Del fanatismo a la barbarie no hay más que un paso
Denis Diderot
El asesinato de Charlie Kirk no fue solo un hecho atroz: también es el retrato de un clima político donde sostener una postura ya no equivale a debatirla, sino a ser acusado de violencia. Se ha dicho que no basta con fijarse en el tono de un discurso, sino que es necesario reparar en su contenido: una idea puede ser tan dañina que, aun expresada con «buenos modales» (a lo Kirk), alimenta el «terrorismo estocástico» por lo que en sí misma es. Sin embargo, si aceptamos que la postura provida —defender que el no nacido es un ser humano al que no se lo debe matar— es violenta por definición, entonces, ya no estaríamos hablando de una discusión política, sino de criminalidad. Ese salto mental imposibilita el debate cívico y, peor aún, ofrece coartadas o cartas de permiso a cualquier fanático para pasar del insulto (llamar a alguien «fascista») a la acción violenta («dedicarle» una bala a su cuello).
Los derechos humanos y los fundamentos de nuestra civilización en general pueden y deben debatirse porque, si son verdaderos, nada tienen que temer del escrutinio. Quienes rehúyen el debate y prefieren acallarlo con violencia lo hacen porque saben que defienden mentiras o porque son incapaces de convencer con razones. La persona recientemente asesinada defendía dos de esos derechos fundamentales: la libertad de expresión y la vida; aun así, la segunda le fue arrebatada precisamente por ejercer la primera. Teniendo esto en cuenta, adentrémonos en uno de los debates más candentes asociados a su figura: el del aborto.
Un argumento común entre quienes defienden el aborto es que obligar a una mujer —y, más aún, a una niña violada— a llevar adelante un embarazo constituye violencia. Se sostiene que el Estado estaría imponiendo un sufrimiento injusto y desproporcionado. Sin embargo, este razonamiento pasa por alto algo elemental: destruir una vida humana es una violencia mayor que exigir la continuación de un embarazo. Si lo que está en juego es la existencia de un ser humano, interrumpir el proceso significa suprimirlo; seguir adelante, por difícil que resulte, no lo hace. Para quienes no quieren ser madres, existen instituciones de adopción. La violencia de la que hablamos aquí es la que se ejerce para impedir un homicidio, no la que lo promueve.
Los derechos humanos y los fundamentos de nuestra civilización en general pueden y deben debatirse porque, si son verdaderos, nada tienen que temer del escrutinio.
Otra objeción frecuente afirma que un embrión temprano —o, incluso, una mórula— no es un ser humano en sentido pleno, porque carece de autonomía y depende por completo del cuerpo de la madre. Sin embargo, la dependencia nunca ha definido la identidad. Un recién nacido es radicalmente dependiente, pero nadie duda de que es un ser humano. Una persona conectada a un respirador tampoco pierde su condición humana. Lo que distingue a un individuo no es su independencia, sino su continuidad como organismo vivo distinto de otro. Para identificarlo (para diferenciarlo de otro individuo, como, por ejemplo, su madre), el marcador más sólido que poseemos es el ADN, único desde la concepción hasta la muerte. Tener ADN humano no convierte automáticamente a un ser en «persona», pero sí lo identifica como un individuo humano (perteneciente a la especie Homo sapiens), distinto de su madre o de cualquiera de sus órganos o apéndices. Negar esta identidad equivale a excluir, de manera arbitraria, al no nacido del círculo de lo humano.
A esta réplica, se suele responder que esa visión es «biologicista» porque la identidad de una persona no se reduce al ADN: también la constituyen la conciencia, las relaciones, el contexto. Para ilustrarlo, se usan ejemplos como los linfomas o los teratomas, tejidos vivos con genes que crecen y se multiplican, pero que nadie considera personas. El ejemplo, aunque ingenioso, confunde tejidos con organismos. Un tumor, por grande que sea, no es un ser vivo que se autoorganiza hacia un desarrollo integral, sino un crecimiento patológico del cuerpo de referencia. Lo que está en discusión no son células aisladas, sino un organismo humano en formación, que porta, desde el inicio, un código genético completo y propio. Esa es la diferencia.
