La Teología y Filosofía de la Liberación deben retoñar

febrero 3, 2026

Sin Gustavo Gutiérrez O.P., Enrique Dussel, Franz Hinkelammert, Ignacio Ellacuría, Juan Luis Segundo, Jon Sobrino, Pedro Casaldáliga o Mons. Romero—entre otros que sirvieron de referentes—, la Teología y Filosofía de la Liberación deben regresar en América Latina. Los tiempos iliberales que atraviesa la humanidad lo exigen. Superado el paradigma de el fin de la historia de Fukuyama, urge no dejar morir el legado del Papa Francisco. Él llevó a la cima global las ideas que germinaron en el sur durante la segunda mitad del siglo XX y que permitieron que dejáramos de ser espejos en el imaginario epistemológico global para convertirnos en una fuente legítima de pensamiento por la calidad de la reflexión que produjimos.

Emilce Cuda, Consuelo Vélez, Rodrigo Guerra, Nicolás Panotto, Rafael Luciani, junto con figuras de la vieja escuela como Leonardo Boff, por mencionar solo algunos nombres, son hoy referentes del pensamiento católico latinoamericano capaces de dialogar con las problemáticas de un mundo globalizado. Necesitamos unificar esas ideas: feministas, ecologistas, de pueblos originarios, raciales, juveniles, en un corpus doctrinal que nos identifique como continente. Si la Conferencia Episcopal de Aparecida delineó una ruta guiada por el entonces cardenal Bergoglio y la Teología del Pueblo, hoy se abre el diapasón para rescatar nuestra tradición y que la producción intelectual de América Latina construya una Filosofía y Teología de la Liberación 3.0.

El catolicismo sigue siendo un referente aglutinador (ethos) en nuestro continente. No podemos cerrar los ojos ante los populismos que preconizan el fin de la era woke y con ello tratan de arrastrar todos los progresismos existentes. La paz desarmada propuesta por el papa León XIV exige una praxis desarmante. Conviene evitar repetir las soluciones definitivas de antaño, aquellas que terminaron convirtiendo en dictaduras los sueños de pueblos que apostaron por una revolución, pero en su lugar solo vieron migrar su futuro. Sin un nuevo fundamento creíble de lucha, regido por la coherencia, nuestros barrios quedarán a merced de la nueva doctrina Donroe—término con que Donald Trump rebautizó la doctrina Monroe—y su brújula friedmaniana.

Hoy se abre el diapasón para rescatar nuestra tradición y que la producción intelectual de América Latina construya una Filosofía y Teología de la Liberación 3.0.

La fe continúa invitándonos a poner la mirada en los pobres—¿quiénes son hoy?—y marginados para construir desde ahí nuestra opción preferencial, como lo hicieron los profetas del Antiguo Testamento. Los nuevos filósofos y teólogos de la liberación deben ser capaces de llamar la atención de los jóvenes y servir de base para preconizar esa alegría del Evangelio que significa «gastar» la vida por una causa justa.

Ya lo dijo el filósofo mexicano Rodrigo Guerra, secretario de la pontificia comisión para América Latina: «el bien auténtico se construye con medios buenos y escucha atenta al pueblo». No podemos renunciar al camino sinodal que tenía como bandera «todos, todos, todos» de Francisco. La parusía actual en nuestro continente nos exige una profundidad similar a la que tuvo el pensamiento católico de los 60, 70 y 80 del siglo XX. No se trata de copiar la metodología de los que ya no están; más bien se impone que seamos capaces de revisar lo que nos han legado para actualizarlo acorde a los signos de los tiempos. A ellos les gustaría.

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