Sombras 3, Abraham Echevarría Díaz
Foto: Sombras 3, de Abraham Echevarría Díaz.

Estar vivo

Quizá estar vivo no sea ni más ni menos que permanecer vulnerable al encuentro
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Contexto y claves de lectura

Resumen

A partir de la fenomenología de Husserl, Merleau-Ponty y Enzo Paci, el artículo explora el eros como una fuerza que mantiene abierta nuestra relación con el mundo, los otros y nosotros mismos. Frente a la tendencia a reducir la realidad a categorías familiares y utilitarias, el eros permite redescubrir la profundidad, la alteridad y la vitalidad de la experiencia vivida.

Ideas clave

  • La fenomenología busca recuperar la experiencia vivida tal como aparece antes de ser reducida a conceptos, categorías o explicaciones abstractas.
  • El eros no se limita al deseo sexual, sino que constituye una apertura al encuentro, la verdad y la revelación continua del mundo y de los otros.
  • La intimidad se mantiene viva cuando somos capaces de seguir encontrando al otro como una presencia irreductible y no como una realidad ya conocida y completamente explicada.

Un camino fenomenológico hacia la vitalidad erótica 

Una copa de vino es, técnicamente hablando, uva fermentada. Etanol. Taninos. Acidez. Denominación regional. Quizás un tinto natural, jugoso y afrutado de 21 dólares. 

Pero una copa de vino comienza mucho antes de la copa. En las vides que se abren paso a la fuerza a través de un suelo cargado de minerales, quizá en algún lugar del norte de Italia, del este de Francia o de los valles de California. Una brutal ola de calor en agosto. La lluvia que llega en el momento exactamente equivocado, o exactamente adecuado. Manos humanas cortando racimos durante la vendimia. La fermentación que ocurre en silencio en barricas y tanques de acero. Camiones. Almacenes. Buques de carga cruzando un océano en la oscuridad. Montacargas. Entregas a restaurantes. Alguien que está reponiendo estantes a las 7:14 de la mañana mientras piensa en una discusión que tuvo la noche anterior. Un camarero puliendo copas después del cierre, bajo una luz tenue, mientras estudia mentalmente para el examen del día siguiente. Y finalmente: esta copa, ahora fría entre tus dedos, un jueves por la noche, mientras tu amiga te pone al día sobre su reciente desengaño amoroso. 

Y ni siquiera eso logra captar la cosa misma tal como se vive en tiempo real. 

El primer aguijón mineral contra la lengua. La sutil contracción de la mandíbula por los taninos. El calor que empieza a florecer. Una nota súbita de cereza oscura, de humo o de tierra húmeda que te recuerda, inexplicablemente, a tus veintitrés años en una escalera de incendios a finales de octubre, o a la oficina de tu tío, o a ese olor que toma el aire justo antes de la lluvia de verano. La manera en que la conversación cambia de cadencia con el segundo sorbo. 

Pero también, sí, una copa de vino. 

La fenomenología se interesa precisamente por esta brecha: la diferencia entre lo que algo es en abstracto y cómo aparece en la experiencia vivida. La mayor parte de la vida moderna nos entrena para movernos por el mundo con eficiencia, más que para encontrarnos con fenómeno tras fenómeno tras fenómeno tras fenómeno. Y así, sí, el vino se convierte en «bebida». El metro se convierte en «transporte». La pareja se convierte en «mi cónyuge». La abstracción es, sin duda, necesaria para funcionar, pero también simplifica silenciosamente esa cosa maravillosa que es estar vivo. 

La fenomenología se interesa precisamente por esta brecha: la diferencia entre lo que algo es en abstracto y cómo aparece en la experiencia vivida.