Otro punto sensible en el debate es el de las niñas embarazadas tras una violación. Y aquí no cabe duda: se trata de una tragedia que debe evitarse por todos los medios. Sin embargo, el hijo en gestación no es culpable del crimen del padre. Privarlo de la vida por un delito ajeno no repara la injusticia, sino que añade otra. Además, estos casos extremos son estadísticamente poco frecuentes en comparación con la enorme mayoría de abortos, que no ocurren en niñas. Si concediéramos una excepción estricta para esos escenarios límite, ¿aceptarían quienes defienden el aborto prohibirlo en los demás casos? Normalmente la respuesta es negativa, lo que demuestra que el centro del desacuerdo no está en las excepciones, sino en el principio mismo.
Un argumento más sostiene que la única violencia legítima es la que protege a los vulnerables. En esa lógica, la vulnerable sería la mujer, no un cúmulo de células. No obstante, una vez admitido que el embrión es un ser humano (perteneciente a la especie biológica Homo sapiens), el razonamiento se vuelve en contra: ¿quién es más vulnerable que él? No tiene voz, ni fuerza, ni protección alguna. Si de proteger al más débil se trata, él debería ser el primero.
También se apela a los riesgos del embarazo y el parto: desde secuelas permanentes hasta la posibilidad, aunque rara, de la muerte. Se insiste en que nadie debería estar obligado a asumirlos contra su voluntad. Una analogía que se suele proponer es la de quien no se lanza a un río para rescatar a un desconocido que se ahoga; quizá sea cobarde, pero no comete un crimen. Ahora bien, el aborto no equivale a «no rescatar», sino a causar directamente la muerte. Nuestra intuición moral distingue entre omitir auxilio y matar. Admito que hay un caso límite: cuando la vida de la madre corre un peligro cierto e inminente por el embarazo y salvarla supone la muerte del hijo. Es una decisión trágica, comparable a un cálculo de guerra: peor perder dos vidas que una. Fuera de esa circunstancia extrema, la situación no es la de alguien que no rescata, sino la de alguien que elimina.
Se suele decir también que, al sostener estas ideas, se trata a la mujer como un medio para un fin, como un objeto, una incubadora. Este reproche se disuelve con un experimento mental sencillo: imaginemos que existiera una incubadora artificial capaz de acoger a un embrión desde sus etapas más tempranas. La mujer que no quisiera gestarlo en su cuerpo podría transferirlo allí sin dañarlo. Quienes defendemos la vida estaríamos completamente de acuerdo con esa solución, porque lo que nos importa no es que el embrión sea «incubado» dentro del vientre, sino que no se lo mate.
Ahora bien, este experimento revela algo más profundo: si aún con esa tecnología muchas personas siguieran defendiendo la posibilidad del aborto, sería porque el verdadero problema no es el embarazo en sí —ni sus incomodidades ni sus dolores—, sino la responsabilidad de criar a un ser humano. El debate se sinceraría si lo admitiéramos. Lo que más pesa no es la gestación, sino lo que viene después. Esto se ve, de manera muy clara, en la actitud de muchos padres (hombres) que presionan o incluso coaccionan violentamente a sus parejas para que aborten. Ellos no tienen que sufrir la gestación ni los dolores del parto y, pese a ello, son muchas veces los primeros interesados en que ese hijo no nazca. Es evidente que la motivación principal no suele ser el embarazo en sí, sino evitar hacerse cargo de un hijo.
