filosófica.
Abandona la Stoa, y aventúrate en el Ágora
La stoa era una especie de pórtico griego que o bien daba acceso al ágora, o bien estaba situada dentro de ella —pero nunca era el ágora misma. Esta distinción topológica y metafórica es crucial para entender lo que está en juego: La stoa designa la actitud interna, la disposición que necesitamos para pisar el ágora —el espacio de lo común, de lo político. Y aunque el ágora estuviera rodeada de stoas, ninguna stoa podía pretender ser el ágora.
El ser humano es, por naturaleza, social. La presencia del otro, las reglas que compartimos, el pacto que nos une: nada de eso estorba nuestra realización individual; al contrario: son el suelo mismo en el que podemos florecer.
La desigualdad, entonces, solo se combate colectivamente. Porque el individuo, solo, es presa fácil de la ideología, enfrentarse al Leviatán en solitario es invitar a la derrota —ya sea negando que necesitamos de otros o escondiéndose como un niño en la stoa interior. El ascenso social no existe, no, tú no serás multimillonario: te falta el instinto criminal que eso requiere. Los datos lo confirman: la mayoría de los multimillonarios menores de 30 años han heredado su riqueza; los artistas y deportistas son la excepción que confirma la regla, porque el talento, por sí solo, no da la riqueza.
Ideológicamente, se te hace creer que puedes ser rico por tres razones principales: Primero, para que aceptes a los multimillonarios y la desigualdad como algo natural y hasta deseable; segundo, para que consumas sin parar, persiguiendo un estatus y tercera, para dirigir el resentimiento hacia abajo —inmigrantes, desempleados, trabajadores pobres—, los chivos expiatorios clásicos de las crisis económicas.
Así, la desigualdad solo se combate colectivamente y el individuo aislado es el mejor aliado de la cultura capitalista. El estoicismo, como muchas otras tradiciones filosóficas, es un fascinante objeto de estudio histórico —pero no es, ni debería ser, una herramienta para el éxito económico contemporáneo. Por eso: menos gimnasio, menos devoción servil al capital, menos «mindfulness y resiliencia»— y más conciencia social y lucha de clases. Un ser humano solo puede prosperar cuando está en relación con los demás, porque ser un «buen estoico contemporáneo» es hacer flexiones en casa mientras la casa del vecino es allanada por la ICE.




