El sendero de los nidos de araña
El sendero de los nidos de araña. Ilustración: Ivana Calamita.

El primer Calvino. La resistencia como testimonio y encuentro entre naturaleza e historia

En el centenario del nacimiento del escritor italiano Italo Calvino (1923-1985), la revisión de algunas de sus principales obras confirman una producción multifacética y sorprendente, así como la confluencia del Calvino lector, escritor y editor
Inicio

“Las lecturas y las experiencias de vida no son dos universos sino uno. Para ser interpretada, cada experiencia de la vida pide auxilio a ciertas lecturas y se funde con ellas”.

Italo Calvino

La exploración del primer libro publicado por Italo Calvino en 1947 -la novela El sendero de los nidos de araña– está indisolublemente ligada a la del segundo, la compilación de relatos Por último, el cuervo que vería la luz dos años después. Más allá de tratarse ambas obras claras expresiones del “primer Calvino”, son varios los motivos que hacen que cualquier aproximación a la primera, lleve indefectiblemente a la lectura de la segunda.

En efecto, ambos textos dejan traspasar la búsqueda -muy propia de los escritores de esa época- por dar cuenta de lo que había significado la experiencia de la guerra que acababa de concluir. En el caso de Calvino, esa experiencia había adquirido una dimensión particularmente intensa al haber formado parte de las Brigadas Garibaldinas, cuando decidió junto con su hermano enrolarse como partisano. El antifascismo lo había mamado en el seno familiar pero luego sabría combinar su decisión de pasar a la acción armada con su compromiso intelectual, escribiendo para El Politécnico, -revista dirigida por Elio Vittorini- y, más tarde, al afiliarse al Partido Comunista y escribir para su órgano oficial L’Unitá.

En varias entrevistas que concedió a lo largo de su vida, el escritor italiano examinó su aporte y la de varios de su generación a la literatura italiana de posguerra.

Un sendero hacia el testimonio

Su primera novela narra, justamente, las vicisitudes de un grupo heterogéneo de partisanos que se aprestan para un combate pero Calvino toma una decisión literaria que no es menor: ubica la centralidad de la trama en Pin, un niño que a lo largo de sus páginas no termina nunca de dejar la infancia pero, tampoco, de ingresar en la adultez, esa que indefectiblemente impone una empresa militante y riesgosa como la del grupo de resistentes. El retrato del protagonista es el de un representante de grupos sociales postergados golpeados por la pobreza ancestral, situación que la guerra potenciaría con desmembramientos familiares, prostitución y violencia. Solo que la decisión de colocar en un púber el protagonismo de la acción y, a su vez, darle a la trama un marcado tono de novela de aventuras, aliviana el peso de ese escenario hostil del que el autor quería dar testimonio. Como ha afirmado un crítico de Calvino: “A través de la mirada infantil, aún el horror de la guerra se transforma en algo aventurero” y en esta última impronta emerge, transparente, como sería siempre, el “Calvino lector”.

Están allí, dialogando con los personajes pero también con los ambientes de Rudyar Kipling, de Robert L. Stevenson y sobre todo de Por quién doblas las campanas, esa novela que Ernst Hemingway había escrito unos años antes sobre la Guerra civil española. En 1964, en ocasión de una reedición de la novela, Calvino explicita esta última influencia en el prólogo que escribe para la misma: “Fue el primer libro en el que nos reconocimos; a partir de allí a transformar en motivos narrativos y en frases lo que habíamos sentido y vivido, el destacamento de Pablo y de Pilar era “nuestro” destacamento”[1]. Ese “nuestro” que en el decisivo capítulo 9 troca en un “nosotros” que se enfrenta a un “ellos” cuando hace decir a uno de sus personajes: “Y nosotros, en la historia, estamos del lado del rescate, ellos del otro. Entre nosotros nada se pierde, ningún gesto, ningún disparo, aunque sean iguales a los de ellos, ¿me entiendes?, iguales a los de ellos, nada se pierde, todo servirá si no para liberarnos, para liberar a nuestros hijos, para construir una sociedad sin rabia, serena, en la que se pueda no ser malos. El otro es el lado de los gestos perdidos, de los furores inútiles, perdidos e inútiles aunque triunfen, porque no hacen historia, no sirven para liberar sino para repetir y perpetuar esa furia y ese odio, hasta que al cabo de otros veinte o cien o mil años volvamos así, nosotros y ellos, a combatir con el mismo odio anónimo en los ojos, y sin embargo tal vez sin saberlo, nosotros siempre para redimirnos, ellos para seguir siendo esclavos”[2].

