Friedrich Nietzsche, el asesino de Dios 

Nietzsche no solo anunció la muerte de Dios: también puso en cuestión la verdad, la moral y el lenguaje filosófico con una escritura que invita a pensar desde la risa, el juego y la creación de nuevos valores.
Por julio 13, 2026

Admítase una somera aclaración de partida: la obra de Friedrich Nietzsche contiene muchas reflexiones —misóginas, v. gr.— que pueden ser catalogadas sin titubeos como uvas podridas. Esto es totalmente incuestionable. Sin embargo, al mismo tiempo, si se observa con más detenimiento la parra, aparece ante nosotros un buen racimo de las uvas más suculentas habidas en cientos de años de pensamiento filosófico. Un racimo vinculado con la alegría y el juego, que invita a la risa como actitud primaria ante la vida. Cuando hablamos del pensamiento nietzscheano, conviene, por tanto, separar la fruta podrida de la fresca. 

Nietzsche es considerado el gran azote de la tradición filosófica occidental: el «filósofo del martillo» que desenmascara las voluntades venenosas que hay tras el cristianismo y el pensamiento filosófico. En el plano estilístico, ha legado una obra no solo hermosa por sus méritos literarios, sino también accesible, al menos en apariencia, para el lego, algo no muy habitual. 

En su obra maestra, Así habló Zaratustra, Nietzsche narra alegóricamente cómo, tras diez años de soledad en la montaña, Zaratustra decide bajar al «país de los hombres» para entregar un gran regalo. 

En el camino se encuentra con un santo que ha dedicado su vida a amar a Dios. Zaratustra, confuso, exclama: «¡Será posible! ¡Este viejo santo en su bosque no ha oído nada de que Dios ha muerto!». Con la muerte de Dios se simboliza el crepúsculo del sueño metafísico-filosófico. La ilusión de lo trascendente, de lo absoluto o de los ídolos —Dios, la razón científica, los valores morales, las ideas platónicas, la verdad…— se evapora. Lo que antaño era considerado el fundamento se muestra ahora como hueco. 

Publicidad

En el plano histórico, la ilusión de lo trascendente aflora con el inicio de la filosofía occidental, cuando Sócrates, Eurípides y, sobre todo, Platón desdeñan el mundo sensible, el cuerpo y la parte instintiva y dinámica de la vida en favor de un mundo racional inexistente. De aquellos barros, estos lodos. El cristianismo, «platonismo para el vulgo», continuó la senda de los grandes filósofos griegos al situar la hipóstasis fuera de los márgenes de la vida. La salud, la excelencia y la risa de la Grecia trágica presocrática se tornaron en una revalorización del enfermo, en la reivindicación de una igualdad empobrecedora y en el padecimiento ascético, con la divinización de las ideas estáticas y objetivas de los intelectuales. 

Dios enfermó, asfixiado por su propia compasión. Estaba muriendo, y el «más feo de todos los hombres» fue quien lo remató. No soportó durante más tiempo la compasión divina: una compasión que «carecía de pudor», «súper-indiscreta». El hombre más feo no aguantó la pena de un Dios que siempre se apiadó de él. Nadie puede soportar que «tal testigo viva». «¿Quieres dejar de mirarme así?», pensó con furia. Un día lo encontró, a Dios. Estaba, como decimos, agonizando en el claro de un bosque. Allí, en medio de esa soledad, pudo desquitarse. En ese claro lo remató. 

Más allá de la figuración, solo con la superación de la idea de Dios —la idea de fundamento o la de los valores objetivos— los seres humanos podremos zafarnos de la decadencia histórica en la que nos han metido los grandes filósofos. Este es el gran regalo de Zaratustra: sacarnos del embrollo de Platón

Übermensch es un neologismo alemán que suele traducirse como «superhombre» o «ultrahombre»; por este último se inclinó el autor italiano Gianni Vattimo. Con él, Nietzsche quiere expresar una superación: la del sujeto humano tal y como ha sido concebido por la tradición filosófica. Übermensch es aquel que ve en el mundo de las ideas un pobre reflejo del mundo terrenal, aquel que pone patas arriba el esquema platónico. 

