Laruelle, aceleracionismo kantiano y Marx
En Nietzsche contre Heidegger (1977), François Laruelle propone la siguiente tesis: los textos de Friedrich Nietzsche han de ser leídos a través de una lente que nos permita ver el concepto de voluntad de poder como una fuerza material(ista).
Los polos opuestos de dominación y rebelión permanecen en una no-relación (o en una relación unilateral), anticipando su concepto posterior de la «díada radical», mediante la cual la contradicción se mantiene de forma permanente. Sin la tensión constante entre los polos opuestos, ni la revolución ni el fascismo serían posibles, y esta posibilidad necesariamente permanece también. La revolución, que es la voluntad de poder de las «oprimidas» o las «derrotadas» (Laruelle), se lleva a cabo en oposición a la dominación y al fascismo sin ocupar nunca su lugar. Estas son posiciones estructurales, no psicológicas ni éticas, y, por lo tanto, la «reconciliación», la «resolución», la síntesis o la Aufhebung —los medios propios de la dialéctica hegeliana— son fantasías superfluas para la máquina política a la que Nietzsche proporciona el material conceptual.
El fundamento ontológico es material y se expresa bajo las formas de la dominación y la resistencia; la operación maquínica, por otro lado, consiste en ocupar los polos de la revolución y el fascismo, atravesando la resistencia y la dominación sobre el quiasmo de lo real (de la voluntad de poder). Estos polos, que se intersectan doblemente, constituyen la cuádruple partición (quadriparti) de la máquina materialista (MM) que engendra la filosofía de Nietzsche. El materialismo político (MP) opera como una máquina, y el continente político singular proporcionado por Nietzsche es la fuerza impersonal.
En este sentido, la MM/MP puede compararse con la noción de Karl Marx de lo político como un sistema, una estructura —en cierto modo, una «máquina»— movida por sus propias leyes inmanentes, arraigadas en la producción material de las relaciones sociales más que en formas de subjetivación. Sin embargo, François Laruelle distingue entre el proyecto marxiano y la máquina de Friedrich Nietzsche, ya que el primero posee una teleología y un sueño escatológico de eliminación de la dominación/el fascismo. Laruelle parece sostener que, desde la perspectiva del materialismo político, ninguno de los polos puede ser eliminado jamás. Décadas más tarde, Laruelle vuelve sobre Marx y desarrolla el núcleo radical no filosófico de su proyecto, al que denomina no marxismo: el prefijo «no-» no implica una negación del marxismo, sino la suspensión del principio de suficiencia filosófica.
En una conferencia que organicé en 2015 como parte de la New Realisms Conference, insistió en que la lucha de clases no se detiene, que no existe un telos de la historia y que nunca se alcanza un punto en el que los principios de la dominación/el fascismo sean derrotados definitivamente. Un marxista no filosófico, insistía, es un sujeto modelado según la figura de un mesías. Yo fui la traductora consecutiva de aquella conferencia, y su transcripción se encuentra publicada aquí.
Lo político es puramente trascendental; todo concepto pertenece únicamente al campo de lo trascendental. Sin embargo, una vez más, está sustentado por la materialidad. El sujeto no es una persona ni un yo; es simplemente una función y un producto claro del postulado kantiano de la subjetividad y de la apercepción. La figura del mesías no es más que una función que, según Laruelle, puede explicarse en términos de mecánica cuántica (Christofiction). Se encuentra superpuesta a lo real de lo político.
En otros artículos publicados he analizado el concepto kantiano del sujeto, el tiempo y el capitalismo como una fuerza impersonal de pura temporalidad a través del análisis de Anna Greenspan. Si observamos el conjunto de trabajos producidos por la Unidad de Investigación de Cultura Cibernética (CCRU por sus siglas en inglés) y, en particular, por Greenspan, Nick Land y otros miembros de la CCRU y de la post-CCRU, resulta evidente la centralidad de la comprensión kantiana de la subjetividad, de su aparato crítico, del concepto de lo trascendental y de la comprensión de lo político —en su caso, el capitalismo— como una máquina impersonal. Por ello, las convergencias con Laruelle —ya sea en su primera fase nietzscheana o en su fase cuántica y no marxista— son evidentes.
El sujeto no es una persona ni un yo; es simplemente una función y un producto claro del postulado kantiano de la subjetividad y de la apercepción.
En mi libro Capitalism’s Holocaust of Animals (2019), infiero que el capitalismo equivale a la filosofía y que esta inferencia solo es posible si se comprende el lenguaje (natural y artificial) como un autómata, lo cual se encuentra perfectamente en línea con la lingüística estructuralista y el psicoanálisis estructuralista de Jacques Lacan. Además, sostengo, aplicando el método de François Laruelle, que la subjetividad no es más que la díada radical de lo físico y el autómata. El lenguaje, como todo autómata, es siempre ya maquínico, material y mecanicista. Así ocurre con toda producción de significación. Por lo tanto, no hay nada «orgánico», ya que la naturaleza opera de un modo que quizá solo pueda describirse y explicarse como mecanicista o mecánico.
Naturaleza/tecnología, cuerpo/mente, orgánico/mecanicista y todos los pares análogos —por ejemplo, «racional» frente a «emocional»— constituyen una falsa dicotomía: la naturaleza opera de maneras que solo pueden explicarse mecánicamente, y lo mismo ocurre con la «producción de signos», la significación o la «producción de sentido»; es decir, con el lenguaje y la «mente» o, de forma más general, con los procesos de cognición. Lo orgánico no sería más que un sinónimo de lo físico, lo corporal y lo material, y no de algún flujo ideal(ista) de inmanencia no adulterada que, en la filosofía, suele presentarse como la idea, el espíritu, la inteligencia, etc.
Por supuesto, el materialismo maquínico, mecánico y mecanicista pertenece al registro de lo trascendental, y constituye nuestro acceso a lo real, siempre ya clausurado, al noúmeno, a la «cosa en sí».
Solo ahora advierto que la cuádruple partición del MP/MM puede aplicarse al proyecto comunista y marxista a partir de la comprensión de la superposición entre capitalismo y filosofía como autómatas, en el sentido explicado anteriormente. El mismo modelo puede aplicarse al proyecto hipercapitalista-aceleracionista. Este último, sin embargo, sigue siendo profundamente filosófico y conserva el supuesto atávico de una discontinuidad radical entre la materia y la mente, o inteligencia. El marxismo —al menos el no filosófico— reconoce la naturaleza metafísica del capitalismo-como-filosofía: el supuesto de que el valor puro, la inteligencia o el signo pueden sostenerse por sí mismos sin un fundamento material, o mediante la transformación de la materia en valor, sentido o signo, constituye la contradicción final e insostenible. El capitalismo es la filosofía materializada, arriesgándose a la presunción de que puede sostenerse independientemente de su fundamento material mediante su explotación total, la cual supuestamente convertiría de algún modo, de forma alquímica, la materia en inteligencia pura.