Por eso quiero dejar claro lo siguiente: la postura provida no tiene intención de convertir a las mujeres en incubadoras. En cambio, del otro lado del debate, la tendencia es la de deshumanizar al embrión. Esto se nota en expresiones comunes para referirse al embrión humano como una cosa: por ejemplo, «un puñado de células». Ese lenguaje revela mucho: antes de justificar su muerte, se le borra la condición de alguien. Se dice, además, que la conciencia o la sensibilidad son criterios para definir la humanidad. Eso llevaría a consecuencias aberrantes: un recién nacido no tiene todavía conciencia plena y muchas de sus capacidades se desarrollan después, en interacción social. ¿Dejaría de ser humano por eso?
No pido unanimidad sobre el aborto. Pido, al menos, preservar la condición mínima del diálogo…
El argumento de la clandestinidad también se escucha con frecuencia: que el aborto debería legalizarse porque, de todas formas, se practica igual. La historia demuestra lo absurdo de ese razonamiento. En Estados Unidos, durante décadas, se linchó a personas negras de manera sistemática, aunque la ley lo prohibía. ¿Hubiera sido un buen argumento decir que, como se hacía de todas formas, debía legalizarse? No. La ilegalidad expresaba un principio moral irrenunciable. Lo mismo ocurre con el aborto: el derecho no se construye a partir de lo que de hecho ocurre, sino de lo que consideramos digno de protección.
Lo digo, además, desde la experiencia personal. Yo pensaba igual que muchos de quienes hoy defienden el aborto. No obstante, reflexioné, debatí y me di cuenta de que estaba equivocado. Llegué a mis propias conclusiones, que no son idénticas a las de otros provida. Kirk, por ejemplo, sostenía sus ideas desde la fe cristiana; yo soy ateo. Desde una visión atea, el aborto es aún más grave: no destruye solo un cuerpo, sino toda posibilidad de que ese ser desarrolle una mente individual. El creyente puede pensar que el alma sobrevive; el ateo sabe que ahí se acaba todo.
Hay un último argumento que sorprendentemente casi nunca se escucha en el feminismo contemporáneo. Aproximadamente la mitad de los embriones abortados son mujeres. Desde la fecundación, el sexo ya está determinado y se puede identificar con una muestra de ADN. Defender el aborto, por tanto, es eliminar también —y en la misma proporción— vidas femeninas. ¿No debería eso, al menos, hacernos detener un momento?
Vuelvo al comienzo: ¿qué tiene de violento sostener públicamente la postura provida? Defender que el no nacido es un ser humano al que no se lo debe matar no es incitación a la violencia. De hecho, muchos que piensan así no consideran criminal a la mujer que aborta, sino víctima de presiones o de abandono. Se condena el acto de eliminar una vida, no a la mujer que lo sufre. Llamar «misógino» o «fascista» a quien sostiene esta posición no es refutarlo; es preparar el terreno para silenciarlo.
Y aquí aparece la lógica del fanatismo, siempre la misma. El adversario deja de ser un alguien con razones para convertirse en un eso con una etiqueta: bruja, gusano, enemigo del pueblo, fascista. Una vez cosificado, se vuelve sacrificable. Así se justificaron hogueras, linchamientos, purgas y, ahora, asesinatos políticos. Cuando el otro deja de ser alguien, la bala aparece como un desenlace «natural».
No pido unanimidad sobre el aborto. Pido, al menos, preservar la condición mínima del diálogo: reconocer al otro como persona. Defiendo que el embrión es un ser humano y que su vida merece la máxima protección, con la única excepción trágica en que peligre la vida de la madre. Otros discreparán. Bienvenido el debate. Lo que no es aceptable es convertir al que discrepa en un monstruo. Ahí empieza la caída de la civilización: cuando la palabra se sustituye por la piedra, el argumento por la etiqueta, la objeción por el tiro.
La civilización no se mide por el consenso, sino por la capacidad de discutir sin matarnos. Discrepar es legítimo. Deshumanizar, no. Si creemos todavía en la vida en común, sostengamos, al mismo tiempo, dos verdades: que toda vida humana —también la más pequeña— merece protección y que todo adversario —también el que más nos indigna— merece trato de ser humano. Lo demás es barbarie.