Un viaje en metro no es solo infraestructura urbana. Es el calor rancio atrapado dentro de un abrigo de invierno. El vaivén colectivo de desconocidos que se equilibran juntos, inconscientemente, mientras el tren serpentea bajo tierra. La peculiar melancolía de la luz fluorescente a la 1:38 de la madrugada. La intimidad de oír a alguien reír, mientras otro ser humano lee una vieja edición de bolsillo de París era una fiesta, mientras una enfermera exhausta duerme sentada, erguida, a un metro de distancia. 

Una cafetería no es simplemente un lugar donde se vende café. Es el olor del café frío y de los bollos de cardamomo. El alivio de entrar en el calor desde la lluvia fría, o en el fresco desde un verano sofocante. El bajo estrépito orquestal de tazas, vapor, sillas raspando contra pisos de concreto. La fantasía de que tu vida entera podría cobrar coherencia si tan solo lograras responder tres correos más. 

Una pareja no es fenomenológicamente reducible a «la persona con la que estás». Es el cuerpo hacia el que te orientas inconscientemente mientras duermes. Los pasos que reconoces incluso antes de que la puerta se abra. El archivo acumulado de miradas, tensiones, bromas privadas, abrazos, decepciones, duelos, ternuras. El olor de un cuello dulce. El sobresalto continuo de que otra conciencia —confusa, contradictoria, inexplicable— siga revelándose a tu lado pese a días, meses, años, décadas de proximidad. 

El eros entra por todos estos lugares como la fuerza que interrumpe la familiaridad adormecida. Aquello que permite que el mundo vuelva a sentirse abierto, excitante, desconcertante, inviable, increíble. La sensación repentina de que la vida está llegando, en vez de repetirse. De que esta copa de vino, esta cafetería, este viaje en metro, esta persona sentada frente a ti, aún no ha sido agotada por tu comprensión de ella. 

La fenomenología del eros 

Mientras preparo un ensayo más profundo para introducir —y ampliar— el acceso de los lectores al maravilloso mundo de la fenomenología, aquí trazaré brevemente —y, advertidos quedan, no de manera exhaustiva— el terreno. El término fenomenología fue utilizado por primera vez por J. H. Lambert en 1764, quien la definió como «teoría de la apariencia», y más tarde por Kant, Hegel y Husserl. Tal como la entendemos hoy, un fenómeno es aquello que aparece: lo que vemos tal como lo vemos y que podemos describir fielmente, sin juzgarlo antes de poder verlo precisamente como es. Prejuzgar significa emitir un juicio sobre las cosas antes de verlas; en otras palabras, significa someternos a un prejuicio. Por eso se ha dicho que la fenomenología es un retorno a «las cosas mismas». 

Pero este retorno no se dirige simplemente hacia los objetos. Es también un retorno al sujeto —al cogito—, al sujeto real propiamente dicho: el ser vivido en primera persona que cada uno de nosotros ya es. Para lograrlo, es necesario suspender todo conocimiento y todo juicio formulado antes de experimentar los actos y los hechos tal como son vividos; en otras palabras, es necesario lo que los escépticos griegos llamaban epoché («suspensión» o «abstención del juicio»). 

La experiencia vivida misma es el único lugar desde el cual puede surgir algún significado. Antes de que existan sistemas, teorías, ideologías o categorías, está el hecho sentido de estar aquí. Un cuerpo que siente. Un cuerpo que desea. Un cuerpo que se mueve a través de un mundo ya denso de ánimo, memoria, tensión, anticipación, miedo, anhelo. Antes de explicar la vida, estamos dentro de ella. 

La experiencia vivida misma es el único lugar desde el cual puede surgir algún significado. 

En A Phenomenology of Eros (Una fenomenología del eros), el filósofo italiano Enzo Paci comienza con aquello que la fenomenología siempre ha exigido, pero de lo que la mayor parte de la vida moderna nos aparta: el retorno a la experiencia en primera persona. «La experiencia fundamental de la fenomenología», escribe, «es la reducción a la subjetividad». No se trata de opinión o preferencia personal, sino de la subjetividad como inmediatez vivida: el hecho irreductible de que la existencia siempre se experimenta desde algún lugar, a través de alguien, en un cuerpo, en la sensación, en el tiempo. «Debo reducirme a mí mismo», escribe, «a aquello por lo cual estoy vivo». 

