A Elaine, por conducirme por los caminos de esa fenomenología oculta de la academia…
Este texto surgió de dos conversaciones con amigos. La primera, bien puntual y peripatética, tuvo lugar en el Liceo español parque de El Retiro, en un invierno cualquiera madrileño. La segunda, ha sido más casual y sostenida en el tiempo con un amigo y mentor. Sin embargo, aunque mediadas por distancias discursivas y espaciotemporales, ambas comparten el lugar de una preocupación por los destinos de la academia contemporánea, ese escenario donde el pensamiento crítico interroga el dónde venimos y a dónde vamos. Por tanto, apelando a la cortesía de la metáfora y al arte de la síntesis, intentaré aquí arrojar luz, esto es exponer el grueso de condiciones de posibilidad de este fenómeno.
En un gesto osado y respetuoso, tomo prestado el título Imposturas Intelectuales con el permiso de los señores Alan Sokal y Jean Bricmont, para proseguir el espíritu que animó su diagnóstico inicial. Resulta que la pequeña tempestad desatada por estos pensadores en torno a los excesos del relativismo epistémico ha extendido hoy sus ráfagas hacia otros territorios del saber. La academia universal contemporánea se encuentra inscrita en el entramado de la tecnocultura actual, reproduciendo dinámicas internas que la sitúan en una encrucijada crítica: no solo se revela una creciente vacuidad en sus fines y prácticas, sino también la proliferación de hábitos institucionales que comprometen su integridad y generan consecuencias de gran alcance.
Atendiendo a que se trata de una arqueología de los síntomas, pongo en circulación el primero de ellos: la carrera por publicar en revistas de élite.
Dicha carrera no es otra cosa que el primer performance, -y quizás el más vital- del investigador: el espectáculo de exponer ideas revestidas de parafernalia en una revista de alto impacto, con el propósito, muchas veces tácito, de leernos a nosotros mismos y lograr así establecer o legitimar nuestra posición en el campo académico.
Esta circunstancia específica desencadena un rizoma de cuestiones. Una de las más notorias y extendidas es el auge de un ensayismo disimulado, practicado en detrimento del rigor metodológico. Se lee más. Se escribe más. Pero con menor exigencia crítica, con menor espesor argumentativo, con menos ideas sólidas que resistan la confrontación dialógica
Otra de las cuestiones que emergen en esta constelación sintomática es una dinámica reflejo de nuestro tiempo: la instauración de identificadores digitales como el ORCID. Estos no solo permiten rastrear nuestras publicaciones, sino que configuran una forma específica de inscripción y visibilidad del sujeto académico, una especie de autoconstrucción documental que —siguiendo a Foucault— podría leerse como la expresión contemporánea del imperativo de “hacerse ver”, de dejar huella, de existir a través del registro.
Somos, en este nuevo régimen de saber y exposición, en la medida en que tenemos nuestras investigaciones socializadas, arrojadas al mundo bajo la forma de artículos en revistas, libros, tesis de grado, máster y doctorado, ponencias en congresos y todo tipo de documentos como referencia, vestigio, o marca. Todo parece susurrar, casi como un mandato disfrazado de aliento: ¡Atrévete a publicar por ti mismo! Para que seas alguien en la academia. Para que tengas, al menos, algún tipo de reconocimiento.
Como forma de predeterminación, la mundialmente adoptada norma APA opera hoy no solo como instrumento metodológico, sino como dogma jerárquico: una imposición que actúa como ideología, como zona de poder simbólico cuyos límites están claramente trazados por lo que Yanis Varoufakis ha denominado tecnofeudalismo. En este contexto, se impone una lógica de actualización bibliográfica centrada en los últimos cinco años, lo cual resulta especialmente problemático para quienes investigan en tradiciones filosóficas clásicas o en textos fundacionales. ¿Cómo dialogar con Platón o Kant cuando la actualidad devora las referencias con la voracidad de un algoritmo?
Esta dinámica representa una paradoja inquietante: mientras los investigadores se ven forzados a pensar desde lo nuevo, lo novedoso no es, en muchos casos, más que un reciclaje, una moda intelectual sin fundamento. La proliferación de discursos generados o amplificados por herramientas como ChatGPT junto al auge de un pseudo-intelectualismo, propio del siglo XXI— multiplica el ruido, pero no necesariamente la reflexión. Hoy todo el mundo tiene algo que decir, y la red ofrece el escenario perfecto para sostener esa inflación de voces sin análisis de fondo.
Esta sobreexposición conduce a una parálisis simbólica: la sensación de que no hay nada nuevo que decir, ni forma auténtica de decirlo. La sociedad, saturada de discurso, parece haberse detenido. Publicar exige pagar; y lo que se presenta como socialización del conocimiento no es más que la lógica de un mercado. El saber, lejos de circular libremente, se privatiza, se monetiza, se gestiona como capital simbólico. Así opera, en su forma más cruda, la dinámica del capitalismo académico contemporáneo.
Siguiendo con esta arqueología de los síntomas, emerge uno particularmente significativo: el estatus del título de doctor. En la actualidad, el doctorado se presenta como la cúspide del itinerario académico, el símbolo último de legitimación institucional. Sin embargo, la posesión del título no siempre guarda correspondencia con una preparación sólida en términos pedagógicos, epistemológicos o científicos. Se trata, en muchos casos, de un título sin cuerpo, una distinción simbólica desvinculada de una praxis rigurosa.
