¿Por qué no? La serpiente dijo la verdad: estaba el árbol del Conocimiento, y estaba el árbol de la Vida; el conocimiento es bueno, y también buena es la vida: ¿cómo podían, entonces, ser malos?
Caín, Lord Byron
Simone Weil insistía mucho en que la moral es una modalidad de la atención, y yo creo que así es. Es bueno, o trata de serlo, aquel que se abre a la observación de lo que va más allá de sus intereses o vivencias inmediatos para reparar en lo que les pasa a los demás, reino humano, animal, vegetal o hasta mineral.
Hoy se habla mucho de empatía, que no es más que la vieja consideración ética que Leibniz denominaba el principio de la place d’autruy, es decir, «el lugar del otro» y que está, que sepamos, en la base de todos los códigos morales existentes –excepto en el de Nietzsche, y por eso terminó agarrado al cuello de un caballo y sollozando… La diferencia entre «ponerse en el lugar del otro, y así entender que no querrías para ti eso que te propones hacer con él» y la empatía de la que hablamos hoy estriba en que esta última adquiere un cariz más sentimental (que ya estaba en Schopenhauer, por cierto), y en que la empatía desequilibra un tanto el foco hacia el lugar equivocado. Porque no se trata de alabar al empático y denigrar al indiferente, sino de prestar atención por aquel con quien el empático sabe resonar emocionalmente y el indiferente no.

Este libro ha intentado centrarse en eso, en lo que el mundo contemporáneo puede todavía ofrecer en los términos de una ética de la atención, la preocupación y el cuidado del otro. Ante la decepción por los grandes sistemas racionalistas que han pretendido imponer sus preceptos -en la mayoría de los casos de buena fe, todo hay que decirlo- sobre grandes masas de población para salvarlas de sí mismas -o de la miseria, los gobiernos corruptos, la idolatría, etc.-, el planteamiento ético de nuestras acciones debe de ser consciente de que, primero, la ética es una proyección humana, no una ley o teología natural; segundo, será asumida por aquellos que reconozcan obtener bienes mundanos de ella; y, tercero, como indica aquí Antonio Guerrero, su alcance será local, su dimensión individual y su duración provisional. Ainara Quirós, a continuación, aplica ese enfoque al gravísimo problema de la quiebra ecológica, como también lo hace después José Francisco Gómez, al apuntar a la responsabilidad medioambiental de las empresas. Porque ya digo, no son sólo otros seres humanos por los que debemos velar, también del resto de la biosfera, dado que tenemos el poder inaudito de destruirla.
Francisco José García Carbonell ha puesto, sin embargo, en su punto de mira al paciente de cuidados médicos desde el punto de vista del «rostro del otro» tal como lo planteó Emmanuel Lévinas, mientras que a Adrián y Diego Solera-Alfonso les ha intrigado más el modo en que pueden ser transmitidos valores en la asignatura del mismo nombre de Educación Primaria y Secundaria Obligatoria. Javier Leiva y Lola Cabrera, en cambio, han optado por prestarle hondura histórica al problema de la ética en la práctica política, si entendemos por «política» no sólo las maniobras del poder, sino también la forma de la convivencia. Pero es lo mismo, todas ellas son valiosas aportaciones que, como en la parábola india, tocan diferentes partes del elefante pero sin adivinar su figura completa, tal vez porque no haya jamás existido una figura completa y normativa de la ética más que en las ensoñaciones del divino Platón o del bueno de Condorcet.
Decía también Simone Weil en otro lugar que «hemos intentado confiar la justicia a ciertos mecanismos para que no sea necesaria la atención. No podemos hacer esto. La providencia divina se opone. Solo la atención humana ejerce legítimamente la función judicial», y en parte eso es lo que sostiene también José Francisco Gómez en su texto. Hace poco, han subido una conferencia inédita de Antonio Escohotado en Canarias en la que, en el turno de preguntas, hilvana esta maravilla:
«La sabiduría es cada vez más la presencia de lo otro en tu vida, y darse cuenta de que lo otro está en uno también, pero no uno antepuesto, no uno tiránicamente, no uno como niño caprichoso y despectivo, sino uno como parte del mundo».
Y dado que el mundo es plural, la ética también debe serlo, y puesto que la ética es atención, esa atención ha de ser multidisciplinar, como señala Antonio Guerrero. En mi opinión, los que se ríen, por ejemplo, de los animalistas, merecerían llevar una correa al cuello y ser arrastrados hacia el veterinario, para que les pinche un jeringazo de piedad. El mundo ya no es, como se pensaba en la Ilustración, un mecanismo regido por una pocas leyes que nos cobija preferentemente a los seres pensantes para que encontremos nuestra felicidad, el mundo es, contrariamente a eso, un caosmos sumamente complejo (la complejidad misma, en realidad) del que los seres humanos somos como mucho los pastores, pero en modo alguno los señores, como sentenció Heidegger.
No sé yo qué va a quedar ya de la simple felicidad deseada por Voltaire, esa que consistía en meramente cuidar del propio jardín, tengo la impresión de que eso lo van a disfrutar cuatro privilegiados misántropos. El resto nos ocuparemos del mar, como en la canción de La mandrágora, y seremos o no felices en la medida en que se haga efectivo el desiderátum de Roberto «el Negro» Fontanarrosa, cuando le preguntaron:
«—¿Qué deseas para tu hijo?»
Y contestó:
«—Pues deseo que los amigos se pongan felices cuando lo vean venir».




