No es ajeno a nuestra subjetividad contemporánea el tener que enfrentarnos a la soledad que provoca la sobreabundancia de imágenes. En el ecosistema digital, la imagen no solo nos representa, sino que configura nuestra apertura al mundo y nos acompaña como si fuera una extensión sustancial de la existencia. En este contexto, el libro de Ramsés Radi, La autonomía de los no-vivos: la imagen como representación productiva en la cultura digital (Dialektika, 2021), propone una reflexión incisiva sobre el modo en que las imágenes y los datos constituyen la ontología del presente. Radi no se limita a examinar el estatuto estético de la imagen, sino que explora su función productiva, su papel en la constitución del sujeto y la paradoja de su aparente autonomía.
«La fotografía, como forma masiva de apropiarse del acontecimiento y de la experiencia por parte de las masas, ha propiciado un discurso vacío y fragmentario» (Radi, 2021, p. 17). Esta observación marca el punto de partida de una crítica que no se detiene en la superficie técnica del fenómeno, sino que se adentra en su dimensión ontológica: la imagen como operadora del sentido. Radi entiende la cultura visual contemporánea como un sistema que organiza valores, emociones y estéticas en torno a la lógica del mercado y la atención. En ella, la representación ya no es solo mediación, sino producción activa, que se constituye en el acto mismo de mostrarse.
El autor identifica en esta dinámica el origen de una nueva servidumbre: la de la visibilidad. La imagen digital, liberada de su vínculo material, adquiere una autonomía paradójica que le permite circular y actuar más allá de la voluntad de quien la crea. En ese desplazamiento, el sujeto, ya devenido cliente-usuario, cede su agencia a la máquina de representación que lo performa. Así emerge lo que Radi llama «la autonomía de lo no-viviente»: la capacidad de los entes técnicos para generar sentido, movimiento y presencia sin requerir vida orgánica. Este giro introduce una pregunta decisiva para la filosofía contemporánea: ¿qué significa ser en un mundo donde, aparentemente, las imágenes actúan, producen y deciden?
El primer capítulo, «Producción, homogeneidad y vigilancia», aborda la función estructurante del big data como arquitectura del nuevo orden ontológico. El dato, escribe Radi, no es solo la unidad básica del sistema técnico, sino la forma en que se expresa un capitalismo de atención, donde la información sustituye a la experiencia y la vigilancia se vuelve interiorizada. El sujeto digital, lejos de emanciparse, se convierte en colaborador activo de su propia explotación. Cada gesto, cada interacción y cada clic alimentan el circuito de control y predicción que sostiene al sistema. La economía de la atención no solo mercantiliza el tiempo, sino también la percepción y el deseo. En esa misma línea, Radi anticipa las consecuencias que hoy observamos en la expansión de la inteligencia artificial: automatización del juicio, mercantilización del yo y reducción del pensamiento a un algoritmo predictivo.
En «La conquista de la representación», Radi analiza el fenómeno de la autorrepresentación y su función dentro del mercado de las imágenes. Fotografiarse —dice— es un acto de escisión: el sujeto se desdobla para existir ante la mirada de los otros. En este gesto se produce una mutación: el individuo se convierte en mercancía. Lo que aparenta ser un acto de libertad se revela como una práctica regulada por la lógica de la visibilidad y del deseo social. «El sujeto ha de generar un estímulo visual para poder reafirmarse mediante la observación. Y es la masa la que decide cuáles de estas representaciones son las más deseadas» (p. 29). La mirada colectiva sustituye así a la experiencia del reconocimiento.
Radi recupera aquí la intuición de Guy Debord según la cual «el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes» (Debord, 1970, p. 3). Lo que Debord diagnosticó en los años sesenta como alienación espectacular se ha convertido, en la era digital, en una forma de vida estructural. La mediación visual, ahora multiplicada por la inteligencia artificial, no solo distribuye imágenes sino que produce ontologías: define qué puede ser visto, quién puede ser visible y bajo qué condiciones. El poder ya no reside en la mirada humana, sino en el algoritmo que la ordena.
Otro eje central del libro es la instrumentalización del arte y la descentralización de la belleza. Radi sostiene que los dispositivos digitales han disuelto las jerarquías tradicionales del gusto y la estética, extendiendo el imperativo de visibilidad a todos los ámbitos de la experiencia. «Se ha producido una descentralización de la belleza, y esta no queda limitada a la localización física del sujeto o a la convención de grandes estrellas y espectáculos restringidos a una élite» (p. 34). La democratización estética, sin embargo, encierra una trampa: bajo la ilusión de participación, el sujeto se somete a un régimen de constante autoexposición. La visibilidad se transforma en el nuevo capital simbólico, y el valor artístico se mide por la cantidad de reproducciones, likes o seguidores.
