La digestión de Yahvé: una curiosa paradoja

Otra arista del debate sobre la forma de Dios y su supuesta semejanza con los humanos, más conocido por la expresión latina Imago Dei.
febrero 22, 2021
digestión de Yahvé

 

Dado que muchas personas asumen su fe como un preciado tesoro de cristal que se debe mantener a salvo de cualquier conmoción estimulada por el análisis racional, les ruego a todos los lectores que mantengan una posición desprejuiciada y serena mientras deslizan sus ojos por los párrafos que se presentan a continuación. Los invito a descubrir otra arista del interesantísimo debate sobre la forma de Dios y su supuesta semejanza con los humanos, más conocido por la expresión latina Imago Dei.

Mucha tinta y bioquímica neuronal han invertido los pensadores durante siglos en el esfuerzo de esclarecer cómo es la forma del dios bíblico. Ireneo, Filón de Alejandría, Tomás de Aquino, Martín Lutero y muchos otros encumbrados teólogos han fabricado su propia versión interpretativa del famoso versículo del libro Génesis:

Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y tenga dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves de los cielos, y sobre las bestias, y sobre toda la tierra y sobre todo animal que se arrastra sobre la tierra.[1]

Más allá del evidente politeísmo del judaísmo primitivo que delata la conjugación del verbo hacer en primera persona del plural, la frase citada ha alimentado la imaginación de los exegetas acerca de los aspectos en común que pudieran existir entre la naturaleza humana y la sustancia divina. La criatura humana es descrita en la doctrina judeocristiana como un ente imperfecto y carnal, vulnerable a los efectos destructivos de la muerte. La perfección del dios bíblico constituye su antítesis: Yahvé es imaginado como una fuerza espiritual y atemporal que interactúa constantemente con el universo material, pero lo trasciende.

Los conocimientos acumulados en el campo de la biología nos enseñan que la evolución obliga al organismo vivo a prescindir de aquellos elementos anatómicos que no cumplen una función ventajosa, ya que el mantenimiento de una estructura celular, tejido u órgano inoperante implicaría un gasto innecesario de energía. Un ejemplo claro de este argumento racional se aprecia en los peces ciegos que habitan en ríos subterráneos y en lagunas de cavernas; la selección natural favoreció en dichos vertebrados el desarrollo de otros órganos sensoriales mientras sus inútiles ojos se iban atrofiando hasta desaparecer por completo debido a la poca interacción con la luz solar.

Si los dioses existieran per se eternamente, eso significaría que las deidades no dependerían del proceso metabólico para reparar sus orgánulos celulares o para generar energía, ni tendrían cuerpos conformados por tejidos, ni necesitarían un sistema de órganos para digerir alimentos dado que nunca experimentarían hambre. Sin embargo, las biblias nos narran una curiosa historia que involucra al dios Yahvé en una paradójica escena relacionada con el arte del buen comer.

El patriarca Abraham, protagonista de medulares relatos mitológicos que aparecen registrados en las sagradas escrituras, es considerado por la tradición como la figura fundacional de la cultura y la religión hebreas. En las leyendas de Abraham, Yahvé es presentado como un dios cercano al mundo material, dotado de una apariencia antropomórfica, que dialoga con los mortales y que se involucra en la realización de actividades mundanas. Yahvé visita la tienda de Abraham, que se encontraba emplazada junto a los árboles de Mambré, para sanar la infertilidad de su esposa.

La teofanía de Génesis 18 nos dibuja a un Yahvé que disimula su carácter divino bajo un camuflaje de hombre corriente. Lo acompañan en la aventura terrenal dos ángeles. Abraham les da la bienvenida con efusión:

Señor, si ahora he hallado gracia ante tus ojos, te ruego que no pases de tu siervo. Que se traiga ahora un poco de agua, y lavad vuestros pies y recostaos debajo de un árbol; y traeré un bocado de pan, y sustentad vuestro corazón; después pasaréis, porque por eso habéis pasado cerca de vuestro siervo. Y ellos dijeron: Haz así como has dicho. Entonces Abraham fue de prisa a la tienda donde estaba Sara y le dijo: Toma en seguida tres medidas de flor de harina, amásala y haz panes cocidos. Y corrió Abraham a las vacas y tomó un becerro tierno y bueno, y lo dio al criado, y éste se dio prisa a prepararlo. Tomó también cuajada y leche, y el becerro que había preparado, y lo puso delante de ellos; y él estaba junto a ellos debajo del árbol, y comieron. [2]

En el versículo 8 se aclara que Abraham observaba a sus invitados mientras ellos comían, lo cual nos invita inexorablemente a reflexionar sobre el singular asunto de la digestión de los dioses. Dado que los autores anónimos del libro Génesis no conocían en profundidad el funcionamiento del metabolismo que induce a los organismos vivos a experimentar hambre y/o deseos de comer, cometieron el desliz de representar a sus deidades en la realización de actividades que solo conciernen a la maquinaria biológica. Para el pensamiento racional del siglo XXI no tienen ningún sentido las narraciones mágico-religiosas en las que las deidades se alimentan de sustancias materiales: un dios no estaría obligado a degradar proteínas, lípidos y carbohidratos para reparar sus tejidos o para fabricar energía en forma de ATP.

Si, como afirman las biblias, los humanos estuviéramos hechos a imagen y semejanza de un dios que se recuesta deleitosamente debajo de un árbol para disfrutar del buen yantar, entonces tendríamos que asumir la hipótesis de que dicho numen posee internamente molares, esófago, estómago, hígado e intestinos para procesar los alimentos deglutidos. A partir de esa hipótesis los invito, estimados lectores, a buscar respuestas a las siguientes preguntas: ¿Dónde defecó Yahvé las heces que se formaron en sus intestinos…? ¿Qué uso les da Yahvé a sus intestinos en el reino de los cielos…?

Notas

[1] Génesis 1:26

[2] Génesis 18:3-8

Para la citación de versículos bíblicos se ha utilizado la traducción de Reina-Valera revisada en 2009, ISBN: 978-1-59297-645-4.

Foto por Olya Adamovich

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