En la fenomenología suspendemos el mundo supuestamente objetivo durante el tiempo suficiente para encontrarnos con el mundo tal como realmente es vivido. No el mundo abstracto que mide y clasifica, no el mundo «mundano» ya aplanado en conceptos, sino el mundo tal como aparece en la experiencia: significativo, cargado, afectivo, sensorialmente habitado. Paci llama a esta apertura «el horizonte del eros»: el lugar donde me encuentro con «aquello que es verdaderamente mío, lo que es evidente y está preñado de sentido para mí». 

Y realizar este trabajo filosófico necesario exige lo que él llama la «singularidad de la soledad filosófica». Un despojamiento de las abstracciones heredadas para encontrarse con aquello que se revela directamente. «A partir de ahora», escribe, «solo es válido aquello que se me revela en primera persona». 

Solo aquello que deviene fenómeno para mí. 

Esto no significa que la verdad y el sentido se vuelvan puramente privados. Todo lo contrario. La fenomenología comienza en la subjetividad porque esta es la condición fundamental para que algo como un mundo pueda aparecer. La cuestión no es que la realidad sea inventada por el yo, sino que la realidad siempre es encontrada a través de la encarnación, la sensación, la orientación, el ánimo, la memoria, el deseo. No existe una mirada desde ninguna parte. No hay una conciencia que flote fuera de la vida vivida, observando el mundo desde una distancia estéril. 

«El ego trascendental no es una construcción mitológica: soy yo mismo, en carne y hueso, aquí y ahora; en esa totalidad que, oculta o manifiesta, está viva en mí. No hay cogitatio —‍pensamiento— que no esté ya en el mundo, ni conciencia que no experimente el mundo dentro de sí misma a través de todas sus modalidades: como cosa material, como cuerpo orgánico, como cuerpo orgánico animado, como la vida misma del espíritu». 

Por eso Paci rechaza con tanta fuerza la vieja escisión cartesiana entre mente y cuerpo. «Si concibo una conciencia menos el cuerpo», escribe, «el enigma permanece sin resolver». Una conciencia desencarnada —una pura sustancia pensante desprendida de la sensación— no hace más que reinstaurar el agotado dualismo entre res cogitans y res extensa: la mente aquí, la materia allá. Pero la experiencia vivida no ocurre de ese modo. ¡La conciencia nunca es incorpórea! El pensamiento no flota por encima del mundo sin ser tocado por él. Encontramos la realidad corporal, afectiva, eróticamente. 

Y a través de esta reducción fenomenológica —esta desaceleración y este retorno a la experiencia antes de la abstracción— Paci sostiene que el mundo se revela no como una colección de objetos neutrales, sino como «una comunidad de modalidades de mi sentir». En otras palabras: el mundo aparece a través de la relación. 

Mi mundo es el mundo tal como es experimentado por mí: tocado, temido, deseado, recordado, evitado, amado. La casa de la infancia no es meramente arquitectura. Una canción no es meramente ondas sonoras. Una pareja no es meramente «una persona». Es el campo acumulado de gestos, recuerdos, tensiones, fantasías, heridas, consuelos y sentidos a través del cual esa persona es encontrada por ti. 

Y dentro de este mundo vivido, encuentro a los otros no como objetos mecánicos, sino como seres que también experimentan, perciben, sufren, desean, recuerdan y se mueven a través de la realidad desde dentro de sí mismos. Todas y cada una de las personas son un centro de experiencia. 

Lo cual se convierte entonces en uno de los problemas más profundos y una de las mayores revelaciones de la fenomenología: ¿cómo encuentro al otro? 