El capítulo «La pantalla como mediadora de la experiencia natural» ofrece una de las reflexiones más potentes del libro. Radi advierte que «todas nuestras experiencias han quedado mediadas por la pantalla» (p. 37), y que esta mediación ha modificado la estructura misma de la vivencia. Ya no se trata de representar la realidad, sino de sustituirla por su registro. La pantalla es el lugar donde el acontecimiento se vuelve imagen antes de ser vivido. Así, la experiencia se convierte en una experiencia de nada: una saturación de estímulos sin profundidad, una realidad que se muestra infinitamente para no ser sentida.
En palabras del autor:
«Lo que ocurre en nuestras redes sociales ya sea Facebook, Instagram, Snapchat o TikTok es siempre lo mismo-diferente. ¿Dónde está la relevancia de los hechos cuando caducan instantáneamente y los deseos se superponen unos a otros en un flujo constante de información?» (p. 47).
Este diagnóstico se prolonga en «Autoexplotación, identificación, deseo y libertad de elección». Aquí Radi examina el núcleo ideológico del neoliberalismo digital: la ilusión de libertad. Elegimos, sí, pero dentro de un marco algorítmico que ya ha decidido por nosotros. La llamada autonomía del usuario se convierte en una sofisticada forma de servidumbre voluntaria. El sujeto contemporáneo, creyéndose libre, reproduce las condiciones de su propia dominación. La economía del deseo digital funciona sobre esta base: transformar la libertad en consumo y el yo en mercancía.
En «Interconectividad, incertidumbre y comunidad», el autor aborda el fenómeno de las «muchedumbres solitarias»: colectivos de individuos conectados pero aislados, donde la interacción no genera comunidad, sino circulación. No se comparte experiencia, sino visibilidad. La red, más que un espacio de encuentro, es una vitrina en la que el yo se fragmenta en múltiples versiones de sí mismo: el perfil profesional de LinkedIn, la agresividad anónima de Twitter, la positividad o erotización de Instagram. Cada máscara responde a un nicho de mercado. La multiplicidad de identidades digitales no amplía la libertad, sino que la fragmenta; el yo se convierte en una interfaz, un nodo intercambiable dentro del flujo de atención.
Radi formula aquí una idea decisiva: el sujeto del presente no es ni el individuo del humanismo clásico ni el hombre sin atributos del estructuralismo, sino un sujeto «mutilado en su popularización». La sobreexposición no produce presencia, sino vacío. En este contexto, la obra aborda uno de los temas más perturbadores de la cultura digital: la estetización del sufrimiento. La depresión, la ansiedad o el trauma se transforman en contenido visual, en símbolos de autenticidad que el mercado absorbe y explota. La vulnerabilidad se convierte en una mercancía más, celebrada por el mismo sistema que la produce. En lugar de emancipar al sujeto, la visibilización del dolor consolida su alienación: sufrir se vuelve rentable, y confesar se transforma en una obligación moral.
El libro culmina con «El voyeurismo y la ilusión de anonimato», donde Radi examina la metamorfosis del deseo de mirar en el entorno digital. La pantalla sustituye al ojo en la cerradura: ya no observamos desde el secreto, sino desde el acceso total. «El acceso es sinónimo de una propiedad que no pesa; es el hallway de un hotel interminable donde no hace falta mirar por el ojo de la cerradura porque todas las puertas han quedado abiertas o entornadas» (p. 61). Sin embargo, el sujeto que cree dominar el objeto con su mirada termina siendo dominado por el propio mecanismo de atención que activa. Cada visualización alimenta la maquinaria algorítmica que lo observa, registra y perfila. La paradoja del voyeurismo moderno es que, al intentar controlar el objeto, el sujeto se convierte en dato. La mirada ya no libera: optimiza el consumo.
La autonomía de los no-vivos no ofrece recetas ni moralinas, sino un mapa lúcido de las condiciones de posibilidad del yo digital. Radi nos enfrenta con la evidencia de que la imagen no solo nos representa sino que nos produce. Su ensayo, riguroso y ágil, entrecruza filosofía, estética y crítica cultural para descifrar las formas contemporáneas de alienación, pero también para recordarnos que la libertad, si aún existe, tal vez comience en el acto de interrumpir la mirada.
Referencias
Debord, G. (1970). Society of the Spectacle. Black and Red.
Radi, R. (2021). La autonomía de los no-vivos: la imagen como representación productiva en la cultura digital (1.ª ed.). Dialektika. https://doi.org/10.51528/dk.9781954987104




