¡De Quincey Forever!

junio 1, 2025
Thomas de Quincey

Thomas de Quincey, por John Watson Gordon (c.1845). Óleo sobre lienzo, 127.3 x 101.3 cm. Colección de la National Portrait Gallery, Londres. Imagen cortesía de Art UK.

(…) Vuelve a soñar, De Quincey.

Teje para baluarte de tu isla

redes de pesadillas.

Que por sus laberintos de tiempo

erren sin fin los que odian.

Que su noche se mida por centurias, por eras, por pirámides,

que las armas sean polvo, polvo las caras,

que nos salven ahora las indescifrables arquitecturas

que dieron horror a tu sueño.

Hermano de la noche, bebedor de opio,

padre de sinuosos períodos que ya son laberintos y torres,

padre de las palabras que no se olvidan,

¿me oyes, amigo no mirado, me oyes

a través de esas cosas insondables

que son los mares y la muerte?

A cierta sombra, J. L. Borges, 1940

Sir Thomas de Quincey en realidad nunca fue nombrado “sir”, pero lo mereció al menos tanto como losBeatles, que lo recibieron de la reina más fumados de hierba que el Gran Jefe Sioux. Porque De Quincey era un perfecto caballero inglés, lo cual no quita, sino al contrario, para que fuera perseguido por deudas o para que fuera tan aficionado como lo era a viajar a lomos del láudano. Autor del primer romanticismo inglés, y de entre los más prometedores, perteneció a la estela de grandes literatos como el lexicógrafo Samuel Johnson o su amigo personal, el gran poeta Samuel Taylor Coleridge -por lo que, para los lectores habituales de Borges, y por tanto también de Chesterton, sin duda será bien conocido, al tratarse de uno de sus autores predilectos.

Con Borges De Quincey compartió la admiración por los grandes sistemas filosóficos -él mismo estudió con suma penetración la filosofía kantiana, así como la economía política antes que Marx….-, y con el segundo el gusto por el ensayo profundo sin perjuicio de humorístico. Tal vez su texto más conocido en este sentido sea Del asesinato como una de las bellas artes, que está traducido y publicado en varias ediciones distintas, de las cuales la más querida para mí es la de Alianza.

De Quincey escribió unas cosas con más gana que otras, porque tenía muchos hijos que mantener y mucho opio que consumir, pero en esta se sobró ampliamente. La primera parte, ensayística, por así decirlo, es buena, muy buena[1], pero la segunda, más descriptiva y dramatúrgica, es sencillamente superior. Se especula con que el mismísimo Edgar Allan Poe habría leído tiempo más tarde esta obrita y de ella habría obtenido lecciones de narrativa de terror psicológico. El propio Sir Thomas, en su ensayito Los golpes a la puerta en Macbeth, había ya conjeturado acerca de esa suerte de umbral dimensional que se abre para dar paso al torvo y abyecto mundo del crimen, y de como una vez cerrado este la vida cotidiana sigue su curso, sin quedar afectada o emponzoñada por él.

No obstante, yo preferiré siempre ese par de libritos de autorrevelación, que muestran y velan al mismo tiempo, que juntos no dan para más de 150 páginas, pero que contienen tanto arte y excentricidad como una chinioserie de las que tanto gustaron en la época: Confesiones de un inglés comedor de opio, y la que pasa por ser su segunda parte, cuando es más bien su profundización, Suspiria de profundis. Dos textos increíbles, inclasificables, hermanados, posmodernos avant la lettre, tan íntimos como distantes, tan sublimes como prosaicos, tan serios como irónicos, tan llenos de pathos como de alegría, tan sentidos como fingidos… Charles Baudelaire los adoraba, y lo cierto es que uno los relee una y otra vez y puesto que eres incapaz de recordar lo que venía después, vuelven a sorprenderte. Cuentan con tantos niveles y matices de lectura que, pese a contar ya doscientos años, el lector capta intuitivamente todos ellos, y los goza por igual en un deleite casi prohibido. El opio, en aquellos años, sin embargo, no estaba prohibido, al contrario, se podía comprar libremente en las boticas. A Antonio Escohotado -que, por supuesto, había leído a De Quincey y le glosa en su Historia general de las drogas– le gustaba contar que en la Roma antigua, la “urbe eterna”, había tantas tiendas que expedían opio como panaderías, y que pese a ello no parece que exista en latín la palabra “opiomano”… Sabemos también, recientemente, que en aquellos mismos tiempos los soldados de ambos bandos, legionarios y bárbaros, usaban substancias para insuflar valor en la batalla, y lo sabemos porque es el único uso posible que le pudieron dar a una especie de curiosas cucharillas que llevaban colgadas del cinturón y que se han hallado viejas y herrumbrosas[2]. Pero claro, Sir Thomas era un romántico, no un guerrero, así que usaba el opio para aliviar sus dolencias y también para tener visiones, visiones miríficas que nos evoca con su pericia de poeta. Coleridge, su amigo del bello apellido[3], también era “comedor de opio”, y eso explica la perfección de su poema Kublai Khan, que él atribuía al sueño, pero que no es difícil sospechar que se trató de un sueño especial e inducido por el opio.