El encuentro con el otro 

Edmund Husserl, reconocido como el fundador de la fenomenología, comenzó volviendo la mirada hacia el interior, hacia las estructuras de la experiencia vivida misma; así, mediante la reducción fenomenológica, el mundo es puesto «entre paréntesis» para que la conciencia pueda examinar cómo aparece el sentido. Pero esto crea de inmediato un problema. Si todo se examina tal como aparece para mí, entonces ¿qué estatuto tienen realmente las otras personas? ¿Son verdaderos centros independientes de experiencia, o son meramente fenómenos que ocurren dentro de mi propio campo de conciencia? Esta es la objeción del solipsismo que acecha al proyecto de Husserl: el temor de que la fenomenología haga colapsar el mundo en una especie de soledad trascendental, donde solo mi subjetividad puede ser verdaderamente conocida. 

La Quinta meditación cartesiana es el intento de Husserl de mostrar que la conciencia nunca está tan clausurada sobre sí misma como supone esa objeción. No encuentro a los otros meramente como objetos entre objetos —como piezas de materia en movimiento—, sino como cuerpos vivientes que expresan una interioridad. Los gestos, expresiones, palabras, vacilaciones y movimientos de otra persona portan un estilo de animación que se asemeja a mi propia corporalidad vivida. Reconozco en ellos no simplemente una conducta, sino una subjetividad. 

Husserl llama a este proceso «emparejamiento» (Paarung): el otro cuerpo es experimentado analógicamente a través de mi propia existencia encarnada. Porque me conozco a mí mismo no solo como mente, sino como cuerpo que siente, se mueve y se expresa, el otro cuerpo se anuncia como otro centro de experiencia estructurado como el mío. De este modo, el mundo deja de ser meramente «mío» y se convierte en un mundo intersubjetivo: un mundo compartido, constituido a través de las relaciones entre seres conscientes. 

Lo que se vuelve cada vez más claro en la Quinta meditación es que la objetividad misma depende de esta estructura intersubjetiva. Un mundo no podría aparecer como estable, público y real si perteneciera únicamente a una conciencia solitaria, encerrada en sí misma. La sensación misma de que algo existe «ahí afuera» —compartido, duradero, disponible por otros— ya presupone otras mentes moviéndose a través del mismo mundo. La taza de café sobre la mesa no es meramente mi percepción de una taza de café; aparece como algo que cualquiera podría tomar, algo con lo que cualquiera podría quemarse la lengua, algo que cualquiera podría olvidar en el fregadero durante la noche. El metro que llega a Atlantic Avenue no es solo una imagen en mi teatro privado de la conciencia; es un mundo que se despliega simultáneamente para viajeros exhaustos, adolescentes con botas de plataforma, un hombre que aprieta contra sí unos tulipanes marchitos, alguien agotado por su jornada laboral. 

En este sentido, la intersubjetividad forma parte de la condición misma bajo la cual un mundo puede aparecer como mundo. La realidad adquiere espesor, continuidad y carácter público porque está implícitamente compartida. 

Y, sin embargo, la tensión nunca desaparece del todo. 

Husserl todavía parte del ego trascendental, lo que significa que el Otro debe emerger de algún modo dentro de las estructuras de mi experiencia. De nuevo: ¿cómo puedo saber verdaderamente que existe otra conciencia y que no se trata solo de una inferencia? Otros fenomenólogos, como Maurice Merleau-Ponty y Emmanuel Levinas, heredan y a la vez desafían a Husserl: sostienen que el encuentro con el Otro puede ser aún más primario, disruptivo e irreductible de lo que Husserl admite. El Otro no aparece simplemente dentro de mi mundo; lo interrumpe. Lo reorganiza. Me dirige exigencias éticas antes de que yo las haya elegido plenamente. Pero la Quinta meditación sigue siendo decisiva porque marca el momento en que la fenomenología se orienta de manera definitiva hacia la corporalidad, la relacionalidad y la comprensión de que la conciencia nunca está simplemente a solas consigo misma. 

