Soltar amarras, un elogio del tránsito 

Por julio 4, 2026
Pintura de James McNeill Whistler, The Angry Sea

Imagen: James McNeill Whistler, The Angry Sea, 1883/1884. Smithsonian National Museum of Asian Art. Dominio público, CC0.

La ambición de levar anclas y hacerse a la mar. ¡Qué bella metáfora! 

Una vez que nuestro paisaje mental se vuelve monótono, sin sorpresa ni descubrimiento en ciernes, hacerse a la mar representa la única elección posible para mantener la vitalidad. Soltar amarras para vivir en ese mar que nos recuerda, en su vasto horizonte de niebla, lo insignificante que es nuestra vida si la comparamos con el océano infinito. 

Nunca se sabe dónde acabaremos a merced de las circunstancias y del azar. Quizá nos desviemos del rumbo previsto. El mar es impredecible y hace que nos apartemos de la lógica. ¡Qué placer sentirse a la deriva, sin sospechar siquiera hacia qué puertos nos conducirá la corriente! Ese mar indómito, que ningún déspota puede someter, ni siquiera el propio Jerjes. Contaba Heródoto cómo, en las guerras médicas, una gran tormenta desarmó el puente tendido sobre el Helesponto, entre Abidos y la costa opuesta: 

Jerjes se enteró, lo llevó muy a mal y mandó castigar al Helesponto con trescientos azotes y arrojar al mar abierto un par de grilletes. También oí decir que incluso llegó a mandar gente a que marcara el Helesponto con hierro candente. Basta: él encargó que mientras lo azotaban le dijeran estas palabras bárbaras y propias de un loco: ‘Tú, agua amarga, el señor te impone este castigo porque lo has injuriado sin haber sufrido de parte de él ninguna injusticia. Tanto si quieres como si no, el rey Jerjes te pasará. Y a ti te cruzará, con toda razón ningún hombre te ofrece sacrificios, porque eres un agua sucia y salada’. 

El mar cuyas profundidades eran el refugio de ese enemigo de la sociedad y de la humanidad llamado capitán Nemo. ¡Qué fantástica nostalgia la de imaginar que nuestro futuro será surcar los mares en el Nautilus, con su inmensa biblioteca de doce mil volúmenes y una fantástica colección de arte! 

¿Qué esperar de la vida sin esos viajes que nos enfrentan a costumbres diferentes, a otras formas de ser? Para quienes imaginen que nuestros recorridos tienen un propósito como destino, recuerden siempre que el Pequod, el navío que pide venganza por Moby-Dick, es la metáfora perfecta de cualquier vida. Repleta de sorpresas, de variaciones, de casualidades, pero con un rumbo inexorable hacia el destino trágico. Cada uno es, a su manera, tripulante del Pequod

Todos esos viajes están repletos de peligros, acechanzas, celadas y oprobios. Una vida sin miedo no es más que una sucesión continua de días iguales, sin sobresaltos. De ahí esa añoranza de aventura, de fugarse de lo correcto y tedioso, como trató de hacer Madame Bovary (1857), descrita minuciosamente por Flaubert: «La suya era una vida fría como un desván cuyo ventanuco da al norte; y el aburrimiento, araña silenciosa, hilaba su tela en la sombra, en todos los rincones de su corazón». 

Pongamos los relatos de viaje de Mark Twain. No importa que se mezclen verdad e invención: las peripecias, a fin de cuentas, siempre ocurren casi como las hemos contado. Además, Twain nos decía que «viajar es nefasto para el prejuicio, la intolerancia y la estrechez de miras; y muchos de los nuestros lo necesitan desesperadamente por este motivo». 

El viaje de Twain de Misuri a Nevada, planeado inicialmente para tres meses, se extendió durante nueve años. Siempre en mente el destino, siempre en el alma la travesía. 

En la parte final de Huckleberry Finn, Tom Sawyer y Huck se aprestan a liberar al esclavo Jim. Podrían hacerlo de una manera sencilla, pero resulta que es la dificultad extrema lo que otorga dramatismo y valor a la vida. Una huida sin pena ni gloria no vale nada, y, si no hay obstáculos de calado en el devenir de la historia, inventamos cuantos sean precisos. La exploración del viaje requiere resistencias; de lo contrario, ¿para qué iba Huck a molestarse en escribir un libro que le parecía aburridísimo de escribir? 

En realidad, el ansia de viaje proviene de ese impulso infantil hacia el descubrimiento. Nace de la curiosidad y de la lucha contra el aletargamiento y la melancolía. 

Y a veces esos desplazamientos no son corporales, sino mentales. Ocurre algo semejante cuando imaginamos o leemos. En 1881, con apenas veinte años, Robert Louis Stevenson comenzó a escribir su primera novela, Treasure Island. En las Highlands escocesas, concretamente en Braemar, un verano frío y lluvioso obligó a su familia a permanecer más de lo deseable en el interior de una casa en la campiña. A falta de viajes y extensas caminatas, el pasatiempo consistió en imaginar una isla desierta, la isla del Esqueleto, y las aventuras de Jim Hawkins y el pirata John Silver. ¿Sería una historia para niños? Quienes sostengan tal disparate se equivocarán por completo en el juego desventurado de la vida. Tan serios, tan prosaicos, tan viejos. 

En realidad, el ansia de viaje proviene de ese impulso infantil hacia el descubrimiento. Nace de la curiosidad y de la lucha contra el aletargamiento y la melancolía. Y, si no podemos recorrer el espacio con nuestros cuerpos, inventamos sin reparos geografías y personajes, una vida alternativa. Los imaginaremos para surcar el infinito. De ahí que el océano represente las aspiraciones de inmensidad que todo nómada ha de intentar explorar.  

Así era como daba comienzo el relato de Ismael en Moby-Dick

Cada vez que me sorprendo con una expresión de tristeza en la boca que va en aumento; cada vez que un húmedo noviembre de lloviznas anida en mi alma; cada vez que me descubro deteniéndome involuntariamente ante ataúdes, y siguiendo a cualquier funeral con que me encuentro; y especialmente si la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un sólido principio moral para no salir a la calle y derribar metódicamente los sombreros de los transeúntes, entonces, comprendo que ha llegado la hora de hacerme a la mar cuanto antes.

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