Construir una morada estable para el pensamiento: las reglas kantianas para el pensamiento virtuoso

noviembre 10, 2025

¿Qué hace virtuosa a una vida? La respuesta podría parecer simple: las acciones virtuosas, acciones alineadas con la moral.

Pero la vida es más que el hacer. Frecuentemente, nos limitamos solo a pensar. Observamos y miramos, meditamos y contemplamos. La vida a menudo se desarrolla en nuestras cabezas.

Como filósofo, me especializo en el pensador de la Ilustración Immanuel Kant, quien tuvo volúmenes enteros –literalmente– de cosas para decir sobre las acciones virtuosas. Lo que yo encuentro fascinante, sin embargo, es que Kant también creía que la gente puede pensar virtuosamente, y debería hacerlo.

Él identificó tres simples reglas para llevar esto a cabo, las cuales enlistó y explicó en su libro de 1790, Crítica del Juicio, a saber: «Piensa por ti mismo». Piensa poniéndote en el lugar de los demás. Y, por último, piensa en armonía contigo mismo.

De seguirlas, él pensaba que se podría dar como resultado un sensus communis (sentido común), que mejoraría el entendimiento mutuo ayudando a las personas a apreciar cómo sus ideas se relacionan con las ideas de otros.

Dado nuestro mundo actual, con su cultura de la posverdad y sus aisladas cámaras de eco, considero que las lecciones de Kant sobre el pensar virtuoso ofrecen herramientas importantes para la actualidad.

Regla 1: Piensa por ti mismo

El acto de pensar puede ser tanto activo como pasivo. Podemos escoger hacia dónde dirigir nuestra atención y usar la razón para resolver problemas o considerar por qué las cosas ocurren. Aun así, no podemos controlar por completo el flujo de nuestra conciencia: sentimientos e ideas emergen por influencias ajenas a nuestro control.

Un tipo de pensamiento pasivo es permitir que otros piensen por nosotros. Tal pensamiento pasivo, opinaba Kant, no es bueno para nadie. Cuando aceptamos el argumento de alguien más sin pensarlo dos veces, es como entregarle el volante a esa persona para que piense por nosotros. Pero los pensamientos se encuentran en la base de quiénes somos y de lo que hacemos, por ende, deberíamos cuidarnos de renunciar al control.

Kant tenía un término para nombrar aquel acto de ceder el volante: «heteronimia», o entregarle la libertad propia a otra autoridad.

Para él, la virtud dependía de lo contrario: la «autonomía», o la habilidad de determinar nuestros propios principios de acción.

Este mismo principio aplica para el pensamiento, escribió Kant. Tenemos la obligación de responsabilizarnos por nuestro propio pensamiento y de examinar su validez y solidez en general.

En la época de Kant, él se preocupaba especialmente por la superstición, ya que esta provee de respuestas consoladoras –y demasiado simplificadas– a los problemas de la vida.

Hoy en día la superstición continúa muy extendida, pero ahora proliferan muchas formas nuevas y perniciosas de intentos por controlar el pensamiento, gracias a la inteligencia artificial generativa y la cantidad de tiempo que pasamos en línea. El auge de las deepfakes, el uso de ChatGPT para trabajos creativos, y los ecosistemas de información que excluyen puntos de vista contrarios, son solo algunos ejemplos.

La Regla 1 de Kant nos dice que abordemos los contenidos y opiniones con cautela. El escepticismo sano funciona como un amortiguador y deja espacio para la reflexión. En resumen, el pensamiento activo o autónomo protege a las personas de aquellos que buscan pensar por ellos.

Regla 2: Piensa poniéndote en el lugar de los demás

El orgullo a menudo nos tienta para que creamos que lo tenemos todo descifrado.

La Regla 2 pone a ese orgullo en jaque. Kant recomienda lo que los filósofos llaman «humildad epistémica», o humildad con respecto a nuestro propio conocimiento.

Salirnos de nuestras propias creencias no se trata solamente de abrirnos a perspectivas nuevas: es también la base fundamental de la ciencia, la cual busca acuerdos mutuos sobre lo que es y lo que no es verdadero.

Supón que te encuentras en una reunión donde está formándose un consenso. Hay un quórum y personalidades fuertes se muestran a favor de este, pero tú aún te encuentras dudoso.

En esta situación, la Regla 2 no recomienda que tú adoptes el punto de vista de los demás. De hecho, hace todo lo contrario. Si simplemente aceptas la conclusión del grupo sin pensarlo más a profundidad, estarías rompiendo la Regla 1: piensa por ti mismo.