Encontramos al otro no mediante una prueba lógica distanciada, sino a través de la corporalidad vivida. Reconozco a otro como vivo porque encuentro en él la misma corporalidad expresiva a través de la cual me conozco a mí mismo. Otro cuerpo nunca es meramente una cosa entre cosas. Gesticula, se retrae, se sonroja, tiembla, se acerca, habla, se ríe demasiado fuerte durante la cena, tamborilea con dedos nerviosos sobre un vaso. Revela una interioridad a través de su expresión exterior. 

El otro es experimentado como vivo porque encuentro su cuerpo no como materia inerte, sino como presencia vivida. No simplemente carne que ocupa espacio, sino un ser orientado hacia el mundo del mismo modo que yo: sintiendo, deseando, temiendo, recordando, esperando, anhelando. 

Y esto significa que el eros es siempre intersubjetivo. No es meramente mi deseo proyectado hacia afuera. Es el campo cargado que emerge entre conciencias encarnadas que se encuentran unas a otras como irreductiblemente vivas. Por eso el eros contiene también tanta inestabilidad. Otra persona nunca puede ser reducida por completo a mis categorías. Me excede. Se me resiste. Me transforma. 

Porque, para Paci, el eros no es un instinto aislado que se añade a la existencia humana después del hecho. El eros está inextricablemente ligado a cada fenómeno, tejido en la estructura misma de la manera en que la conciencia se relaciona con el mundo. El deseo no es algo que el yo experimenta ocasionalmente; es parte del modo mismo en que el yo existe. 

Para Platón, el eros era direccional y, en última instancia, lo llamó una forma de poiesis: un traer-a-la-presencia, una fuerza creativa. Un movimiento de la conciencia hacia aquello que se siente más vivo, más bello, más significativo, más verdadero. El deseo comienza con la atracción hacia un cuerpo, sí, pero no permanece allí. Se expande hacia afuera: de un cuerpo bello a la belleza en muchos cuerpos, de los cuerpos a las mentes, de las mentes a las ideas, de las ideas a la belleza misma. El eros se convierte en una suerte de propulsión existencial: un anhelo no simplemente de poseer, sino de participar más plenamente en el ser. Y la fenomenología, a su modo, intenta algo similar: devolvernos a la inmediatez viva de la experiencia antes de que el mundo se calcifique en abstracción, utilidad y repetición. 

La verdad, fenomenológicamente hablando, es revelación. Es el reconocimiento súbito y sentido de que algo se ha vuelto nuevamente vivo.

El fenomenólogo Maurice Merleau-Ponty, en su obra fundamental de 1945, Fenomenología de la percepción, dice algo semejante cuando escribe que «la percepción erótica no es una cogitatio que apunta a un cogitatum». En otras palabras, el eros no es un pensamiento separado dirigido hacia un objeto. No es la conciencia apuntando intelectualmente hacia algo externo. La percepción erótica ocurre a través del cuerpo. «Más allá de un cuerpo, contempla otro cuerpo», escribe Merleau-Ponty, y «se efectúa en el mundo y no en la conciencia». 

Paci lleva esto aún más lejos cuando escribe que «uno de los secretos más profundos del eros reside en el hecho de que, desde el comienzo, se dirige hacia la verdad antes que hacia la realidad». Conviene detenerse en la frase. La realidad es aquello que ya está ante nosotros como familiaridad sedimentada: el apartamento conocido, la relación establecida, los hechos de una vida ya categorizada y explicada. Pero la verdad, fenomenológicamente hablando, es revelación. Es el reconocimiento súbito y sentido de que algo se ha vuelto nuevamente vivo, nuevamente significativo, nuevamente capaz de afectarte. 

