Cómo Lacan descubrió el sujeto del capitalismo 

noviembre 15, 2025
Representación del concepto de Lacan y el sujeto del capitalismo

Lacan fundamentó su teoría del sujeto en la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo. Partiendo de la interpretación de Kojève de la Fenomenología del Espíritu, se pueden rastrear los mismos conceptos fundamentales desde los primeros escritos de Lacan sobre el estadio del espejo hasta sus reflexiones tardías sobre los cuatro discursos: el sujeto (Subjekt), el amo (Herr), el esclavo (Knecht), el deseo (Begierde), la plusvalía de goce o plus de goce (Jouissance/Genuss), el trabajo (Arbeit), la angustia, la circulación (Kreislauf), la inversión de los lugares (Kreislauf) el objeto (Objekt), la verdad (Wahrheit), la certeza (Gewissheit), el saber (Wissen), la dialéctica… Lo cual no significa que fuera un «hegeliano», la verdadera pregunta es por qué una figura del sometimiento llegó a ser el arquetipo mismo de la subjetividad. 

Este texto ganó notoriedad entre los hegelianos de izquierda, los marxistas y los teóricos políticos liberales por su descripción de un viaje filosófico hacia la liberación y fungió como modelo para la emancipación colectiva. No obstante, Lacan lo interpreta en un sentido completamente contrario, como el cimiento indestructible de la subjetividad, él descarta la idea de un «tercer» momento, en el que los roles se intercambian y se anulan al mismo tiempo. Algunos argumentarán que esta es justamente la clave: mostrar que la subjetividad posee una estructura de sometimiento y dominio, y que la única vía de escape se encuentra más allá de cualquier dialéctica. Pese a ello, Lacan encuentra una respuesta al enigma de la dialéctica del amo y el esclavo valiéndose de otro motivo hegeliano: el drama de Antígona, ya que ella encarna, para Lacan, la heroína del deseo al consagrar su vida a éste y su posición es la de lo trágico. En este sentido, el mundo se reduce al orden social, y el orden social se reduce a la dominación, a una dinámica de falta de reconocimiento que desemboca en guerra y dominio, tras eso, solo aguarda un final trágico, en el que la vida es ofrendada en sacrificio al deseo. 

Desde un punto de vista político, esta solución resulta desconcertante: Lacan, en su insuperable pesimismo, nos brinda esta alternativa: el sometimiento o la inmolación al deseo; es decir, morir para el mundo abrazando el deseo propio, o acatar las normas sociales aunque esto equivale a una muerte en vida. Solo cabe una justificación estética para la existencia: morir con dignidad subjetiva, transformando nuestra pequeña comedia en una gran tragedia. Pero no se trata de un simple drama; es una realidad aterradora pues el mundo es un páramo por ser juzgado irredimible, y la subjetividad se hunde en el oscuro abismo de su propia arbitrariedad. 

De joven, Hegel quedó cautivado por el Wallenstein de Schiller, una tragedia que narra la ruina de un general en la Guerra de los Treinta Años, quien, siendo comandante en jefe del ejército imperial del Sacro Imperio Romano Germánico y gozando de un profundo aprecio por parte sus tropas, entra en conflicto con el emperador al rehusarse a acatar una orden. Acto seguido, realiza esfuerzos desesperados para conservar la fidelidad de su tropa y congraciarse con los suecos, que eran enemigos del emperador; sin embargo, se encuentra abandonado y es brutalmente asesinado al final. Hegel detestaba este desenlace porque significaba que el héroe político que aspiraba a un nuevo orden mundial era aplastado por el «antiguo régimen». Con esta obra, Schiller estaba advirtiendo sobre Napoleón, el verdadero Wallenstein. Hegel se hallaba en las antípodas de la visión conservadora de Schiller, porque veía en Napoleón no solo al «Espíritu montado a caballo» sino también a la figura imparable del nuevo orden mundial, pues a pesar de la destrucción y la guerra asociadas a su llegada, Hegel creía que este era el precio necesario que había que pagar.  

En este aspecto, Antígona y Wallenstein, Schiller y Lacan, se acercan de un modo peculiar: ambos reconocen el drama del sujeto moderno, desgarrado por fuerzas que no puede controlar, y, mientras que Schiller advirtió sobre el ascenso de Napoleón, Lacan hizo lo propio con la revolución comunista en curso. Cabe recordar el diálogo que sostuvo con ciertos estudiantes en París en 1968: «A lo que ustedes aspiran como revolucionarios es a un amo. Y lo obtendrán». Tanto Schiller como Lacan fueron intérpretes lúcidos de su época ya que los dos advirtieron muy pronto la faz sombría de la revolución (o de las revoluciones). Sin embargo, Lacan llegó incluso más allá, al convertir la estructura de la dominación en la propia estructura de la subjetividad. En su etapa tardía, formuló la teoría de los cuatro discursos, todos ellos tienen su base en la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel solo con distintas variaciones en la posición de sus términos. Estos son: el discurso del amo, el discurso universitario, el discurso de la histeria y el discurso del analista. Los discursos se definen como «lazos sociales» que caracterizan una cierta forma de subjetividad. El discurso del amo es el estrictamente hegeliano, en él, la verdad aparece sostenida por un amo, lo cual fuerza al sujeto a trabajar para él; el discurso universitario critica al amo en tanto figura de autoridad opaca, convirtiendo al saber (savoir) en el nuevo poder absoluto; mientras que, al discurso de la histeria lo encarna un sujeto que postula la existencia de algo que excede al saber, de un deseo que rebasa los límites del orden social. El cuarto discurso —el del analista— es de una oscuridad particular, pero expresa, mutatis mutandis, a la concepción lacaniana del deseo; en este cuarto discurso, no existe un agente, ni el sujeto, ni el orden social, ni el conocimiento: solo hay deseo y su fuente enigmática. 