Por el contrario, la Regla 2 prescribe que temporalmente te separes a ti mismo inclusive de tu propia manera de pensar, especialmente de tus propios prejuicios. Es una oportunidad para pensar poniéndose en el lugar de los demás. ¿Qué haría un pensador justo y juicioso en esta situación?

Kant creía que, si bien puede ser difícil, es posible alcanzar un punto de vista en el cual los prejuicios prácticamente desaparezcan. Tal vez notemos cosas que antes no advertimos. Pero esto requiere apreciar nuestras propias limitaciones y buscar una perspectiva más amplia y universal.

De nuevo, la noción de Kant sobre la virtud depende de la autonomía, así que la Regla 2 no se trata de dejar que los demás piensen por nosotros. Para ser responsables de cómo le damos forma al mundo, debemos asumir la responsabilidad de nuestro propio pensamiento, ya que todo fluye desde ahí.

Pero se enfatiza la parte «comunal» del sensus communis, recordándonos que tiene que ser posible compartir lo que es verdadero.

Regla 3: Piensa en armonía contigo mismo

La regla final, mantenía Kant, es tanto la más difícil como la más profunda. Él decía que era la tarea de volverse einstimmig, literalmente «unánimes» con nosotros mismos. También utilizaba un término relacionado, konsequent –consecuente– para expresar la misma idea.

Para aclararlo, una metáfora que usaba Kant podría ser de ayuda: a saber, la carpintería.

Construir un edificio es algo complejo. El plano debe ser sólido, los materiales de construcción deben ser de alta calidad, y la destreza artesanal es de suma importancia. Si los clavos son martillados descuidadamente, o no se siguen los pasos en orden, entonces el edificio podría derrumbarse.

La Regla 3 nos dice que construyamos nuestra morada para el pensamiento con el mismo cuidado que tendríamos para construir una casa, de tal manera que pueda lograrse una estabilidad entre las partes. Cada pensamiento, creencia e intención es un bloque de hormigón. Para estar einstimmig o bündig –para estar en «armonía»–, estos bloques de hormigón deben encajar bien y apoyarse entre sí.

Imagina a un colega que, en tu opinión, tiene un gusto impecable. Tu confías en sus opiniones. Pero, un día, él te comparte su obsesión secreta por el death metal, un género musical que a ti te desagrada.

De esto podría resultar una desarmonía de pensamiento. Tu reacción a su amor por el death metal revela otra creencia más: tu creencia en que solo las personas con el gusto perturbado podrían amar lo que tú percibes como tan irritante para el espíritu. Sin embargo, por fuera de eso, él parece una persona muy considerada y agradable.

En vez de cambiar inmediatamente tu opinión sobre él, lo que la tercera regla de Kant te ordena hacer es investigar con mayor profundidad al mundo y a tus propios pensamientos. Tal vez tú nunca hayas escuchado death metal con un ánimo perceptivo. Quizás tus creencias originales con respecto a tu colega eran erróneas. ¿O podría ser que tener buen gusto sea algo más complejo de lo que originalmente pensabas?

La Regla 3 nos lleva a hacer una revisión sistémica de nuestra arquitectura mental, así sea que estemos teniendo en consideración a la música, la política, la moral o la religión. Y si esa arquitectura es estable, Kant cree que a esto le seguirán recompensas.

Claro que la armonía es satisfactoria, pero eso no lo es todo. Un sistema de pensamiento robusto puede equiparnos para pensar de manera más integral y creativa. Por ejemplo, el conocimiento sobre la psicología humana habilitaría nuevas formas de pensar sobre la moralidad, y viceversa.

Pero, en última instancia, Kant encontraba importante a la armonía porque ella contribuye a la construcción de una «cosmovisión» coherente. El idioma inglés adquirió esa palabra (worldview) de la traducción de la palabra alemana Weltanschauung, que fue acuñada por Kant y que ha sido un enfoque dentro de mi propio trabajo. En su forma más básica, una cosmovisión armoniosa nos permite sentirnos más familiarizados con el mundo: llegamos a tener una idea de cómo todo se articula entre sí, y todo lo vemos imbuido de significado.

Cómo pensamos finalmente determina cómo vivimos. Si tenemos una morada estable para nuestro pensamiento, podemos trasladar esa estabilidad a todo lo que hacemos y así tener algo de refugio frente a las tormentas de la vida.

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