El eros no se satisface con la posesión estática porque está animado, en lo fundamental, por este movimiento hacia el desvelamiento, hacia el encuentro, hacia aquello que excede la comprensión completa. Hacia la revelación continua de lo que no puede ser plenamente agotado ni clausurado. Por eso el deseo muere tan rápido bajo la familiaridad absoluta, la transparencia completa o la certeza rígida. El eros requiere que permanezca algún horizonte: cierta sensación de que otra persona, el mundo, incluso el yo, todavía exceden lo que ya se sabe. 

El eros reorganiza toda percepción, y por eso el mundo mismo se vuelve cargado. Las cosas dejan de aparecer como objetos neutrales y comienzan a brillar con sentido, densidad y carga. La condensación que resbala por una copa fría de martini mientras esperas que llegue tu cita. Un desconocido que roza tu cuerpo en el metro y deja tras de sí un tenue rastro de madreselva. Una línea de una novela que parece escrita precisamente para ese duelo privado que aún no habías logrado articular. El envés púrpura y amoratado de las nubes del atardecer sobre el estacionamiento de un supermercado. Tu apartamento, que ayer parecía embotado por la rutina y las tareas domésticas, ahora aparece tierno, habitado, lleno de pruebas de que allí se está viviendo una vida. En medio de una discusión, tu pareja estornuda y, de pronto, toda tu irritación se derrumba ante la visión de este animal frágil y respirante que amas. El eros restaura una especie de percepción profunda de la percepción. El mundo deja de sentirse distante y empieza a sentirse disponible. El mundo ordinario recupera dimensionalidad y la existencia recobra su intensidad. 

Inteligencia erótica 

Una cosa es decir que la fenomenología requiere que regresemos a la experiencia vivida antes de que la abstracción la solidifique; y otra muy distinta es hacerlo a las 21:47 con la persona cuyo hilo dental está en la mesita de noche y cuyas historias has escuchado tantas veces que puedes recitar en silencio el desenlace. 

La intimidad es la gran prueba de resistencia de la vida fenomenológica porque nos obliga a preguntarnos si somos capaces de permanecer en contacto con lo que nos resulta más familiar sin convertirlo en algo insípido; si somos capaces de seguir encontrándonos con aquello de lo que también dependemos; si el eros puede sobrevivir no solo a la distancia y al anhelo, sino a la proximidad, la repetición, las compras del supermercado, los calendarios compartidos, el resentimiento, las rutinas antes de dormir y los mil pequeños hechos domésticos que amenazan con convertir a un sujeto vivo en infraestructura del hogar. 

Esta semana se cumplen veinte años de Inteligencia erótica de Esther Perel —si no lo has leído, deberías hacerlo; si ya lo leíste, es uno de esos libros que se profundizan con la relectura—. Y pese a dos décadas de aceleración tecnológica, vida algorítmica, comunicación optimizada, cultura de la productividad, soledad mundial y el extraño agotamiento administrativo de la adultez moderna, las personas siguen perseguidas por una pregunta esencialmente igual: ¿cómo permanecemos vivos el uno para el otro cuando la familiaridad se instala? ¿Cómo seguimos encontrándonos en vez de simplemente reconocernos? 

Aquello a lo que Esther vuelve una y otra vez es la idea de que el deseo requiere cierta vitalidad perceptiva. Es la capacidad de experimentar a otra persona como algo que excede el conocimiento que ya tenemos de ella. De resistirse a reducirla a rol, utilidad, previsibilidad o información acumulada. En este sentido, Inteligencia erótica se convierte en algo mucho más amplio que un libro sobre sexo o relaciones. Se convierte en una fenomenología profundamente práctica de la intimidad: un estudio sobre cómo mantener viva a otra persona ante nosotros. 

