¡¡¡Profundísimo!!! – El debate en torno al Mundial de Qatar

noviembre 22, 2022
Copa del mundo de Catar 2022 junto a un balón de fútbol
Photo by Fauzan Saari on Unsplash

Raras veces la filosofía asoma en la televisión, que ya se sabe que es un medio que sirve para crear comunidad nacional, para más señas la comunidad nacional del miedo. Afortunadamente, tenemos el fútbol, que no infunde miedo, sino épica, lo que quede de épica bajo la égida mundial del Kapital –que es todo menos épico: nada más prosaico que el dinero, y de ahí la necesidad de combinar la adquisición de dinero con el consumo heroico de cocaína. Y el fútbol se ha aliado con la filosofía, la de verdad, la de siempre, en la discusión que nos ronda estos días en torno a la calidad moral del Mundial que se han comprado los jeques, esos mismos señores tan rectos y piadosos que segregan a las mujeres, asesinan a los gais e ignoran lo que pueda ser la prevención de riesgos laborales de la población esclava.

Sin embargo, su intolerancia nos ha permitido reavivar una vieja cuestión que andaba barrida bajo la alfombra de las miserias de Occidente desde el 11-S, si no antes.

Porfirio, filósofo neoplatónico del s. III d. C., afirmaba que el problema de los universales era bathytátes, ¡¡¡profundísimo!!!, y que requería del mayor estudio, meidsonos, lo cual es completamente cierto. Todavía en 1140, centurias después, de ese mismo problema de los universales, aún sin resolver (nada se resuelve nunca, para amenidad de la vida…), escribió Juan de Salisbury, discípulo de Pedro Abelardo, que la antigua cuestión en la que envejeció el mundo trabajando; en la que se ha consumido más tiempo que el que tardó la casa de César en adquirir y regir el imperio del orbe y en la que se ha gastado más dinero del que poseyó Creso en todas sus riquezas.

Hoy, nuestro quebradero de cabeza predilecto no es tanto el valor semántico de las palabras y la gramática del lenguaje científico u ordinario, como atormentaba a nuestros nobles ancestros, sino hasta qué punto tales palabras, en tanto que expresan nos guste o no costumbres y culturas, pueden ser universalizadas o no. Es decir, que la universalidad es ahora una acción, una dinámica, y no el establecimiento de una posición ontológica fija. Al fin y al cabo, si ni los antiguos, ni los medievales, pudieron llegar a acuerdo alguno, no hay motivo para pensar que nosotros podamos ser más listos.

El capitán de la selección inglesa se acaba de rajar de portar un brazalete a favor de la comunidad LGTBIQ+, mientras que Morgan Freeman, el único hombre que ha interpretado a Dios en la gran pantalla (mujer fue Alanis Morissette, y mucho mejor en mi opinión), ha quedado como un vendido por patrocinar con su imagen de Nelson Mandela este torneo de la vergüenza. Pero, en fin, esto es lo que ocurre cuando uno se mete en jardines filosóficos: que parece que no, pero se termina recibiendo.

Nuestro sin par erudito, Julio Caro Baroja, escribió en La palabra y su sombra que el relativismo consiste en el fondo en que “toda opinión es igualmente vacía”. Yo no estoy tan seguro, y el problema me sigue pareciendo bathytátes, como a Porfirio. La solución con la que más simpatizo, actualmente -vete a saber mañana…- es la de la Teoría de la Indiferencia de Guillermo de Champeaux, francés a caballo entre los siglos XI y XII y enemigo del mencionado Abelardo, que afirmaba que los individuos no tienen la misma esencia numérica sino una esencia que, aunque no es la misma, tampoco es diferente, y que es la base real de los universales.

Es decir, que los mismos seres son singulares por su distinción, de eso no cabe duda, pero que son universales por la indiferenciación de su naturaleza. Así, en la presente coyuntura, y actualizando la polémica, desde luego que yo personalmente creo que habría que sostener firmemente que la modulación de la praxis humana que supone e implica esa cultura atrasada, elitista y convenientemente machista de Qatar es perfectamente legítima como expresión de una posibilidad del hombre, pero indiferente en lo que toca a la definición del mismo. Por tanto, entiendo que lo que es legítimo por tristemente insoslayable, no tiene por qué ser respetado meramente por ser distinto. Sobre todo si tal distinción acarrea males tangibles e incluso perfectamente cuantificables para colectivos determinados como obreros, mujeres, trasegadores de cerveza y gente que no sabría evitar enamorarse de congéneres no biológicamente reproductibles (cosa, que, por cierto, tan solo es cuestión de tiempo que podamos arreglar, si es que no ha sido arreglado ya en realidad desde hace unos dos o tres años).

De manera que pienso que debemos aceptar la diferencia que Qatar, como otros feudos de la misma calaña aborrecible, representa en tanto una variedad más de la vieja tiranía patriarcal ancestral, pero no debemos darle más valor que el que sus propios resultados nos puedan reportar bien a las claras. O, dicho a la manera de un joven, militante y locuelo Manuel Vázquez Montalbán, que más que de Qatar era de la perversa Bangkok:

¡¡¡Sed relativistas en todo aquello que no os importe!!!

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