Contexto y claves de lectura
Resumen
El artículo explora la relación entre la pediatría y las masculinidades, indicando que la medicina tradicional refleja un modelo masculino hegemónico centrado en la objetividad y el control, que a menudo reduce a la infancia a parámetros biomédicos. Esta visión biomédica, aunque ha avanzado en salud pública, descuida dimensiones emocionales y relacionales esenciales para el desarrollo infantil.
Ideas clave
- La medicina y la pediatría tradicional reflejan un modelo patriarcal centrado en el control y el biológico, dejando de lado aspectos emocionales y relacionales de la infancia.
- La crianza requiere disponibilidad afectiva y un enfoque integral que valore las emociones y los vínculos seguros más allá de indicadores biomédicos.
- La pediatría integrativa cuestiona el modelo tradicional y apoya una visión más holística y respetuosa de la infancia.
A propósito del incipiente desarrollo del campo de las masculinidades, —a mi parecer, aún muy poco conocido y problematizado por la gran mayoría de los hombres—, me gustaría llevar esta reflexión a un terreno poco explorado, pero sumamente importante para quienes somos padres y tenemos hijos pequeños.
Me refiero a la relación entre pediatría y masculinidades, la cual, a primera vista, no pareciera ofrecer mucho espacio para reflexionar. No obstante, si uno se detiene un momento, esta puede dar lugar a una conversación muy interesante y poco abordada por quienes se vinculan con las infancias, ya sean médicos, padres, madres o cuidadores.
Lo menciono porque la medicina, así como otras áreas del saber científico, fue desarrollada principalmente por un tipo de hombre hegemónico, que se encuentra inserto en una cultura patriarcal. Allí, la objetividad, el control, la racionalidad, la jerarquía y la distancia emocional resultan pilares fundamentales. Esto deja en un segundo plano una mirada más relacional, vincular y centrada en el cuidado.
La pediatría no quedó al margen de esa lógica, viendo muchas veces a bebés y niños como cuerpos que debían ser medidos, clasificados, normalizados y corregidos cuando se desviaban de determinados parámetros. De esta forma, el peso, la talla, las curvas de crecimiento, los indicadores fisiológicos y los diagnósticos se transformaron en el lenguaje privilegiado para hablar de la infancia.
Por supuesto, esto no significa desconocer los enormes avances que la pediatría ha generado en la reducción de la mortalidad infantil y en el mejoramiento de la salud pública. Sin embargo, siguiendo esta misma lógica masculinizante descrita anteriormente, el modelo biomédico ha caído en ciertos reduccionismos biologicistas y ha dejado fuera experiencias subjetivas y una mirada más integral de la infancia.
Es precisamente por esa falta de integralidad que dimensiones como la vulnerabilidad, la dependencia, la incertidumbre, las emociones y el cuidado amplio suelen quedar afuera de la pediatría tradicional o biomédica. Esta se preocupa más por medir y cuantificar, como si un bebé fuera solamente un organismo biológico y no un ser de mucha mayor complejidad.
Dicho lo anterior, para quienes somos padres e intentamos comprender la crianza más allá de los enfoques tradicionales, resulta evidente que nuestros hijos son profundamente dependientes de nosotros, no solo en el plano físico, sino también en el emocional. Por ello necesitan disponibilidad afectiva, vínculos seguros y presencia significativa. Su desarrollo ocurre en una trama relacional que no puede reducirse completamente a indicadores biomédicos.
En ese sentido, es de gran importancia visibilizar y apoyar a pediatras integrativos. Estos suelen ser cuestionados por una pediatría tradicional que se resiste a abrirse a la teoría del apego, a la crianza respetuosa y a una concepción más amplia de la infancia. En ocasiones, esto puede derivar en prácticas excesivamente centradas en la obediencia, el control o el cumplimiento de normas, lo que deja en segundo plano el bienestar integral de niños y niñas, y de sus familias.
Aquí emerge una oportunidad no solo para los pediatras, sino también para los hombres que somos padres y que hemos tenido que lidiar con el peso de mandatos masculinos centrados en la autonomía, el éxito, el control y la productividad. La crianza puede generar una experiencia profundamente transformadora, porque el cuidado nos exige presencia activa, sensibilidad, escucha y capacidad de responder a la vulnerabilidad propia y ajena.
En otras palabras, una paternidad integral nos exige aceptar que no todo puede controlarse y que, con frecuencia, acompañar es más importante que corregir. Nos invita a comprender las necesidades de nuestros hijos de manera amplia. Ellos —especialmente los varones— no necesitan un padre que lo pueda todo, un superhéroe ni un modelo de éxito. A menudo, estas figuras ideales están basadas en exigencias que terminan haciéndonos daño a nosotros mismos.
Por el contrario, la crianza respetuosa, promovida tanto por la pediatría integrativa como por nuevas formas de ejercer la paternidad, nos invita a desarrollar capacidades que históricamente fueron poco fomentadas entre los hombres: la empatía, la escucha, la regulación emocional y la sensibilidad relacional. De esta manera, se abre la posibilidad de vivir una masculinidad más amorosa, saludable y respetuosa con nuestro entorno, algo que, sin duda, nuestros hijos agradecerán.
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