Globo terraqueo, sección Europa

Nietzsche y la reivindicación del espacio común en Europa 

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Recuerdo un curso semestral que impartió el gran filósofo español Julián Marías en los bajos de un enorme edificio —propiedad de un portentoso banco— en el complejo Azca de Madrid. Pequeño de estatura pero muy hondo en sus reflexiones, se caracterizaba por una melódica voz, tan delicada como precisa a la hora de diseccionar los problemas de la vida cotidiana desde la filosofía. A este intelectual se le debe también un necesario reconocimiento por su integridad, ya que ha sido ninguneado por los unos y por los otros en sus diferentes épocas. 

Más de una vez comentó al público asistente que habría que repensar el denominar «filósofo» a Nietzsche. Si uno de los requisitos para serlo es que no solamente se lancen ideas, sino que se argumente sobre ellas, Nietzsche —en la mayoría de sus textos— no lo hace. Por ello, concluía Julián Marías, debería ser considerado más como un brillante escritor que un genial maestro de la filosofía. 

Nietzsche es uno de los grandes pensadores y de los grandes estigmatizados. Su transgresor pensamiento, junto a una ágil, florida y llamativa prosa, llena de metáforas y nula en definiciones sistemáticas, ha llevado a que se le interprete desde las más dispares y contrapuestas esquinas ideológicas. Sin embargo, queramos o no, los habitantes del siglo xx y de este ya avanzado siglo xxi estamos marcados por su pensamiento.  

Como le describió su más que amiga Lou Salomé, era de trato afable y de conversación siempre interesante y amena, pero su doctrina filosófica le erigió como el martillo de la cultura occidental. De los tranquilos y relajantes lieder1 que nacieron de sus manos al piano —pues también creó composiciones musicales— no se consigue intuir el poder destructor de su pensamiento. «Yo soy dinamita», llegó a decir de sí mismo. Y lo fue… ¡y lo sigue siendo, por suerte para todos!  

Tras el bigote más poblado y prominente de la historia de la filosofía, presidido por una mirada profunda, se encuentra quien fue capaz de gritar la liberación del hombre de todo monoteísmo y encadenamiento. Mirada desde la que consiguió detectar esa incontrolable fuerza irracional, creadora de toda la realidad, a la que denominó voluntad de poder. Mirada con la que osó enfrentarse, cara a cara a él, al monstruo más poderoso y cruel existente, del que procede toda la realidad (incluido nosotros): capaz de crear y destruir lo creado; y volver a construir desde nuevos enfoques, siempre ilimitadamente y sin diseños previos, siguiendo su propio antojo. Mirada que, por desvelar ese doloroso misterio oculto que explica el origen de todo; por desentrañar a la fiera bestia de la que todo procede, imposible de encasillar, domar o controlar; fue condenada a convertirse en cada vez más penetrante. Hasta transformarse en huidiza e introspectiva ya en sus últimos años, cuando su cabeza no le regía y malvivía ensimismado. 

Ejerzamos esa imperiosa libertad creadora que nos alienta como representaciones de la vida, de la voluntad de poder…

De ahí, una de las características que más me gusta resaltar de toda su obra: Nietzsche es el filósofo de la libertad. Sé que este calificativo puede sorprender. Pero quien no haya entendido esta idea que palpita en toda su obra, sin duda, aún no ha comprendido su gran aportación y sigue malinterpretándole aún a día de hoy. 

La voluntad de poder, que Nietzsche erige como el concepto nuclear de su pensamiento, no es lo que creyeron entender los nazis y filonazis precursores del estado criminal hitleriano. Ni lo que creen los herederos y hoy seguidores de esa asesina ideología. Sufrimos en Europa una floreciente primavera para estos grupúsculos defensores del racismo, la intolerancia, el totalitarismo uniformador y la construcción de altos muros y fronteras (infranqueables, para evitar a sus odiados inmigrantes). Triste primavera la europea, que viene acompañada de una estruendosa tormenta, con cientos de rayos que queman siembras y aterrorizan a los moradores. Con lluvias torrenciales que arrasan las construcciones solidarias cimentadas en la defensa de los derechos de todos. Cielos negros, oscuros, donde se difumina el esperanzador horizonte del mañana, para enclaustrar a Europa en los fríos límites que impone la intolerancia, la intransigencia, el fanatismo, el odio y la incomprensión.     

Justamente, el pensamiento de Nietzsche es contrario a esta ideología. Es liberador, libertador, y grita el empoderamiento de cada persona ante la realidad que le toca vivir. ¿Por qué? Porque todos somos la expresión de esa voluntad de poder, porque todos portamos las semillas, los caracteres —los cromosomas, diríamos hoy— de ese monstruo irracional del que procede cualquier manifestación de la vida, y que la fulmina y diseña nuevamente y de forma constante a su antojo. 

Ejerzamos esa imperiosa libertad creadora que nos alienta como representaciones de la vida, de la voluntad de poder, y lancémonos a armar y a defender un marco de valores que respeten ese poder creador también en los demás. Para eso, debemos construir intersecciones de convivencia entre los más dispares individuos que conformamos la Unión Europea, que queda expuesta a ser copada por ideologías que odian al otro, al diferente, y pretenden hacerle desaparecer. También, debemos aceptar las más diversas formas de comprender la realidad que llamen a nuestras puertas, para encontrar esa nueva síntesis creadora que nos convierta en una Europa renovada. Siempre crisol de costumbres, de culturas y de ideas. 

Europa, desde sus orígenes, se ha caracterizado por ser una tierra de valores morales más que utilitarios o prácticos: como esos, propios de los vientos del «oeste», que hoy zarandean el mundo. En tanto que europeo, exijo la intolerancia contra los intolerantes que pretenden ralentizar su avance en el incremento de una variada riqueza cultural siempre necesaria. En tanto que europeo, reivindico la lucha por ampliar esos espacios comunes en los que, junto a los otros, creamos el nosotros que cada uno somos, ejerciendo así como expresiones concretas e individuales de la voluntad de poder que Nietzsche reivindicó, creadora siempre de valores humanos. 


Notas

  1. Composiciones musicales propias del romanticismo alemán, donde una voz acompañada del piano recita un poema o un texto poético. ↩︎

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