Estos discursos no constituyen modos independientes de subjetivación, sino variaciones de una misma dialéctica hegeliana. En realidad, el discurso del amo puede adoptar muchas formas: el saber, el poder político, la identidad, etc.; el discurso universitario es solo un caso del discurso del amo; el discurso de la histeria, por su parte, ni siquiera es un discurso, sino una fractura interna del discurso del amo y el discurso del analista es el único recurso que le queda a un sujeto condenado a habitar un mundo regido por el discurso eterno del amo. 

No obstante, un quinto discurso estuvo a punto de surgir mientras Lacan examinaba sus cuatro formulaciones anteriores, se preguntaba si el capitalismo podría considerarse una quinta posibilidad. Durante este período, Lacan se inspiró profundamente en ideas y conceptos marxistas. Él interpretaba la plusvalía como plus de goce, y al sujeto, en su función de trabajador, así la conceptualización de la dominación se tornó más explícita. Entonces, ¿qué es el discurso capitalista? Es un discurso sin un fin claro, donde la subjetividad carece de toda frontera o límite y queda atrapada en una estructura de anhelo perpetuo por su objeto, el cual se le suministra en forma de mercancía, pero las mercancías defraudan al sujeto del deseo, impulsándolo una y otra vez en una espiral de consumo, aquí, se reconoce sin esfuerzo la teoría marxiana del capitalismo como valor que se autovaloriza, conduciendo necesariamente a su propia destrucción. En este sentido, Lacan se muestra reacio a considerar el capitalismo un discurso, ya que parece quebrar la función tradicional del orden, pues bajo el capitalismo, el sujeto histérico yace impotente al carecer de un amo y de un saber. 

Parece que la dialéctica hegeliana, con su arcaica estructura de sometimiento, le ofrecía más al sujeto que el capitalismo. Para Lacan, la subjetividad era considerada un reino del amo, donde la tragedia podía desarrollarse; no obstante, bajo el capitalismo, la dominación ya no hunde sus raíces en una autoridad o coerciones directas: no existe lugar para la tragedia en el capitalismo. Esto conlleva que el mérito estético carece de todo valor, siendo únicamente una mercancía más en el mercado de la vida. La transgresión, la resistencia y el exceso cesan de constituir fuerzas de oposición al orden social. El universo capitalista es simultáneamente control y desamparo, vigilancia y vida despreocupada; se persigue a la gente o se la abandona a su suerte —exceso y carencia de Estado, todo a la vez. 

Lacan no supo qué hacer con el capitalismo, su idea era que el viejo orden de la subjetividad todavía le reservaba un lugar al deseo por medio de lo trágico, pero el nuevo orden era el capitalismo. No obstante, es un error afirmar que Lacan teorizaba una modalidad de subjetividad ya fenecida, la del universo hegeliano. Nunca creyó en el saber, en el reconocimiento, en el Estado, en lo político ni en lo universitario y su psicoanálisis nunca alcanzó a ser del todo trágico, distaba de ser un Nietzsche; se basaba más bien en la farsa y lo cómico, a la vez que su sujeto no habitaba un Estado ni una fábrica, sino el mundo intangible del deseo y el delirio. Al intentar teorizar al sujeto que se desvanecía con el antiguo régimen, Lacan ya estaba, sin saberlo, describiendo al sujeto capitalista; de hecho, jamás cayó en cuenta de que el capitalismo constituía la inversión misma del discurso del amo y su teoría del sujeto terminó por revelarse como una nueva modalidad de sometimiento: concretamente, la del sujeto hegeliano tratando de existir en la era capitalista. De ahí que aferrarse a un comunismo autoritario fuera nuestra manera de continuar siendo hegelianos en un mundo capitalista. 

Lacan fue un ávido lector. Le concedió a Marx el mérito de haber «descubierto» el síntoma, la función de lo «imaginario» y la estructura social, sin embargo, hizo una lectura de Marx que contradecía todas sus intenciones pues según Lacan, Marx tenía razón en sus observaciones pero se equivocaba en sus conclusiones. La revolución suponía una recaída en la fantasía de plenitud; la dialéctica era el preludio del discurso del amo; y el experimento soviético terminó por restablecerlo. De modo que, ¿qué sujeto estaba revelando Lacan? El sujeto del capitalismo. Del mismo modo que Marx halló el inconsciente mientras buscaba la conciencia de clase, Lacan halló al sujeto capitalista en su búsqueda de una vía de escape. 

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