En una entrevista concedida en 1959, Calvino “lee” críticamente –con los libros propios como con los ajenos, fue siempre un lector crítico- aquella literatura para evocar sus claves, “una evocación que está –dice- aún demasiado ligada a lo emotivo”. Afirmó en aquella oportunidad: “Luego de la guerra hubo en Italia una explosión literaria que más que un hecho artístico fue uno fisiológico, existencial, colectivo. Habíamos vivido la guerra y nosotros, los más jóvenes –que alcanzamos apenas a ser partisanos- no nos sentíamos excluidos, vencidos, “derrotados” sino vencedores, depositarios exclusivos de algo”.[3]

Un abanico de historias para dar testimonio

De Por último, el cuervo, Calvino había publicado con anterioridad incluso a su primera novela, tres de los treinta relatos breves escritos entre 1945 y 1949 y que integran este volumen que tuvo en su edición original una tirada de mil quinientos ejemplares. Se trata de una sucesión de historias muy diversas entre sí pero en las que resulta evidente la presencia de aquellos ingredientes de época puestos una vez más en cuerpos y almas que parecen camuflarse con las entrañas mismas de la naturaleza en la que el autor los hace “jugar”. Así desfilan por estas páginas: un niño que luego de pasar el día en el bosque recogiendo piñas, por las noches su padre, de “pelo largo hasta los hombros y la barba hasta el pecho” le lee en voz alta libros Elysée Reclus, el geógrafo anarquista francés miembro de la Primera Internacional; dos banditas de adolescentes que protagonizan una reyerta en los restos de un barco hundido por los alemanes y que no pueden afirmar que no tenga todavía minas en su interior; dos niños que luego de su vagabundeo por las vías del tren dan con una casa de una familia burguesa a cuyo hijo observan sin ser vistos y a quien describen como si sintiera que los bienes que lo rodean, “…el libro, la mecedora, las mariposas enmarcadas y el jardín con juegos y la merienda y la piscina y las almendras le fueran concedidos por un enorme error y él no pudiera gozarlos y solo experimentase la amargura de aquel error como una culpa”. O también Pipín que debe hacer guardia de noche, armado, para que sus vecinos ladrones no roben por las noches las frutas de sus árboles y las venda en el mercado negro cada vez más a la orden del día; o Nanín, que al ver a niños de otros campesinos bellamente ataviados para la primera comunión “algo oscureció en el fondo de su alma, una especie de antiguo, furioso miedo” y se preguntaba: “¿Era acaso porque su hijo y su hija jamás tendrían esos vestidos blancos…?”[4].

Leídas en sucesión, estas historias confirman los dichos del autor en otra de aquellas entrevistas –esta de 1957- en las que echaba una mirada retrospectiva a sus primeros escritos: “El primer acto de todo nuevo escritor, en aquella post-guerra, fue el de dar testimonio: sobre su experiencia en la guerra, sobre una situación social de su pueblo o incluso también sobre el modo de vida de la burguesía. Esa fue una literatura del testimonio”[5].

La inmediata consagración que El sendero… obtuvo en aquella post-guerra italiana que se sumergía, decidida, en el neorrealismo, da cuenta de esa disponibilidad lectora hacia aquellas vivencias a las que Calvino aludía en la entrevista pero, también, del modo en que luego de la ruina que dejó el fascismo y la guerra comenzó a reconfigurarse el campo intelectual y cultural de la península, al menos del de la izquierda. Fueron justamente Vittorini pero sobre todo Cesare Pavese las figuras en torno a las cuales orbitó Calvino por aquellos años juveniles y también después, y quienes supieron ver rápidamente sus potencialidades y apostaron por él, como aquellos editores cuya gran sagacidad les permiten entrever nuevas y valiosas firmas. Fue gracias a esos contactos que logra ingresar en 1945 en Einaudi, el sello turinés que marcó a fuego la cultura literaria italiana de la segunda mitad del siglo XX, y que además de publicarle sus dos obras iniciáticas lo tendría a partir de ese momento y por varias décadas como uno de sus más estrechos colaboradores.

Fue así como asomaba la propia prehistoria del Calvino editor, aquel que con inédita maestría lograría combinar cotidianamente el trabajo sobre sus propios libros con el de “los libros de los otros”[6]. De allí en más, ya no podría distinguirse con claridad al Calvino escritor del lector y del editor.


Notas

[1] Calvino, Italo. El sendero de los nidos de araña. Prefacio del autor para la edición italiana de 1964.Madrid. Tusquets. Narrativa actual. 1994.

[2] Idem, pp. 167-168.

[3] “Pavese, Carlo Levi, Robbe-Grillet, Butor, Vittorini…” en Calvino, Italo. Sono nato in America… Interviste 1951-1985. Milano. Mondadori. 2002.

[4] Calvino, Italo. Por último, el cuervo. Buenos Aires. Tusquets. 1990.

[5] “La Resistenza mi ha messo al mondo” en Calvino, Italo. Sono nato in America… Interviste 1951-1985 (traducción del autor)

[6] Calvino, Italo. Los libros de los otros. Correspondencia (1947-1981). Barcelona. Tusquets. 1994.


Responder

Your email address will not be published.