Pero este superhombre no surge de la nada. El alemán delinea alegóricamente el recorrido desde el sujeto contaminado, el despreciador del cuerpo, hasta el glorioso Übermensch

El primero es como un camello: lleva una pesada carga que soporta con la vacua esperanza de un mundo eterno post mortem, la carga del «tú debes». El camello, con todo, podría liberarse del peso transformándose en un león que luche contra el «tú debes», contra los valores morales. Pero, aun venciéndolos, no sería capaz de crear nada, pues está desposeído de alternativas y descansa en un vacío existencial. Es una rebelión sin trasfondo. Al menos, hasta que llega la última etapa, en la que el león se convierte en un niño: un niño que es inocencia, olvido, sempiterno comienzo, juego, risa, un decir «sí» a todo. 

En la infancia, el sujeto es capaz de crear nuevos valores y de aceptar su voluntad con determinación, sin dejarse alienar por el deber. El niño representa al Übermensch: alegría, aceptación de la vida y un danzar desbordado. Vive en el aquí y en el ahora. Y si ahora llueve, si la tormenta nos ha abrazado, no queda otra que saltar alegremente en las charcas. 

La intención de Nietzsche es denunciar que la idea de fundamento tiene su raigambre en intenciones dudosas. En todas las personas está presente una voluntad de poder que consiste en un querer más. En todos nosotros existe esta voluntad. 

No se trata de un instinto egoísta, hedonista, violento o de mera supervivencia. La voluntad de poder nietzscheana describe una tendencia constante hacia la superación, un intento de mejora ligado a la actitud del niño. En cambio, la voluntad frustrada de aquellos individuos con malas intenciones —las «tarántulas», los «adoradores de la muerte», los «despreciadores del cuerpo», los «filósofos», los «cristianos»— se canaliza mediante el control del resto de voluntades y la creación de una realidad alternativa. El lenguaje filosófico es el vehículo adecuado para este propósito envenenado. 

La voluntad de poder nietzscheana describe una tendencia constante hacia la superación, un intento de mejora ligado a la actitud del niño

La moral es el látigo con el que los débiles de voluntad, incapaces de imponerse de otra forma que no sea negando este mundo, domestican a las personas excelentes, a las fuertes de espíritu. El Übermensch es, no obstante, capaz de asumir saludablemente su voluntad de poder. Es capaz de interpretar con creatividad su propio mundo, sin dejarse arredrar por el lenguaje ajeno, por atrayente que resuene. Para ilustrarlo, por aquí asoma el turbio Humpty Dumpty de Alicia a través del espejo: «“La cuestión es saber”, dijo Alicia, “si podemos hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes”. “La cuestión es saber”, dijo Humpty Dumpty, “quién manda, eso es todo”». 

En Ecce homo, obra autobiográfica, Nietzsche estima que el «eterno retorno de lo mismo» es su enseñanza más profunda y valiosa. Si a algo está encadenada la voluntad de poder no es a ningún dios ni a ningún mundo racional, sino al tiempo. 

El Übermensch no puede modificar el pasado (fugit irreparabile tempus), por lo que debe dirigir la mirada hacia el devenir por hacer. El eterno retorno de lo mismo incide en el presente, en el instante en que se halla permanentemente el sujeto. El ciclo reiterativo de lo mismo fue una perspectiva cosmológica presente, entre otros lugares, en el imaginario griego. Fue el cristianismo quien sustituyó esta interpretación circular del tiempo por una lineal que culmina, con un deje sádico, en la salvación de unos y la condena sine die de otros. 

Publicidad

El Übermensch digiere la idea del eterno retorno cuando afirma la eternidad. Ante la pregunta de si repetiría infinitamente cada instante, responde con un placentero «¡sí!», frente al no del camello, del cristiano o del filósofo, que ven este mundo como un valle de lágrimas. El Übermensch aceptaría con alegría que todo cuanto sucede se repita eternamente, ya que el placer creador, presente en la risa, es mucho más profundo que el dolor. Este, de nuevo, es el regalo de Zaratustra. 

El esquema nietzscheano es, qué duda cabe, nihilista. La muerte de Dios pregona la máscara de la nada, del sinsentido: abre el pálido telón de nuestra existencia y muestra que el escenario está vacío. El nihilismo ha corroído los viejos valores. 

