El cipayismo y los misiles de la libertad

junio 6, 2026
Botas de soldados

Foto de Sz Katarzyna en Pexels

El imperialismo y sus mascotas tienen una curiosa simbiosis; no obstante, a la larga, Roma paga, pero desprecia. Sobre quienes se alegran de la invasión a Venezuela, ofrezco esta breve fenomenología.

El alcance colonial siempre es limitado cuando se ejerce la violencia de forma descarnada; si la hegemonía no se impone más allá del garrote, el Calibán se vuelve ingobernable. El imperialismo necesita arieles: el «indio» educado, el cipayo. El cipayismo es aquella tendencia en nuestras tierras de América a reírle las gracias a las locuras del emperador. El cipayo es el soldado colonizado; es aquel que no solo recibe la potencia extranjera, sino que también se convierte en su agente.

Otro tanto ocurre hoy, cuando en las redes sociales se celebra la invasión militar a una nación soberana y el supuesto efecto liberador de los misiles yanquis. No se busca aquí analizar la legitimidad del gobierno venezolano; mejor dejarlo para las crónicas de los grandes medios noticiosos. Pero, al igual que en el caso de los sacerdotes de Indias que, mientras describían la conquista, discutían si los aborígenes tenían alma o no, la situación exige una postura más crítica.

Pocas categorías como la libertad han sido tan prostituidas en nuestro tiempo. La libertad tiene una dimensión interna, doméstica, que suele oscilar entre el proteccionismo y el libre mercado. Pero también constituye el mazo ejecutor de intereses internacionales. La libertad cabalga tanto en los tanques soviéticos que entraron en Praga como en todas las dictaduras del Plan Cóndor. Visto así, para un imperio, la libertad significa un statu quo legitimador de sus intereses.

Tan libertaria fue la guerra contra el terrorismo que Bush y Europa emprendieron en Afganistán, que veinte años de intervención destronaron al gobierno talibán solo para entronar otro, en una circularidad espantosa. Un ejercicio somero del rosario de intervenciones recientes de los yanquis revela que, como un Atila contemporáneo, allí donde pasan, no vuelve a crecer el pasto.

Pero aquello está lejos, en el exótico Oriente, tierras de «moros» cuyos derechos humanos, al igual que los de los habitantes de Indias, están en disputa. Las décadas de guerra en Yemen vieron con asombro cómo Occidente descubrió el imperialismo solo cuando el sujeto blanco ucraniano se convirtió en víctima. Solo entonces se descubre el agua tibia: ¡las guerras matan y son crueles!

¿Qué ocurre ahora? Que el cipayo se alegra, como siempre, de las aventuras imperialistas, sin reparar en lo cerca que le tocan. El retorno de la Doctrina Monroe habría sido un mito más para alimentar el hambre de una masa MAGA, influenciada por el fundamentalismo y el bótox. Pero lo ocurrido hoy ha roto una barrera que se creía imposible: nos ha tocado una invasión de cerca. Poco puede hacer el performance del kufiya y el té matcha, porque, si hoy es Venezuela, esa libertad es contagiosa, y en cualquier momento puede afectar nuestra plácida y domesticada academia.

El problema central es un grotesco ejercicio del olvido: pensar que una invasión norteamericana es algo aislado. El capitalismo del siglo XXI domesticó a sus masas mediante internet: convirtió la invasión en algo exótico, propio de pueblos incivilizados que lo merecen. Si los palestinos condenan la homosexualidad, ¿qué hacen los homosexuales defendiéndolos? Y ahora, si el gobierno venezolano aborrece la libertad, ¿qué hacemos nosotros, sujetos libres, condenando la acción?

El problema que resalta es qué se entiende por la praxis libertaria yanki. El inconsciente colectivo sudamericano empieza a temer que dicho concepto sea demasiado voluble. Las administraciones anteriores —más que menos, intervención acá o allá— han mantenido la narrativa de que se lleva la libertad al Oriente exótico. La intervención en las elecciones regionales es relativamente sutil.

El problema central y la piedra de toque de la actual administración es la ausencia total del clásico «guardar las formas» de los «derechos humanos» (sic) occidentales. Por algún ejercicio caballeresco, el imperialismo, dondequiera que exista, se propuso guardar las formas; ese constructo inútil que es la ONU funciona para ello. Pero Trump es descarnado: se inventa cárteles de drogas que le duran poco, porque, en pocos días, se encuentra robando, como un pirata del Caribe, el petróleo soberano de Venezuela. Pues de eso se trata: «si nosotros construimos esa industria petrolera, ese petróleo es nuestro», porque —y esto es lo que se va a imponer— allí donde entra el dinero, se reclama posesión a perpetuidad.

Y es aquí donde entra el cipayismo. Que influencers y demás ratas tengan interés en Venezuela y que, además, se alegren de los muertos desde la comodidad de afuera es totalmente justificado: cumplen su plan de trabajo. Pero que el cipayo, el colaborador del colonialista, se alegre, es el triunfo de la ideología imperialista en el continente.

En mi día a día veo el anhelo de los misiles liberadores en Cuba. Veo las imágenes de IA, los inmensos rascacielos virtuales en La Habana. Y yo te pregunto: ¿dónde está ese disfraz para los millones de personas sin hogar y los ejércitos de zombis de fentanilo que el propio gobierno de los Estados Unidos no puede controlar?

Es muy limitado un constructo ideológico que te hace pensar que, allí donde Estados Unidos coloniza, viene con ello la libertad. Habría que preguntar al pueblo de Puerto Rico cuántos de ellos cuentan con electricidad ahora mismo. Invadir un país y poner un gobierno títere que represente los intereses imperiales es muy distinto de beneficiar a la población. Por ello, el cipayismo debería limitar ese impulso de aprovechar la situación y pedir que se continúe con Colombia, México o Cuba.

La brecha que se ha roto con esta invasión cambiará, poco a poco, la percepción del cipayo. En tanto las bombas suenan cerca, se abrirá ante él el espectro del horror que vive África y el Medio Oriente desde hace décadas. Nada nuevo bajo el sol, solo un nuevo ejercicio de percepción. Los recursos son finitos y, eventualmente, te tenía que tocar a ti también.

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