Dostoievski y la salvación por la belleza

septiembre 12, 2025
Retrato de Fiódor M. Dostoievski (1872), obra al óleo de Vasili Perov, conservada en la Galería Tretiakov de Moscú.
Retrato de Fiódor M. Dostoievski (1872), obra al óleo de Vasili Perov, conservada en la Galería Tretiakov de Moscú.

Fuente: Wikimedia Commons

A Francisco Jarauta, el viajero ideal

«Príncipe, ¿es verdad que usted dijo una vez que al mundo lo salvaría la belleza?»
Es la pregunta que, en el capítulo V de la tercera parte de El idiota, formula el nihilista Ippolit al príncipe Mishkin. «¿Qué clase de belleza es la que salvará al mundo?» «El príncipe lo miró con fijeza y no dijo nada».

En 1869, Fiódor Dostoievski finalizó la que sería una de sus obras magnas, El idiota. Fue en el número 22 de la Piazza dei Pitti, en Florencia, tras veinte días de intensa escritura. Junto a las Vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos, descritas por Giorgio Vasari, habría de figurar la del príncipe Mishkin, quizás más real que su propio creador.

Paseos por Oltrarno

En el barrio de Oltrarno, a medio camino del lugar donde nacería el irreverente Giovanni Boccaccio y moriría en sus postreros años el escultor del tiempo Andrej Tarkovski, Dostoievski, entre ambos, imaginó las peripecias de un ingenuo bondadoso. El idiota nos muestra la deshumanización de un mundo donde los progresos de la modernidad no se acompañan de bagajes morales.

«Todo ese infierno que la humanidad no habría podido soportar sin el ideal que guía el corazón de los hombres y hace fructíferas “las fuentes de la vida”… ¡Enseñadme algo de nuestra época que se parezca a esa fuerza!»

¿Cómo, si no, estigmatizar a un alma de bonhomía en un mundo sin rumbo moral? Ippolit, el mismo que pregunta sobre la belleza, llega a afirmar en su manuscrito, escrito de forma espontánea ante su muerte cercana e inexorable: «Los hombres hemos sido creados para hacernos sufrir los unos a los otros».

Y, sin embargo, el príncipe Mishkin representa esa esperanza del ideal, la bella excepción que la ciudad de Florencia simboliza en el imaginario artístico. Es la antítesis del fatalismo que alienta y justifica las más abyectas acciones humanas.

En los paseos de Dostoievski, antes de alcanzar los jardines de Boboli, encontraría en la Chiesa di Santa Felicità los manierismos y espacios irreales de La deposizione de Jacopo Pontormo.

Frente a la realidad, que es desesperada, al materialismo, a lo que sucede, Mishkin caracteriza, como en Pontormo, una geometría imaginaria que trasciende las miserias y mezquindades, donde los personajes no se apoyan en planos bien definidos.

Y en la Chiesa del Carmine, también en Oltrarno, encontraría la capilla Brancacci y las pinturas de Masaccio, cuya muerte prematura conjetura Vasari que debió de obedecer «más a un envenenamiento de algún envidioso que a cualquier otro accidente». La viveza de las expresiones en Masaccio hace que la imagen nos parezca más real que lo que vemos a diario.

La muerte y la belleza del enigma

Al comienzo de El idiota, Mishkin llega a decir que lo insoportable no es el hecho de morir, sino el de asumir la absoluta certeza de la muerte. El misterio y el desconocimiento alimentan la esperanza y la curiosidad.

El 22 de diciembre de 1849, en la plaza Semenovski de San Petersburgo, Dostoievski, condenado a muerte, comprendió —de rodillas frente al pelotón de fusilamiento, disuelto por el perdón en el último instante— que la belleza de la vida nace del encuentro cara a cara con la muerte.

Veinte años después, el príncipe Mishkin revive la experiencia:

«El mayor y peor padecer quizá no es el que infligen las heridas, sino la certeza de que dentro de una hora, de diez minutos, de medio minuto, ahora mismo, el alma se te escapará del cuerpo y dejarás de ser un hombre, y saber que esto ocurrirá fija, irremisiblemente».

Stefan Zweig eligió este momento heroico como uno de sus Momentos estelares de la humanidad: «Siente que por vez primera, desde que rozara los amargos labios de la muerte, su corazón experimenta la dulzura de vivir».

Fue en 1910 cuando, en mitad de la Piazza Santa Croce, Giorgio de Chirico se apercibió del enigma de la existencia. No era la primera vez que veía la plaza y la basílica donde yacen las sepulturas de Michelangelo Buonarroti y Galileo Galilei.

Pero entre los mármoles y las fuentes, la ciudad se le revelaba como un enigma inexplicable. Al año siguiente, en su autorretrato escribiría la divisa latina «et quid amabo nisi quod aenigma est». ¿Qué amaré sino el enigma? El de apreciar el mundo con los sentidos del que lo hace por vez primera.

En 1817, en esa misma Piazza di Santa Croce, Stendhal padeció una severa arritmia. También fue un momento de excepción, en el que, tras la vista de las sibilas de Volterrano, la vida se le desvanecía.

Una severa crisis de epilepsia ante la belleza también alcanzó a Dostoievski. En su viaje hacia Florencia, en 1867, quedó extasiado por la contemplación, en Basilea, de El cuerpo de Cristo en la tumba, de Hans Holbein.

La belleza reside en la mirada de quien ve, más que en el objeto bello. Y es una promesa de felicidad stendhaliana. Pero la felicidad es siempre insatisfecha: es la espera, el recorrido, el paseo por Florencia; el transcurrir de la vida en pos de los enigmas que se suceden sin resolución. Vivimos de ilusiones. Por ellas y para ellas.

Vivimos en Masaccio, en Pontormo, en De Chirico y en Dostoievski. Y todos ellos sobreviven a la certeza de la muerte en nuestras miradas y lecturas. Leemos en El idiota:

«¡Era la vida, la vida lo que importaba! ¡El continuo y constante proceso de descubrirla y no el descubrimiento en sí!».

Cada lectura de El idiota es una nueva primera vez, aunque lo hayamos leído en mil ocasiones. Otros enigmas nos esperan: solo es necesario abrir un poco los ojos y mantener despierta la curiosidad.

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