Pero Nietzsche no nos abandona en este puerto de nihilismo negativo, destructor. Como hemos visto, propone una asunción alegre de la realidad. Su nihilismo es así, simultáneamente, un ocaso y un amanecer. Su aceptación invita a crear nuevas realidades, nuevas interpretaciones, nuevos valores. Frente a la pobreza de la tradición filosófica, ofrece un elogio de la salud, la vida, la fuerza, la risa, el placer, la autosuperación, la actividad, la pureza, la creatividad y el movimiento. 

Salvo ciertas excepciones, Nietzsche sacrificó el análisis conceptual del lenguaje filosófico. A cambio, expuso su crítica mayormente a través de una estética literaria. Entre las salvedades se encuentra un breve texto de enorme interés. Su génesis se remonta al verano de 1873, cuando el alemán apenas contaba con veintiocho años. Lleva por nombre Verdad y mentira en sentido extramoral, y en él se cobijan sus convicciones originales más íntimas, aquellas que modelarán toda su producción bibliográfica posterior. Vale la pena, para terminar, recalar en él. 

El intelecto humano es un medio de conservación que funciona fingiendo y engañando. Esta es la contundente premisa introducida casi de partida. El nacimiento de la sociedad acarrea el empleo del intelecto para la formación del lenguaje, que trae consigo los conceptos de verdad y mentira. Pese al habitual uso de estos términos, Nietzsche cuestiona la concepción representacionalista del lenguaje: «¿Concuerdan las designaciones y las cosas? ¿Es el lenguaje la expresión adecuada de todas las realidades?». 

No solo no se adecúa completamente al mundo, sino que el uso del lenguaje en general, y del concepto de verdad en particular, no procura en ningún caso un conocimiento puro. En todo caso, aquello que el individuo quiere son «las consecuencias agradables» de la verdad. 

El filósofo trabaja exclusivamente con palabras, puras metáforas, y no con ninguna «esencia de las cosas». Respecto de la verdad, es tajante: «¿Qué es entonces la verdad? Una banda en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos; en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que fueron realzadas, extrapoladas y ornamentadas poética y retóricamente y que, después de un uso prolongado, el pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes. Las verdades son ilusiones que se ha olvidado que lo son; metáforas gastadas y sin fuerza sensible, monedas que perdieron su cuño y que ahora no son consideradas como monedas, sino como metal». 

Dentro del edificio conceptual, abstracto, construido gracias al lenguaje, decir la verdad no es otra cosa que respetar las convenciones estipuladas. No tiene así gran mérito encontrar la verdad: «Si doy la definición de mamífero y enseguida, después de examinar un camello, declaro: “esto es un mamífero”, no cabe duda de que con esto se ha traído a la luz una nueva verdad, pero de valor limitado […]. El que procura tales verdades, en el fondo, solamente busca la metamorfosis del mundo en los hombres; aspira a una comprensión del mundo en tanto que cosa humanizada y consigue, en el mejor de los casos, el sentimiento de una asimilación». 

En consecuencia, la expresión «percepción correcta» carece de sentido: el insecto o el pájaro perciben mundos distintos, no incorrectos. Incluso las matemáticas o las leyes de la física serían expresiones lingüísticas humanas, formuladas y contrastadas a través del mundo humanizado. La percepción de regularidades naturales —de los astros o de los procesos químicos— confluye con el esquema lingüístico. Esto es provechoso, y ahí están los logros científicos para confirmarlo. El error llega con la confusión de la metáfora con la cosa en sí. Las palabras son, a la postre, la toxina que coagula en lo que se estima como verdadero o falso. 

No se me ocurre una mejor forma de culminar la exposición de Nietzsche —una forma que le resultara más irritante a este hombre, el mismísimo anticristo— que con una cita bíblica: «No es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre, sino lo que sale de ella; eso es lo que contamina al hombre» (Mateo 15:11). 

Este espacio necesita apoyo

El pensamiento crítico necesita algo más que lectores: necesita instituciones capaces de sostenerlo. Si este artículo te resultó valioso, considera apoyar a Dialektika y ayudarnos a mantener abierto este espacio editorial independiente.

Comentar

Your email address will not be published.