El legado del papa Bergoglio en la ola de la ultraderecha

abril 21, 2025
Papa Francisco

El capitalismo ha logrado la liberación de la sociedad en relación con la naturaleza. Pero esa misma sociedad ha heredado rápidamente, frente al individuo, la función opresiva que antes ejercía la naturaleza.

Simone Weil

Tras doce años de pontificado, ha hecho falta que Bergoglio, el papa latino, falleciese para que me enterase de que debía su nombre de guerra (¿o es de paz?…) a San Francisco de Asís, un verdadero eje axial de la cultura europea. He leído que ahora muchos turiferarios aprovecharán para sacar pecho y aflautar la voz acerca de lo mucho que quisieron a este hombre, pero yo creo que es al revés, que los prebostes religiosos y seglares del planeta acaban de descorchar el champán, como dicen que muchos hicieron en España cuando murió el Caudillo. Porque, repasemos: Cuca Gamarra, según leo, declaró que el encuentro de Paco con Yolanda Díaz representó una auténtica «cumbre comunista»; Maruhenda, director de algo, esa luminaria mal peinada de Occidente, afirmó que Paco Bergoglio «sólo gustaba a los ateos» (espero que se refiriera a un sentido no físico sino carismático del asunto…); Jiménez Losantos, que de santos tiene sólo el nombre, aseguró que Paco era el «tonticristo», el «papacisco», el «tío tonto de Valdano» -Federico, porfa, me la agarras con la mano, como riman los rojos de Hora Ventipico… Así que no, luto sincero no va a haber lo que se dice demasiado, y ya la Alt-right internacional se debe estar frotando las manos al divisar la posibilidad de colocar la tiara a un complaciente Juan Pablo III.

Jorge Mario Bergoglio fue el primero en su cargo americano y no europeo, y el primer jesuita (cuidado con los los jesuitas que son hombres de acción…), que supo sorprender al mundo en cada declaración, cada tuit e incluso con cada detalle de su vida privada, y también que publicó una encíclica, Laudato Si, escrita, según dicen, de su puño y letra, en la que, para defender el Medio Ambiente, atacaba todo el espectro de las desigualdades e injusticias del entero sistema productivo y financiero globlalizado. Volvía el espíritu del Concilio Vaticano II de Juan XIII, aunque al fin y a la postre no haya resultado para tanto, pero no se olvide aquello de que «otros vendrán que bueno te harán»… Porque, a mi parecer, en un error pensar que carece en absoluto de una sólida lógica doctrinal el que la Santa Madre Iglesia trate de cuando en cuando de intervenir en los asuntos mundanos, terrenales o seculares, pero otro asunto muy distinto es que se lo hayamos permitido hasta hoy sin elevar ni una sola protesta. En efecto, una milenaria tradición católica, apostólica y romana establece que, si bien es cierto que su «reino no es de este mundo», esa mudanza con armas y bagajes no les resta derecho alguno a guiar la conducta de los hombres vivos en aras de garantizar su salvación sobrenatural. Así mismo, es verdad también que la Iglesia es la inter-multi-nacional más vieja del mundo, entendiéndose por ello una entidad que, aunque ha conseguido su arraigo en el Estado Vaticano (que posee, incluso, sus propios servicios secretos), actúa transversalmente en todas partes del globo imponiendo unos valores que, en principio, no tendrían por qué ser necesariamente coincidentes con los de las sociedades del Libre Mercado. El hecho de que muy a menudo lo sean es harina de otro costal, pero ello no quita para que el código/fuente (que no «Da Vinci») de la institución no esté francamente abierto a la lectura de cualquiera como el de Linux. A la lectura, digo, y no a la reescritura, desde luego, pero que tengan mucha cautela aquellos que piden una mayor adaptación de la Iglesia a los tiempos que corren, en primer lugar porque ya han demostrado durante siglos ser sumamente adaptables al precio, en muchas ocasiones, de estar del lado equivocado y en segundo lugar porque una Iglesia que no cambia es un organismo en proceso de anquilosamiento que todos conocen ya de sobra y al cual se puede aprender a esquivar.

Conviene también acabar con el prejuicio absurdo de esos otros que aducen, como descubriendo a estas alturas de la película el anticlericalismo ilustrado, que no pueden opinar sobre los asuntos del pueblo unos individuos que no comparten las costumbres del pueblo. Tal cosa, que parece muy sensata, sería como decir que el jardinero no puede organizar los bancales de flores porque no se reproduce por esporas –o por polinización, o cómo sea, ya se entiende. En consecuencia, por todas estas razones, hacen bien, conforme a su propio ideario, esos señores del obispero (como lo llamó una vez Forges…) en hacer oír sus atipladas voces en el campo político con objeto de uncir los bueyes de la moral que lo roturan, y hace bien por lo mismo la leal y sumisa grey que los acata y se hace eco en los medios de difusión en secundarlos.