No se trata solo del «esposo», de «la esposa», de «la persona con quien crías a tus hijos», de «la persona que volvió a olvidar cambiar la ropa de la lavadora a la secadora», sino de una conciencia viva, cambiante, parcialmente incognoscible: alguien con estados de ánimo que no puedes predecir por completo, contradicciones que no puedes resolver del todo, fantasías, miedos, recuerdos, sistemas meteorológicos interiores y privados que siguen revelándose más allá de tu gestión sobre ellos; alguien que todavía puede sorprenderte, porque ninguna persona puede convertirse nunca por completo en conocimiento. 

La fenomenología nos pide suspender la explicación prefabricada durante el tiempo suficiente para volver al fenómeno mismo. Esther nos pide hacer esto con la persona que duerme a nuestro lado. Poner entre paréntesis —aunque sea brevemente— el expediente acumulado: los agravios, las eficiencias, los diagnósticos, la taquigrafía doméstica y las certezas defensivas mediante las cuales la intimidad de largo plazo se protege tan a menudo de la sorpresa. No para olvidar la historia, no para fingir que no sabemos lo que sabemos, sino para aflojar el dominio de la clausura. Para permitir que el otro aparezca de nuevo como sujeto y no como un hecho ya establecido. 

Porque la muerte del eros no suele ser una traición explosiva ni una catástrofe dramática. Más a menudo, es un adormecimiento perceptivo. La conversión gradual de otra persona, de sujeto vivo en concepto estabilizado. El punto en que dejas de mirar porque crees que ya sabes. Sabes lo que dirá. Sabes lo que va a pedir. Sabes cómo va a reaccionar. Sabes la cara que pone cuando se molesta, el pequeño suspiro antes del desacuerdo, la manera en que entra a una habitación cuando trae malas noticias. Y, por supuesto, parte de ese saber es de hecho intimidad. Parte de eso es ternura. Pero otra parte se convierte en líquido de embalsamar. La persona amada queda tan minuciosamente preservada dentro de tu idea de ella que ya no puede llegar. 

Esa es la paradoja a la que Esther vuelve una y otra vez: el amor busca cercanía, pero el deseo requiere alteridad. El amor quiere continuidad, fiabilidad, «avísame cuando aterrices». El deseo quiere distancia, misterio, la carga del otro como otro. La tarea no consiste en elegir uno sobre el otro, sino en cultivar la extraña doble visión del eros maduro: conocer profundamente a alguien y, aun así, dejar espacio para su incognoscibilidad. Construir una vida juntos sin convertir esa vida en una habitación cerrada. 

Por eso, en el marco de Esther, el eros nunca se reduce meramente al sexo. Es uno de los lugares donde todo el campo relacional se concentra y se revela: poder, vergüenza, juego, generosidad, retención, control, imaginación, resentimiento, libertad, dependencia, reparación. Viejas humillaciones emergen junto al anhelo. El control choca con la vulnerabilidad. El cuerpo filtra verdades que el yo pulido preferiría a menudo mantener bajo gestión. Una vacilación antes del contacto. La súbita desaparición de la espontaneidad. El dolor de querer ser deseado sin tener que pedirlo. El duelo de sentirse emocionalmente invisible mientras se es sostenido físicamente. 

El dormitorio se convierte entonces en un punto de presión fenomenológica donde la relación entera revela su arquitectura oculta. No solo «¿nos deseamos?», sino «¿podemos seguir experimentándonos como vívidamente vivos, en lugar de psicológicamente archivados?». ¿Podemos seguir siendo curiosos frente a la familiaridad? ¿Podemos arriesgarnos a ser vistos en nuestro deseo, en vez de representar competencia alrededor de él? ¿Podemos tolerar el hecho aterrador de que otra persona nunca será plenamente contenible por nuestras narrativas sobre ella? 

La vida erótica rara vez se destruye por falta de información. Más a menudo muere bajo el peso de la familiaridad excesiva, la gestión, la certeza y la lenta conversión del encuentro en administración. La persona amada se vuelve rol antes de seguir siendo fenómeno. Y el cuerpo, que alguna vez se sintió como un lugar de descubrimiento, empieza a sentirse procedimental. 

