Los fantasmas de Jorge Teillier 

noviembre 30, 2025
Representación de la obra de Teillier y la nostalgia en sus obras
Fotografía de Pierre Bamin en Unsplash

«Para hablar con los muertos
hay que saber esperar:
ellos son miedosos
como los primeros pasos de un niño.
Pero si tenemos paciencia
un día nos responderán
con una hoja de álamo atrapada por un espejo roto,
con una llama de súbito reanimada en la chimenea,
con un regreso oscuro de pájaros
frente a la mirada de una muchacha
que aguarda inmóvil en el umbral…»

Así leía y volvía a leer hace unos días los versos del poeta chileno Jorge Teillier. Y trataba de recordar las sensaciones que me invadieron cuando di por casualidad con uno de sus libros. Fue hace muchos años. Una noche solitaria, cuando me veía luchando para sobrevivir en un país extranjero y estaba lejos, lejos de lo que una vez había sido mi casa. Esa noche, los versos de aquel escritor me decían que no todo podía estar perdido, mientras fuera capaz de retener esas imágenes, esas experiencias originarias. Me pareció escuchar el amanecer en medio de una poesía que me arrastraba al País de Nunca Jamás, a una isla más profunda y sencilla que la de Peter Pan y los niños perdidos. Versos como: «Eso fue la felicidad: dibujar en la escarcha figuras sin sentido sabiendo que no durarían nada…» 

La vida de Teillier (1935-1996) estuvo siempre poblada de fantasmas: fantasmas de perros, niños, pájaros, cosas y personas; también, por supuesto, estuvo marcada por el fantasma de su poesía y de los cimientos de Lautaro, su pueblo natal, al que regresó en 1987 para encontrar «los poemas escondidos que pudieran quedar», según sus propias palabras 

Teillier no leía, releía, lo cual es un ejercicio siempre de sabios. 

Teillier nunca salió de Chile. No necesitaba los viajes físicos. 

Teillier no escribía poemas, los veía. 

Teillier no escribió diferentes poemas, escribió un único poema durante toda su vida.  

Teillier es el último romántico de la poesía latinoamericana, en el sentido más profundo de lo que significa el romanticismo. En el sentido de Rilke y Heinrich Heine. En el sentido de la nostalgia de una infancia detenida porque se ha corrompido para siempre, y de la huella frágil del amor adolescente porque se ha perdido el rastro de los pasos que la hicieron posible; en el sentido de buscar en la tierra, en la vida rural de la gente sencilla y sus comidas y sus miedos, la forma de un lugar que ya no es, pero que se vive día tras día. Quizás por eso, en la entrevista que realizó para La belleza de pensar, nos dice que es un hombre que vive en el presente como si fuera el pasado.  

La obra entera de Teillier es una forma de desesperanza para alcanzar como fin último la esperanza. Es un pestañazo único para acercarnos a ese lugar puro y simple, para tener ante nosotros ese mundo que todos tuvimos una vez y al que ya nunca volveremos. Es el universo de fantasmas amables situado en los confines, en los aires rurales, en las fronteras de las provincias. De ahí que decidiera pasar los últimos días de su prematura vida en una región apartada de Valparaíso, y bautizara a su poesía —‍‍siguiendo los pasos de su admirado Rilke— como lárica, es decir, una poesía de los lares y las fronteras.  

Ahora todos escriben poesía. Cualquiera puede tener un poemario —publicado o autopublicado, es igual—, pero muy pocos, poquísimos, son verdaderos poetas, es decir, poetas con mayúsculas. Sujetos que ven cómo su vida es arrastrada por una imagen, un grupo de fantasmas, una gestualidad inútil o un desorden inexplicable de los sentidos, como dijera Rimbaud. Almas frágiles que se atreven más de una vez, en el interior de «los trenes de la noche», a reinventar el amor. 

Dejo, para cerrar, otro de sus versos, un haiku que nos devuelve la mirada desde el otro lado del espejo, como solo el Poeta puede hacerlo: 

«Nieva y todos en la ciudad quisieran cambiar de nombre». 

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