Martin Heidegger y el trasfondo del capitalismo

julio 29, 2025
Árbol sin hojas en una colina nevada con un cielo nublado de fondo en blanco y negro
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Existe una conexión profunda, y no sé si inadvertida, entre la conciencia de la muerte (y por tanto de la contingencia del sentido: Sinn) en Ser y tiempo y la crítica a la metafísica de la presencia con la que arranca Martin Heidegger su estudio. Visto desde ese primer Heidegger, puesto que luego matizaría mucho sus críticas -hasta dejar completamente de serlo-, Parménides habría considerado el presente como presencia eterna para o debido a (eso no se puede saber, ni hay por qué considerarlo psicológicamente) arrojar a la muerte al inmundo saco de las falacias lógicas. La muerte no-es, así de fácil, porque el no-ser no-es, ya se sabe, lo que, por cierto, parece una evidencia en vez de lo que realmente: una redundancia o una tautología. Pero es que lo mismo encontramos en Agustín García Calvo, hace como quién dice dos días, mutatis mutandi, que por algo proviene de la seca vertiente Miguel de Unamuno en vez de la rama florida José Ortega y Gasset, aquí en nuestros predios. Unamuno sabía que la muerte era real, y por eso creía que únicamente podía ser anulada en términos de súplica a un Dios improbable; Ortega, haciendo un uso superficial de Ser y tiempo, afirmaba que la muerte no cabe en los parámetros de la vida, como el nacimiento, de tal manera que si tiene lugar, será en cualquier caso desde el exterior de los límites de la vida, la realidad ontológicamente primera. Es decir, que, siguiendo a Tomás o a Leibniz, y no a Heidegger, o bien no hay muerte -Leibniz-, o bien la muerte es aniquilación venida de fuera de mano de un Dios malvado o castigador -Tomás-. Pero hay que fijarse bien, porque si resulta que la muerte es (y esa cuestión no se dirime en el plano empírico) entonces no queda otra que decretar la destrucción (Destruktion, escribe Heidegger, no andándose con paños calientes) de la Metafísica como preámbulo a Ser y tiempo. El famoso «olvido del ser» sería también olvido de la muerte, que quedó desde el origen parmenídeo o bien no pensada, o bien no integrada filosóficamente -expulsada, en cualquier caso, del régimen del pensamiento metafísico, condenada categóricamente, lo cual tiene gracia, si se mira bien: primero la menciono para justo a continuación decir que eso mencionado es absurdo, que mi mención no tenía sentido, que el bebé ha nacido, pero como ha nacido muerto es como si no hubiera nacido jamás[1].

No hay que olvidar que Heiddeger había leído a Rainer María Rilke, que desde el cambio de siglo es el único autor que yo sepa -y sin duda el mejor- que afirma la realidad de la muerte en tanto muerte, desde El libro de Horas y Los cuadernos de Malte Laurids Brigge en adelante. Lo sabemos porque en el artículo ¿Y para qué poetas en tiempos de miseria?, sito en Holzwege, Heidegger se explaya sobre Rilke y deja a Hölderlin provisionalmente a un lado. Y sabemos también que antes de escribir Ser y tiempo Heidegger había quedado hondamente impresionado y conmocionado por La muerte de Iván Ilich de Lev Tolstói. La idea es la misma, tal como yo lo veo. La metafísica occidental consiste en haberse apercibido de que, si en este mismo instante estoy siendo (ya sabéis en qué pelmazo francés se remacha esto, pero ahora en beneficio del sujeto humano que se sitúa y se sobrepone a la naturaleza), y están siendo también las estrellas, por ejemplo, entonces esa actualidad no tiene fin, ya que el ser es la forma misma de la actualidad pura, porque el tiempo en todo caso no es más que un despliegue de la presencia[2]. Al margen de la Lichtung heideggeriana, el razonamiento, a mi juicio, funcionaría así: sólo el presente de la presencia, así como la presencia del presente, son reales, puesto que si hubiese algo más capaz de suspender o abolir esa presencia ese factor o instancia tendría que estar presente igualmente para ejecutar su cometido, de manera que corroboraría la tesis ontológica misma al quedar envuelta en ella, y su designio no podría cumplirse jamás. De ahí el celebérrimo volatín de Epicuro sobre la absoluta separación entre vida y muerte, y de ahí también, creo yo, que nunca haya conseguido consolar a nadie…