Ignoro si De Quincey había leído el espléndido Vathek de William Beckford, pues parece que sus descripciones de las vastedades abiertas por el opio tengan algo de ese gusto orientalizante, casi pagano, por las fragancias, melodías y colores exquisitos de la región de las especias. De Quincey fue un señor frágil -a tenor de sus retratos-, y a la vez fuerte, lo suficiente como para entender perfectamente que una cosa son las excursiones del espíritu y otra muy distinta la vida real, en la que, como dije, daba de comer a ocho o nueve hijos. En este aspecto le encuentro mucho más honesto y equilibrado que los que vinieron después, esos alemanotes a los que el romanticismo se les fue de las manos y que entendieron la imaginación del artista como el doblete de la Naturaleza (Schelling), o como el eufórico regreso a Grecia (Hölderlin)[4] -en Francia, el disparate fue protagonizado por Arthur Rimbaud, quien mantenía muy en serio que la poesía es videncia.

No, De Quincey era demasiado listo, y demasiado inglés, como para no ser consciente de sí mismo. El propio título Del asesinato como una de las bellas artes es claramente una burla cariñosa acerca del propio romanticismo, así como también una apelación a ese recién descubierto más allá a que conducen las drogas y la vida bohemia. De hecho, el opio muestra bien a las claras que las verdaderas visiones son previas a la palabra del poeta. De Quincey fue un escritor que hasta cuando contaba penas profundas mantenía un talante ri-sueño, porque los ri-sueños, ri-ueños son… En esto me recuerda bastante a Joaquín Sabina, con quien no puede tener mucho que ver, y sin embargo (una adversativa por cierto muy sabiniana…) ambos tienen esa cualidad tan sutil de conseguir hablar de tú a su audiencia incluso cuando están hablando de sí mismos. 

Confesiones y Suspiria son dos epístolas que De Quincey escribió tan sólo para ti, lector, y se leen como en sabrosa confidencia. No obstante, Sir Thomas de Quincey era capaz también del gran estilo, de esos sinuosos períodos que ya son laberintos y torres que le atribuía Borges en el epígrafe. Veamos uno, en El coche correo inglés, otra pieza de nuestro autor con su sello inconfundible, y donde la prosa, en efecto, cabalga (se trataba de honrar al imperio británico a través del homenaje a los coches-correo, que cumplían la misión que quiso arrogarse Kevin Kostner en su fracasada película Mensajero del futuro):