La vida erótica rara vez se destruye por falta de información. Más a menudo muere bajo el peso de la familiaridad excesiva, la gestión, la certeza y la lenta conversión del encuentro en administración.

Una querida amiga me contó, hace ya casi una década, que le había regalado Inteligencia erótica a su esposo como quien entrega una perla hecha de papel. En la superficie, podía parecer una petición de más y mejor sexo —así fue, sin duda, como su esposo lo interpretó—, pero debajo de eso había una súplica mucho más vulnerable: ¿te encontrarías conmigo en mi interioridad? ¿Te interesaría encontrarte conmigo? ¿Seguirías sintiendo curiosidad acerca de mí? Lamentablemente, su ahora exesposo rechazó la invitación. 

Y tal vez una de las erosiones más profundas que una persona puede experimentar sea que su vitalidad —su existencia como otro, como fenómeno profundo— sea tratada continuamente como excesiva e inconsecuente a la vez. Que la curiosidad, el anhelo, la intensidad, la imaginación, la sensualidad, la vitalidad —esa corriente que la atraviesa— sean recibidas una y otra vez con disminución, vergüenza ajena, indiferencia o gestión. Que las partes más vivas de alguien sean tratadas como «demasiado», pero al mismo tiempo no lo bastante importantes como para ser verdaderamente atendidas. Esta no es solo una herida sexual. Es una herida ontológica. Es la herida de ofrecer el lugar donde te sientes más real y verlo tratado como una molestia. 

Esta amiga mía posee una vitalidad inmensa: apetito, inteligencia, sensibilidad, humor, vitalidad erótica en el sentido más amplio y más bello. Y lo que la devastó no fue simplemente el desamor, sino la insinuación repetida de que las cualidades que la hacían sentirse más viva eran una carga, no algo digno de encuentro. Como si la corriente que la atravesaba —esa fuerza brillante que la animaba— pudiera ser ignorada sin consecuencias. 

Perder el eros, entonces, no es simplemente perder la pasión. Es perder la sensación de que el mundo se dirige a ti. Dejar de sentir que la vida te pide algo, te ofrece algo, llega con textura, calor y riesgo. Es la deliciosa disciplina del reencuentro. La disposición a mirar de nuevo aquello que se ha vuelto familiar y admitir que no lo has agotado. La persona a tu lado no es un problema resuelto. El mundo no es un objeto muerto. El eros comienza ahí: en el sobresalto de comprender que aquello que creías conocer sigue estando, de algún modo, vivo. 

Vivir fenomenológicamente no es rechazar el conocimiento ni la familiaridad, sino resistirse a permitir que se vuelvan totalizantes. Es preservar algún corredor vivo entre uno mismo y el mundo, por el que todavía puedan transitar la sorpresa, la revelación, la belleza, el duelo, el deseo y el encuentro. El eros es la fuerza animadora que impide que las cosas queden fenomenológicamente clausuradas. La fuerza que devuelve profundidad a aquello que la familiaridad amenaza con aplanar. De pronto, la copa de vino ya no es «una bebida», sino mineral, memoria, clima, tierra, tiempo. La cafetería se vuelve menos un punto de paso que un pequeño santuario del ritmo humano. El vagón del metro se llena otra vez de vidas privadas que coinciden sin saberlo. La persona amada deja de ser meramente «tu pareja» y vuelve a ser esta conciencia asombrosa e incognoscible que se revela a tu lado: capaz de herirte, sorprenderte, transformarte. 

El eros restaura la dimensionalidad del mundo. Permite que la realidad —no, ¡la verdad!— vuelva a relucir en los bordes, en lugar de yacer ahí, plenamente explicada. Y quizá estar vivo, en el sentido más profundo, no sea ni más ni menos que permanecer vulnerable al encuentro. 


Este artículo fue publicado originalmente en The Phenomenological Society. Lea el original aquí.

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