¡Ah! Pero es que ahí no termina todo. Pues la pregunta ahora se encamina a discernir quién usa de quién, si la religión de ciertas facciones políticas o éstas de la religión. Hay que concienciarse por fin de que esto segundo es casi siempre lo más frecuente en el mundo moderno, sobre todo en España y Latinoamérica, y hasta aquí podíamos llegar. El cristianismo hace mucho que dejo de ser una «secta», incluso en el sentido más noble del término (del latín secare -cortar, separar, romper con-, y sequi -seguir, elegir, optar-), pero hace relativamente poco que pasó a representar tan sólo un «sector». Y ese sector específico de la ciudadanía no puede ser manipulado por un partido en detrimento de otros, sencillamente por el resobado motivo de que esa maniobra iría contra las llamadas «reglas de juego» democráticas. Si, un suponer, el emporio de la Cienciología, que fue legalizado en España hace unos cuantos años, recabase el voto de los futbolistas multimillonarios retirados en busca del sentido de la vida para determinado partido nuevo, todos pondríamos el grito en el cielo. Y el Cielo, que calla impertérrito obstinadamente, nos reenviaría a lo único que tenemos, que es una Memoria Histórica en la que continuamente la religión se ha puesto al servicio de la política, al revés de lo que se piensa habitualmente. Conque nuestro problema actual no es tanto la seca ranciedumbre de las sotanas en sí mismas o las prácticas sexuales repugnantes a las que están acostumbrados como el logotipo que puedan llevar cosido en su forro de sus faldas como signo de su venta. Como dice un aserto prácticamente internacional, y que hay que tener siempre presente, «líbranos, Dios, de las buenas personas, que de las malas ya nos libramos nosotros solitos…»

Ahora bien, llegó el Papa Francisco y puso las cosas del derecho: al igual que venimos reivindicando ahora la restauración de la verdadera política sobre el dominio de la economía, Bergoglio pretendió, a lo que parece, independizar la misión de la religión de los intereses de los estados y los partidos. No hay que olvidar que Bergoglio se formó en la Teología de la Liberación, rama «Teología del Pueblo», que era la más activa en la Argentina de su juventud, y aprender a manejar esa bomba doctrinal marca un carácter de por vida.

La Teología de la Liberación, que tiene sus raíces en los locos sesenta pero cuyo sustrato ideológico es anterior, demostró hasta qué punto el cristianismo pudo ser todavía revolucionario en pleno siglo XX. Se ha señalado muchas veces que si es cierto que el espíritu del capitalismo tiene una genealogía que procede de la ética protestante, como estudió el fundador de la Sociología, Max Weber, a su vez el espíritu del comunismo marxista conoce por padre la ética católica, lo que ocurre es que esto nadie de la talla de Weber lo ha estudiado hasta hoy (aunque Antonio Escohotado lo estuvo esgrimiendo como argumento contundente principal en su obra Los enemigos del comercio).

Pues bien: imagine el lector algo tan explosivo como el marxismo aplicado a algo tan extremista como la religión en el escenario depauperado y humillado del Tercer Mundo y tendrá una idea de lo que significó entonces la Teología de la Liberación. Si no podemos imaginarlo del todo es porque sencillamente no nos cuentan nada y vivimos en la inopia intelectual e histórica, pero lo cierto es que la Iglesia, ya antes, concretamente con la encíclica Rerum Novarum del Papa León XII de 1891, había apoyado resueltamente las exigencias de los grandes movimientos obreros de la época, aquellos a los que se lo debemos todo, aunque sólo fuera por no perder definitivamente al rebaño. No obstante, Francisco fue más lejos, me parece, y se ha atrevido incluso a lo que León XIII no se atrevió, que es a cuestionar, o, al menos, a redefinir, la propiedad privada. Como en las últimas generaciones los papas más mediáticos han sido muy conservadores, con Bergoglio a lo que nos enfrentábamos fue a un rebrote de algo que está en la historia reciente de la Iglesia pero que nos hemos acostumbrado a no identificar con la Iglesia, sobre todo en España, donde lo que hicieron los curas con nuestros padres y abuelos no tiene, ciertamente, perdón de Dios, y lo digo muy en serio.

Pero es que Dios, como tal, es una suerte de mega-persona cuya existencia, si bien no puede ser de ninguna manera confirmada, cabe subrayar que tampoco puede ser falsada, por decirlo en términos epistemológicos. El que uno se declare francamente ateo es un pronunciamiento íntimo que no debe impedir, tal como yo lo veo, que nos hayamos aprovechado benéficamente (recuerdo ahora mismo un artículo de Santiago Alba Rico en El País en que lo hacía) de un papa aparentemente atípico cuyas posturas pueden estar cerca de las nuestras desde el punto de vista de una trasformación a escala mundial. Al fin y al cabo, eso mismo es lo que ha hecho, como decía antes, el poder durante décadas con pontífices más dóciles a santificar su visión desde arriba del orden mundial. Bergoglio arremetió, por ejemplo, contra el Cambio Climático mucho mejor y con mayor autoridad que Al Gore (que la mitad de su famosa película se la pasaba hablando de sí mismo…), y lo hizo tocando muchos temas sensibles y necesarios que cualquier político ligeramente encumbrado no se atrevería ni a rozar. En lo que respecta al Cambio Climático en particular estamos en la situación que describió Winston Churchill a propósito de la actitud de los dirigentes europeos frente a Hitler, poco antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando declaró:

«Se mueven en una paradoja extraña, decididos a ser indecisos, resueltos a la irresolución, firmes en dar tumbos, graníticos en la fluidez e importantes con todo su poder. Se está acabando la época del dejar las cosas para más tarde, de las decisiones a medias, de los expedientes tranquilizadores y desconcertantes y de las dilaciones. Ahora ingresamos en un periodo de consecuencias«.

Aunque tengamos varias cumbres sobre el clima de las de aparentar en perspectiva, de lo que hay que tratar en adelante es ya de las consecuencias, más que de las causas, según los expertos. Si la Iglesia sigue metiendo baza en el asunto, aireando de paso los males actuales, presentes y no imaginarios, del capitalismo planetario, habrá que celebrarlo. Bergoglio siempre constituyó una mala noticia o una noticia sospechosa para esos grupúsculos de poderosos que manipulaban la religión en función suya o de gente corriente que no reconoce las huellas añejas de lo que está pasando, y para los cuales este señor se estaba pasando mucho de hacerse el enrollado. Ya verás, ya verás, y en verdad te digo, que lo vamos a echar muchísimo de menos…