No hay dignidad perfecta que no se alíe en algún punto con lo misterioso. La relación del correo con el Estado y con el Gobierno -una relación evidente, pero aún no definida de modo estricto- daba a toda la institución postal una grandeza oficial que nos era útil en los caminos y nos investía de oportunos terrores. No eran menos impresionantes estos terrores porque sus límites legales estuvieran determinados de modo imperfecto. Mirad esas puertas: ¡con qué prisa deferente, con qué ímpetu obediente, se abren a nuestra llegada! Mirad esa larga fila de carros y carreteros de enfrente, usurpando audazmente la misma cresta de la carretera. Ah traidores, todavía no nos oyen, pero tan pronto como el terrible resoplido de nuestro cuerno llegue hasta ellos con la proclamación de nuestra proximidad, ved con qué azoramiento corren hacia las cabezas de sus caballos y aplacan nuestra cólera apartándolos de nuestro paso. Se dan cuenta que su crimen es de traición; cada carretero se ve expuesto al peligro de la confiscación y de la muerte civil; su sangre queda deshonorada durante seis generaciones, y sólo falta el verdugo y su hacha, el bloque de madera y el aserrín, para completar la perspectiva de sus horrores. ¿Es que se hallará entre los privilegios del clero el retardar el mensaje del rey en el camino real; el interrumpir las grandes respiraciones, el flujo y el reflujo, la sístole y la diástole, de la comunicación nacional; el poner en peligro la seguridad de las noticias que corren día y noche entre todas las naciones y lenguas? ¿O es que cabe imaginar -por los hombres más débiles- que los cuerpos de los criminales serán entregados a sus viudas para un enterramiento cristiano? Ahora bien; las dudas que surgían sobre nuestros poderes contribuían más a llenarlos de temor, al sumirlos en la incertidumbre, que lo que podrían haber conseguido las definiciones más precisas de la ley hechas por un tribunal trimestral. Nosotros, por nuestra parte (nosotros, el correo colectivo, quiero decir), hacíamos todo lo que podíamos para exaltar la idea de nuestros privilegios por la insolencia con que los empuñábamos. Ya descansara esta insolencia en la ley que la sancionaba o en el poder consciente que prescindía altivamente de esa sanción, hablaba igualmente de una situación potencial, y el agente, en cada particular insolencia del momento, era mirado con reverencia, como alguien que tiene autoridad.

(El asesinato considerado como una de las bellas artes / El coche correo inglés, editorial Optima, págs. 111-112).


Notas

[1] Se contiene allí, además, el chiste más famoso suyo, y desde luego el más prototípico británico, ese que dice que “si un hombre se deja tentar por un asesinato, poco después piensa que el robo no tiene importancia, y del robo pasa a la bebida y a no respetar los sábados, y de esto pasa a la negligencia de los modales y al abandono de sus deberes”. O, en el inglés original: If once a man indulges himself in murder, very soon he comes to think little of robbing; and from robbing he comes next to drinking and Sabbath-breaking, and from that to incivility and procrastination (The Collected Writings of Thomas de Quincey, ed. D. Masson,1889).

[2] Como sabemos por el propio De Quincey, que lo narra en nota al pie (era un devoto de las notas al pie, no tanto, claro, como David Foster Wallace, pero sí con más gracia a mi juicio), que los primeros magnicidios en serie se perpetraron en la Persia del s. XIII con el auxilio del hachís. El propio término “asesino” proviene del árabe ‘ḥaššāšīn’, cuyo curioso significado quiere decir “adicto al cáñamo indio/hachís”. Todo ello está maravillosamente narrado en el Samarcanda de Amin Maalouf, uno de esos libros que hay que leer para ser persona.

[3] Apréciese esta maravilla en su idioma original:

Alas! they had been friends in youth;
But whispering tongues can poison truth;
And constancy lives in realms above;
And life is thorny; and youth is vain;
And to be wroth with one we love,
Doth work like madness in the brain.
And thus is chanced, as I divine,
With Roland and Sir Leoline.
Each spake words of high disdain
And insult to his heart’s best brother:
They parted – ne’er to meet again!
But never either found another
To free the hollow heart from painting –
They stood aloof, the scars remaining,
Like cliffs which had been rent asunder;
A dreary see now flows between; –
But neither heat, nor frost, nor thunder
Shall wholly do away, I ween,
The marks of that which once hath been

[4] Más sensatos, ligeros y felices fueron, en cambio, a la manera de De Quincey, J. W. Goethe y Heinrich Heine, pero luego llegó Gottlob Fichte y lo estropeó todo: el romanticismo alemán iba a ser hipostatización estética, filosófica y política del Ich -Yo.