El fracaso del éxito

agosto 24, 2025

De un tiempo a esta parte, el éxito parece haberse convertido en la medida de todas las cosas y, en ocasiones, apellidarlo a nivel personal, profesional o social parece situarse como expresión del triunfo del individuo sobre el colectivo.

Mientras que en otros momentos de nuestra historia buena parte del éxito se asociaba a la honra, bonhomía y a la fama propias de esos «caballeros andantes» que empeñaban su palabra y la hacían valer hasta el final, más recientemente, hablar de éxito es hablar del «tanto tienes tantos vales».

Este mantra, tantas veces repetido en nuestra sociedad, ha terminado por convertirse en algo más que un eslogan para instalarse en nuestras vidas como base de un principio rector que modela, modera y dirige buena parte de los comportamientos individuales y grupales. Tal es así que nuestra existencia no parece concebirse de otro modo que, al amparo de la alargada sombra del éxito, en parte debido a una singular herencia recibida y, también, a nuestra particular formar de construir la realidad social.

Sí, el éxito es algo que se construye socialmente y es el resultado de un modelo que, lejos de improvisarse, comenzó a gestarse al albur de la revolución industrial y se fue perfeccionando con el desarrollo de un sistema de producción capitalista, donde todo aquello que no fuera crecer desde un prisma económico quedaba condenado irremisiblemente al fracaso.

De un modo u otro, el constructo «éxito», que comenzó a fraguar bienintencionadamente como un elemento afín a la prosperidad y dinamizador de un sistema económico, terminó por erigirse en un objetivo en sí mismo, a expensas de consecuencias comprometedoras para el individuo, la sociedad y todas aquellas dimensiones que lo conforman, como la política, la ideología y la ética, por citar solo algunas.

Cuando, además, este modelo productivo se ve arropado por aspectos ideológicos y religiosos como mencionó el sociólogo Max Weber en su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo podemos empezar a entender cómo se ha convertido en una noción clave para comprender qué mueve a nuestra sociedad de consumo occidental.

Al hilo de estas cuestiones, entre los científicos sociales aflora el eterno debate entre dos espacios de la realidad: el económico y el social, tratando de buscar la preeminencia de uno sobre otro como elemento dinamizador del sistema.

Aun a riesgo de caer en una importante simplificación, se pueden encontrar dos «motores» en el desarrollo de un modelo de crecimiento. no de ellos se fundamenta en la apuesta por un conjunto de medidas sociales como factores desencadenantes del progreso económico. En el extremo opuesto, se encuentra otro que prioriza el crecimiento económico como base para construir un modelo de desarrollo social.

En nuestro modelo social, el éxito y, por consiguiente, el fracaso —al fin y al cabo, cara y cruz de una misma moneda— están permanentemente vinculados a la idea de que, si por alguna razón no se alcanzan determinados niveles de logro, progreso, reconocimiento o como quiera llamarse, parece (erróneamente) que algo falla en la persona.

Tal es así que este esquema se ha normalizado como una «hoja de ruta» en la que, póngase por caso, quien a una determinada edad no ha finalizado sus estudios superiores, accedido al mercado laboral y obtenido un empleo estable, promocionado profesionalmente y adquirido una vivienda en propiedad y un vehículo (mejor si es de alta gama —por favor, admítase la ironía—), puede llegar a ser caracterizado como un ciudadano de segunda clase o un fracasado.

Por todo ello, no es que se deba estar en contra de ese éxito en clave personal por el que las personas intentan mejorar(se) cada día, sino aquel mal entendido por el que, en un permanente estado de alerta competitivo, el individuo plantea su vida como un proceso en el que las ganancias obtenidas —aquellas que supuestamente lo convierten en un «ganador exitoso»— son, en realidad, las pérdidas de otros, como esboza la teoría de los juegos.

Si algo puede constatarse es que el éxito tiene muchas definiciones – posiblemente cada uno tiene la suya propia – relacionada con nuestra intrahistoria personal sometida a distintos tiempos y, sin embargo, no es menos cierto que si este no se administra de forma controlada el coste de oportunidad en el que se puede incurrir ha de comprometer nuestro horizonte personal, familiar, vital y todos aquellos que en una nuestra persona dan sentido a esa vida que nos ha tocado vivir y, en lo posible, moldear con permiso de las circunstancias. Ese es el reto y, también la oportunidad de ser mejores personas y a partir de ahí – solo en algún caso – ser «exitosamente» admiradas.

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