Con pocas excepciones, los filósofos han tenido poco que decir sobre la ropa. Tal vez esto se deba a que el tema parece frívolo o femenino, indigno de la atención de una colección predominantemente masculina de pensadores.
Quizás también influya el carácter efímero de la moda y el hecho de que la ropa pertenezca —literalmente— al dominio de la mera apariencia. En A Philosopher Looks at Clothes, un libro atractivo e informativo, Kate Moran, profesora de filosofía en la Universidad Brandeis (EE.UU.), nos invita a reconsiderar esta postura.
Como señala Moran, la ropa ocupa un lugar central en la vida. Cada día nos vestimos, decidiendo cuántas capas usar y si necesitamos un abrigo —¿o bastará con un cárdigan?—. Observamos críticamente las elecciones ajenas (“¡Dios mío, esos zapatos!”). Nos preguntamos cómo estar a la altura del desafío de una inminente fiesta con temática eurovisiva.
Desde un punto de vista histórico, nuestro recurso específico como especie al uso de ropa se remonta a las primeras sociedades humanas. En el tiempo mítico, comienza con el descubrimiento de Adán y Eva —con vergüenza— de que estaban desnudos. Si la moda es transitoria, la ropa en sí no lo es.
La ropa, nos dice Moran, cumple tres funciones básicas: protección, pudor y adorno. Estas funciones, de inmediato, plantean preguntas de profundo interés filosófico. ¿Son todas igual de importantes? ¿Por qué, a lo largo de la historia humana, nos hemos negado a conformarnos solo con la protección, deseando, por ejemplo, que un sombrero tenga cierto color o forma? ¿Hasta qué punto nuestras elecciones decorativas expresan nuestra identidad personal? ¿Puede la ropa calificarse alguna vez como obra de arte? ¿Por qué el pudor sigue siendo una preocupación constante, si todos conocemos ya los contornos del cuerpo desnudo?
En muchos contextos —y especialmente hoy en día— la ropa invita a evaluaciones éticas y políticas. La vestimenta comunica una gran cantidad de información sobre nosotros, incluyendo nuestra posición social y las causas que apoyamos.
Podemos explotar esto conscientemente, eligiendo lucir una prenda evidentemente costosa o llevar la bufanda de nuestro equipo de fútbol. En otros casos, los significados se imponen. Los uniformes forzados en los prisioneros, por ejemplo, enfatizan la subordinación y borran su individualidad.
De forma conmovedora, la investigación sobre la historia textil ha revelado una veta de resistencia incluso en los cautivos más maltratados. En los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, algunos prisioneros modificaban sus uniformes, los remendaban o les añadían bolsillos. Como observa Moran, estas acciones no eran solo prácticas; también buscaban “recuperar cierto sentido de identidad y dignidad”.
En la brillantemente concebida serie de Cambridge University Press a la que pertenece este título, cada autor aborda un tema general desde una perspectiva filosóficamente informada y, al mismo tiempo, personal.
Necesitamos más libros como estos, para contrarrestar la arraigada pretensión de desinterés en la filosofía. (Nietzsche, excepcionalmente, supo verlo y denunció a los filósofos como “abogados que no quieren ser vistos como tales… astutos portavoces de prejuicios que bautizan como ‘verdades’”).
El conocimiento del significado que tiene el tema para la vida de la autora enriquece la experiencia imaginativa del lector. Describiéndose a sí misma como una “entusiasta aficionada” que cose su propia ropa, Moran ofrece una dimensión adicional a su análisis de la industria de la moda actual y de sus escandalosos costos ambientales.
El lector sabe que la propia Moran ha encontrado una alternativa. Esto da cierto peso a su juicio de que, por muy inútil que pueda parecer que una sola persona se baje del autobús de la moda rápida, “existe una diferencia moral importante entre ser ineficaz y ser inocente”.
Moran muestra cómo muchas áreas de la filosofía pueden iluminar el fenómeno de la ropa: no solo la ética y el pensamiento político, sino también la estética, las teorías de la comunicación, de la identidad personal, del género y de la apropiación cultural.
Para lectores no familiarizados con la filosofía académica, estas exploraciones ofrecen una vía de entrada a un rico paisaje conceptual. En el camino, se nos presentan multitud de datos fascinantes. ¿Quién habría adivinado que el rosa no siempre fue para las niñas, ni el azul para los niños? Y también hay imágenes. Mi favorita fue el “vestido de la venganza” que usó la princesa Diana en una cena de gala en medio de su conflicto con Carlos, en una jugada exitosa para desviar la atención de la prensa de su aparición televisiva.
Este artículo ha sido publicado por The Conversation en inglés.




