Superhéroe del dinero en un paisaje urbano futurista, con billetes de dólar revoloteando a su alrededor

Entre mitos y superhéroes: la «marvelización» de la existencia

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Desde tiempos remotos, el ser humano ha necesitado narrarse a sí mismo en clave mítica. El mito no era un simple relato fantástico, más bien era una forma de otorgar sentido a la existencia y de situar la vida, tanto individual como tribal, dentro de un horizonte más amplio. Las epopeyas homéricas, los relatos bíblicos y las sagas medievales no solo entretenían, igualmente ofrecían un marco de comprensión en el que los dioses, los héroes y las fuerzas cósmicas mostraban que la vida humana estaba inscrita en una realidad superior, cargada de propósito y trascendencia. En este sentido, el profesor Joseph Campbell destacó el valor de los mitos como vehículos de significado:

No sería exagerado decir que el mito es la entrada secreta por la cual las inagotables energías del cosmos se vierten en las manifestaciones culturales humanas. Las religiones, las filosofías, las artes, las formas sociales del hombre primitivo e histórico, los primeros descubrimientos científicos y tecnológicos, las propias visiones que atormentan el sueño, emanan del fundamental anillo mágico del mito. (Campbell, 1959, p.11).

De este modo, se refuerza la idea de que el mito constituía una clave interpretativa fundamental, al remitir al ser humano a una realidad sagrada que otorgaba orientación y legitimidad a su experiencia en el mundo.

En este contexto, el universo creado por Marvel, con sus héroes, villanos y multiversos se ha convertido en un imaginario compartido a escala global, capaz de atravesar culturas, lenguas y generaciones. Esta fascinación no es trivial, porque expresa una necesidad simbólica profunda que antes encontraba cauces en los mitos, las religiones o las grandes narrativas históricas. Por lo que ante la ausencia —o el debilitamiento— de esos relatos tradicionales, la cultura de masas ha generado nuevos sustitutos: héroes invencibles, narrativas de salvación y comunidades de creyentes que, aunque no se nombren como tales, reproducen estructuras de fe y pertenencia. De allí surge una pregunta inevitable: ¿qué implica que hoy se piense la existencia a través de superhéroes?  Este fenómeno, que podría denominarse con la metáfora conceptual de «marvelización de la existencia», no se reduce a una simple fantasía aplicada a la realidad humana. Más bien, funciona como un espejo en el que se proyectan las ansiedades, los deseos y las añoranzas más hondas de nuestra época.

Ahora bien, es sabido que la modernidad tardía, marcada por el capitalismo, ha convertido la vida ordinaria en espectáculo. Tal como Guy Debord afirmaba: “El espectáculo somete a los seres humanos en la medida en que la economía los ha sometido ya totalmente” (Debord, 2002, p.42). Empero, el prolífico consumo de imágenes y de narrativas apoteósicas no solo influencia a los individuos, sino que ha provocado, además, la instauración de un nuevo régimen simbólico donde la apariencia se confunde con la experiencia. De ahí que las redes sociales, motores privilegiados de esta nueva interacción, convierten cada instante en representación. Efectivamente, Facebook, Instagram o TikTok funcionan como escenarios de una mitificación personal donde se prefiere «escenificar» la vida antes que vivirla.

Así pues, todo parece acrecentarse, al punto tal que un «desayuno» tiene que lucir épico, un «viaje» tiene que parecer extraordinario, un «cuerpo» tiene que adquirir cualidades casi sobrehumanas.

En consecuencia, la persona común ya no se limita solo a vivir, sino que se autoproduce como «personaje». Cada selfie, cada historia compartida y cada publicación funcionan como si fueran viñetas de un cómic en las que el individuo se interpreta a sí mismo como héroe de su propia narrativa. Esta exigencia de espectacularidad responde a una carencia: lo ordinario se percibe como insuficiente. No es casual que Byung-Chul Han haya señalado lo siguiente: “El sujeto obligado a rendir compite consigo mismo y cae bajo la destructiva coerción de tener que superarse constantemente a sí mismo” (Han, 2022, p.95).  Debido a que en la modernidad tardía, se ha impuesto la exigencia del perfeccionamiento continuo donde el individuo busca alcanzar la autorrealización a costa de su propia autoexplotación.

En este horizonte cultural, el universo Marvel se configura como un modelo arquetípico que funciona a la vez como espejo de nuestras aspiraciones más profundas. A través de la magnificencia de sus héroes, la vida cotidiana aparece disminuida, casi insuficiente, frente a la grandilocuencia de gestas que superan lo humano.

Asimismo, la fascinación que estos personajes despiertan no se reduce a la espectacularidad de sus poderes; responde, además,  a una cuestión más profunda: ellos encarnan dos anhelos esenciales de nuestra época. Por un lado, la necesidad de salvación, que busca figuras capaces de redimir o rescatar a la humanidad de sus fragilidades; por otro, el rechazo a los límites que impone la condición humana, en tanto que en sus historias se proyecta el sueño de trascender lo mortal, lo vulnerable y lo efímero.

En efecto, Marvel no solo entretiene, igualmente ofrece un marco simbólico en el que se elaboran y reafirman las tensiones existenciales de la modernidad tardía. Asimismo, la franquicia ha configurado prototipos que reproducen simbólicamente las figuras más representativas de la historia de la humanidad. En sus historias se muestra a un Iron Man que se sacrifica como un Cristo tecnológico; a un Capitán América que encarna la virtud incorruptible del héroe homérico; o a un Spiderman que asume la tragedia del héroe joven dispuesto a renunciar a su vida íntima en nombre del bien común. Todo esto responde a una narrativa gráfica que, al mismo tiempo, ha sido reformulada y adaptada a la gran pantalla.

No obstante, la marvelización de la existencia también conlleva un riesgo, ya que al reducir la vida al consumo narrativo ficticio, se empobrece lo ordinario. Un café con un amigo, el cuidado de un enfermo, la lentitud de una lectura; terminan careciendo de valor frente al heroísmo de «salvar al mundo». Debido a que lo humano se mide en función de su potencial para ser espectacularizado.

Por lo tanto, se impone el desafío de reaprender a vivir sin efectos especiales, donde la verdadera aventura épica no consiste en salvar mundos ficticios, sino en sostener vínculos reales, afrontar pérdidas, resistir la fragilidad y cuidar la vida común. Allí se juega la auténtica heroicidad de lo humano. En este sentido, la marvelización de la existencia refleja una paradoja contemporánea, puesto que exhibe la carencia de sentido y finalidad que se encuentra en la vida humana; pero, a su vez, manifiesta la potencia imaginativa de un mito moderno que se globaliza. Tal parece que, frente a la desaparición de los relatos religiosos y políticos que daban cohesión simbólica, los superhéroes han venido a ocupar el lugar de «mito compartido», ofreciendo narrativas de salvación y de lucha contra el mal en un mundo que ya no confía en absolutos.

Referencias

Campbell, J. (1959). El héroe de las mil caras: Psicoanálisis del mito (1ª ed.). Fondo de Cultura Económica.

Debord, G. (2002). La sociedad del espectáculo (2ª ed.). Pre-Textos.

Han, B.-C. (2022). La sociedad del cansancio (2ª ed.). Herder.

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