Este fenómeno conduce a lo que podría denominarse un situacionismo académico, donde el lugar que se ocupa sustituye al saber que se ejerce. A ello se suma la creciente especialización (necesaria en muchos campos) que, llevada al extremo, deriva en un hermetismo epistemológico, un aislamiento del conocimiento que impide el diálogo interdisciplinario y la reflexión crítica. El PhDoctor deviene entonces experto en una parcela mínima del saber, pero ajeno a las grandes preguntas del pensamiento, incapaz muchas veces de enseñar, de comunicar o de problematizar su objeto de estudio. El resultado es una figura académica que, lejos de encarnar el ideal ilustrado del saber como apertura, se encierra en la torre de marfil de una erudición fragmentada, sin pedagogía, sin visión de conjunto, sin mundo.
Otro de los síntomas visibles en la academia contemporánea es la persistente colonización epistemológica frente a los esfuerzos por construir una descolonización situada del saber. La tensión no es nueva, pero sí se ha agudizado: ¡a Occidente nos convoca el deber! y la urgencia de revisar críticamente nuestros propios fundamentos. No existe gesto más claro de toma de posición que este; el interrogar desde dónde pensamos y a quién sirve el pensamiento que producimos.
En este contexto, la oposición entre filosofía analítica y filosofía continental sigue funcionando como una frontera simbólica, como un paradigma en disputa. No se trata solo de estilos argumentativos distintos, sino de visiones del mundo, del lenguaje, de la razón y del sujeto. La academia, lejos de estar exenta de estas tensiones, las reproduce y las exacerba en sus propios espacios.
En una escala más particular, esa fragmentación disciplinar se traduce en pequeñas guerras internas: la filosofía teórica deslegitima a la práctica, la filosofía de la ciencia se impone como única vía racional, mientras otras voces son relegadas a los márgenes. En ocasiones, estas diferencias adquieren incluso el tono de un discurso de odio simbólico, donde lo que se disputa no es solo el enfoque, sino la validez misma de ciertas formas de filosofar.
Este clima no solo empobrece el debate, sino que perpetúa un modelo hegemónico de conocimiento, que margina las prácticas reflexivas no alineadas con la racionalidad dominante. La descolonización del saber exige, en este sentido, una reapertura ontológica y metodológica, una disposición a pensar desde otros lugares, con otros lenguajes, con otros cuerpos.
Otro de los síntomas que delatan la lógica que atraviesa la academia contemporánea es la creciente mercantilización del saber. Este proceso se manifiesta de múltiples formas, pero una de las más persistentes es la oposición entre las ciencias naturales y las ciencias sociales, donde las primeras son percibidas como productoras de resultados aplicables, innovadores, económicamente útiles, mientras que las segundas son constantemente forzadas a justificar su existencia bajo el estigma de la “inutilidad”. Esta tensión ha dado lugar a una dinámica que no es solo epistemológica, sino también política y económica: el negocio de los proyectos de investigación, donde lo que se financia no es el pensamiento sino su funcionalidad. Importa menos la pregunta que se formula que el modo en que esa pregunta puede traducirse en indicadores, patentes, desarrollos tecnológicos o aplicaciones directas. El componente práctico se impone al teórico, y el criterio de impacto se confunde con el de valor.
En este contexto, la investigación se convierte en una competencia por fondos, visibilidad y reconocimiento institucional, desplazando la reflexión lenta, crítica y desinteresada. La universidad se rige cada vez más por lógicas empresariales: se planifica, se ejecuta, se mide, se reporta. La ciencia deviene rendimiento. Frente a esta situación, las ciencias sociales y las humanidades no solo deben resistir, sino reivindicar su vocación reflexiva y crítica. No en nombre de una pureza idealizada, sino porque el pensamiento no puede reducirse a su utilidad inmediata sin empobrecer radicalmente su potencia emancipadora.
Y todo esto no es sino el despliegue de una sintomatología estructural, el anuncio persistente, a veces apenas susurrado, otras veces gritado con furia, de que algo anda profundamente mal. No se trata de anomalías aisladas, sino de un entramado que revela el agotamiento de un modelo. Nos enfrentamos a una fracción que ha permanecido en las sombras: aquellos que conocen muy bien los límites y siempre se mueven dentro de los márgenes que el sistema impone. Juegan, manipulan el lenguaje, y talvez sean los que más daño hacen. Seguimos en la caverna, pero ya no hay un Platón que nos convoque a salir. No hay un afuera nítido ni una figura tutelar que nos enseñe a ver la luz. Nos falta no solo un guía, sino el valor de pensar por cuenta propia, de imaginar otra arquitectura del saber, de salir del simulacro hacia lo real.
La academia, como institución simbólica de producción de sentido, está en una encrucijada: o reproduce sin cesar sus propios dispositivos de control ranking, visibilidad, métricas, rentabilidad, o se atreve a un giro radical, ético y epistemológico. En esta época que anuncia su propio colapso, pensar es el acto más urgente y más subversivo.