Sin embargo, Aristóteles no lo entendió exactamente así, por eso Heidegger dedicó tantos cursos universitarios a Aristóteles. Tan real es, para Aristóteles, el acto como la potencia, es decir, el acto se manifiesta ante los ojos (Vorhände, en la terminología de Ser y tiempo), pero no menos que la potencia, y como insiste Heidegger en Ser y tiempo, la muerte no es una posibilidad más, es la más segura de todas ellas, o, con otras palabras: la posibilidad del Dasein más presente es su ausencia, valga el retruécano, al tiempo que es la que moviliza a todas las demás -incontables, por cierto, puesto que no es posible hoy apropiarse de las que vayan a insinuarse o realizarse en el futuro.

En resumidas cuentas, todo aquel filósofo o literato que quiera hacer de la muerte un pasaje hacia otra cosa no la piensa a fondo, como sí la han pensado a fondo —o, cuando menos, merodeado muy seriamente— Rilke y Tolstói. Y como no la piensa, porque se aferra a que el ser es empírico y el no-ser, hipotético, tampoco piensa el nihilismo. Y como no piensa ni por encima el nihilismo, tampoco piensa la entraña más sensible del capitalismo, que es algo así como haberse dado cuenta de que, efectivamente, la muerte es; pero interpretar eso negativamente, como desgracia insoslayable y, por tanto, como tiempo de descuento en que se debe acumular todo lo que se pueda para poder despilfarrar todo lo que sea posible a la vez.

Es decir, ya que con toda certeza voy a morir, me follo sin contemplaciones a las pobres niñas de Brian Epstein. Es lo que yo llamaría «ontología del impacto», o, de eso, lo que hoy llamamos «hype». Así consume su último cartucho el capitalismo, que no es más que el otro nombre mundano de la metafísica consumada: idolatría del hype, porque sólo el hype es real, presente absoluto; antes y después del hype no tenemos más que la nada comprendida como espanto, y el pasado y el futuro como retretes en que lo real tira de la cadena y todo desaparece por el puñetero desagüe. Acoger la muerte de otro modo es acoger el pasado y el futuro de otro modo, sin mentiras pero también sin desesperaciones, reales o cosméticas (ejemplo supremo de estas en nuestro Quevedo, el Brian Epstein del estoicismo, con perdón):

Ya no es ayer, mañana no ha llegado,
hoy pasa y es, y fue, con movimiento
que a la muerte me lleva despeñado.
)

De ahí que, en fin, este presunto «existencialismo» de Heidegger sea algo filosóficamente distinto, desde luego, y mucho más radical ontológicamente que el humanismo que predicó desde su púlpito periodístico Jean-Paul Sartre, como él mismo se encargó de subrayar. Los verdaderos existencialistas, como los milmillonarios o Francisco de Quevedo, están siempre jodidamente nerviosos, porque, con lo listos o afortunados que son, se van a morir igual, como la chusma. El pensamiento posmetafísico, y por tanto poscapitalista, debiera comenzar con aquel título de Heidegger a un texto suyo posterior a la guerra —todavía bastante nazi, después de todo—: Gelassenheit, o sea: Serenidad


Notas

[1] Más todavía: uno se sospecha que todo el razonamiento está del revés, y que si Parménides llega a la conclusión de que el ser es, claramente esa no es una posición inicial positiva, sin que se deriva de la verdadera posición inicial negativa de que el no-ser no es. Yo sé que Cecilia, un suponer, es la mujer de mi vida porque decididamente todas las demás no lo son… https://hyperbole.es/2019/06/vattimo-ahora-nihilista/

[2] Y debo reconocer, con pesar, que Heiddeger tiene razón cuando hace notar que este planteamiento no es distinto en el pensamiento de Henri Bergson. La Duración se acumula y es creativa, pero subsiste en el instante.

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