Jürgen Habermas murió este sábado 14 de marzo de 2026 en Starnberg, Alemania, a los 96 años. La noticia fue confirmada por su editorial, Suhrkamp Verlag, en un comunicado difundido. Con él se va el último gran sistema filosófico del siglo XX en sentido pleno: no una colección de ensayos ni una serie de intervenciones dispersas, sino una arquitectura teórica coherente, ambiciosa y deliberadamente pública, construida durante más de seis décadas con una tenacidad que tuvo algo de programa moral además de intelectual.
Habermas había nacido en Düsseldorf con un paladar hendido que requirió varias operaciones, una experiencia que él mismo reconoció como formativa: le enseñó, desde la infancia, la importancia del lenguaje hablado como capa de comunidad sin la cual los individuos no pueden existir. Hay en ese dato biográfico una ironía generosa que el propio Habermas cultivó: el filósofo que hizo del diálogo el centro de su sistema filosófico fue alguien para quien comunicarse nunca fue algo dado de antemano. La teoría surgió, en parte, de una dificultad personal convertida en pregunta universal.
Durante la época nazi, su padre fue miembro del NSDAP y él mismo formó parte, con diez años, del Jungvolk, la organización juvenil del régimen. Pero a diferencia de tantos alemanes de su generación que hicieron del silencio una estrategia de supervivencia, Habermas eligió muy pronto la confrontación explícita con ese pasado. En 1953 publicó en el Frankfurter Allgemeine su indignación ante la reedición de las clases de Heidegger de 1935, en las que el filósofo de Friburgo hablaba de la «verdad interior y grandeza» del nacionalsocialismo. Tenía veinticuatro años y ya estaba haciendo lo que haría toda la vida: intervenir en el espacio público con argumentos, sin ahorrar incomodidades.
Su trayectoria académica lo llevó de Göttingen a Zúrich, de Zúrich a Bonn, y finalmente a Frankfurt, donde se incorporó al Instituto de Investigación Social bajo la dirección de Theodor W. Adorno. En 1961 se doctoró en Marburgo con la obra Historia y crítica de la opinión pública, un libro que todavía hoy es un instrumento analítico de primera necesidad para entender la política moderna: allí Habermas rastreaba el surgimiento histórico de un espacio de discusión entre ciudadanos privados capaces de ejercer una crítica racional del poder, y diagnosticaba ya su paulatino vaciamiento por los medios de masas y los intereses comerciales. Era 1961; pero la actualidad del diagnóstico no ha dejado de crecer.
En 1964 asumió la cátedra de Filosofía y Sociología que había ocupado Max Horkheimer en la Universidad de Frankfurt. En 1968, ante la revuelta estudiantil, se pronunció a favor del movimiento pero rechazó con igual claridad cualquier radicalización y el recurso a la violencia. Esta posición, que le granjeó la hostilidad de parte de la izquierda más intransigente, era perfectamente coherente con su sistema: para Habermas, la violencia es siempre la quiebra del diálogo, y la quiebra del diálogo es siempre una regresión. No era pacifismo ingenuo; era una consecuencia filosófica.
Para Habermas, la violencia es siempre la quiebra del diálogo, y la quiebra del diálogo es siempre una regresión
La obra que condensó y sistematizó décadas de reflexión fue la Teoría de la acción comunicativa, publicada en 1981. Es un libro descomunal, en todos los sentidos. Habermas propone allí una distinción fundamental entre dos lógicas de la acción social: la acción instrumental, orientada al éxito, al control, a la eficacia técnica; y la acción comunicativa, orientada al entendimiento mutuo mediante el lenguaje.
Su tesis central es que la modernidad ha impuesto la primera sobre la segunda, colonizando el «mundo de la vida» —el espacio de las relaciones cotidianas, la cultura, la identidad— con criterios propios del sistema económico y burocrático. La patología de las sociedades contemporáneas no es, para Habermas, la razón en sí misma —como sostenían Adorno y Horkheimer en la Dialéctica de la Ilustración—, sino la razón reducida a su dimensión instrumental. Lo que hay que salvar no es menos razón, sino otra razón: la razón comunicativa.
Esta distinción tiene consecuencias enormes. Frente al cinismo posmoderno, Habermas reivindicó el legado de la Ilustración, la vigencia de la razón y la posibilidad de una esfera pública crítica. Mientras Lyotard anunciaba el fin de los metarrelatos y Foucault disolvía al sujeto en las redes del poder, Habermas sostenía, sin ingenuidad pero con firmeza, que la emancipación seguía siendo un proyecto articulable racionalmente. Que no toda norma es mera dominación disfrazada. Que es posible distinguir entre el uso discursivo del poder y su uso coercitivo. Que la democracia no es solo un mecanismo de agregación de preferencias, sino un procedimiento de formación racional de la voluntad colectiva. Su debate con Foucault, nunca del todo resuelto, sigue siendo uno de los más productivos de la filosofía política del siglo pasado.
En los años ochenta, Habermas fue una figura central en la llamada Historikerstreit, la disputa de los historiadores, donde se opuso firmemente a quienes intentaban relativizar los crímenes del nazismo mediante comparaciones con otros regímenes totalitarios. No era para él una disputa académica: era una disputa sobre la identidad política de Alemania, sobre si la memoria pública podía ser manipulada para fines nacionalistas. Ganó el argumento, aunque no silenció a sus adversarios.
En sus últimos años, ya nonagenario, Habermas no se retiró al comentario complaciente. Escribió sobre la crisis financiera, sobre Europa, sobre los peligros del populismo, sobre el papel de la religión en las sociedades posseculares, sobre la inteligencia artificial. En 2025 completó una trilogía sobre la historia de la filosofía y mantuvo intervenciones críticas sobre los retos democráticos en el contexto de las nuevas tecnologías y los conflictos geopolíticos. Pocos intelectuales del siglo XX supieron envejecer con tanta densidad, sin volverse repetitivos ni solemnes.
Lo que Habermas deja es una obra que incomoda por igual a la derecha y a cierta izquierda: a la derecha, porque insiste en la dimensión normativa y emancipatoria de la razón; a la izquierda más radical, porque se niega a abandonar la universalidad, las instituciones y la legalidad democrática como herramientas irreemplazables. En un tiempo de tribalismos, de discurso reducido a señales identitarias, de esferas públicas fragmentadas en algoritmos, su apuesta por el argumento como forma de vida política no parece un anacronismo. Parece, más bien, una urgencia.
Murió en Starnberg, la misma ciudad donde trabajó durante años, rodeado de la obra que él mismo construyó y que nadie podrá clausurar fácilmente. Tenía 96 años y todavía tenía cosas que decir.



