Mi Manifiesto Europeo por Slavoj Žižek

“Mi Manifiesto Europeo” por Slavoj Žižek

Sólo si nos escindimos de la versión clásica de la democracia liberal defendida por la herencia europea, sólo si rompemos lo que nos une al cuerpo decadente de la vieja Europa, podremos mantener viva la herencia europea
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Algunos todavía recordamos el famoso comienzo de El manifiesto Comunista: “Un espectro recorre Europa: el espectro del comunismo. Todas las potencias de la vieja Europa se han unido en una Santa Alianza para exorcizar este espectro: El Papa y el Zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los espías de la policía alemana…” ¿Acaso las palabras de Marx no nos permiten, aún hoy, decir qué es “Europa” en la opinión pública?

Un espectro recorre el mundo: el espectro del eurocentrismo. Todas las potencias de la vieja Europa y del nuevo orden mundial se han unido en una Santa Alianza para capturar a este espectro: Boris Johnson y Putin, Salvini y Orban, antirracistas proinmigración y protectores de los valores tradicionales europeos, progresistas latinoamericanos y conservadores árabes, sionistas de Cisjordania y “patriotas» comunistas chinos.

Cada opositor a Europa tiene su visión de Europa. El primer ministro británico, Boris Johnson, implementó el Brexit porque la burocracia de Bruselas es, a sus ojos, un súper Estado que obstaculiza la soberanía británica y la libre circulación de capitales, cuando algunos sectores del Partido Laborista también han apoyado la salida de la Unión Europea (UE), convencidos de que la burocracia de Bruselas está al servicio del capital internacional para impedir la aprobación de leyes y la realización de una política financiera que defienda los derechos de los trabajadores. La izquierda latinoamericana equipara el eurocentrismo con el colonialismo blanco, y Vladimir Putin intenta sabotear la UE para que Rusia pueda extender su influencia más allá de los antiguos países soviéticos. Los sionistas radicales no ven con buenos ojos a una Europa que consideran demasiado benévola con los palestinos, mientras que algunos árabes ven la obsesión de Europa por el antisemitismo como una concesión al sionismo. El líder de la Liga italiana, Matteo Salvini, y el primer ministro húngaro, Viktor Orban, ven a la UE como una comunión multicultural que amenaza los auténticos valores tradicionales europeos y abre sus puertas de par en par a los inmigrantes de culturas extranjeras, mientras que los inmigrantes ven a Europa como una fortaleza de racismo blanco que les prohíbe integrarse plenamente. Y la lista continúa.

La pandemia ha dado nuevas dimensiones a estas críticas. Se dice que el individualismo europeo es la causa del elevado número de casos en Europa, en comparación con las cifras relativamente menores registradas por los países asiáticos, donde el sentido del interés público es más fuerte. La UE se ha considerado ineficaz, incapaz de organizar una campaña de vacunación con rapidez, hasta el punto de que Europa ha ido cediendo al nacionalismo vacunal. Al mismo tiempo, también se acusa al continente de favorecer a sus propias poblaciones en detrimento de los países pobres del tercer mundo… En este sentido, hay que reconocer que los retrasos en la vacunación son el precio que tiene que pagar por su apego a sus principios: la UE quiso garantizar la distribución equitativa de las vacunas disponibles entre sus Estados miembros. Los defensores de Europa también se dividen en torno a contradicciones similares: está la visión «tecnocrática» de Europa, considerada como una de las entidades eficientes del capitalismo mundial, la visión liberal de Europa, un espacio de libertades y defensa de los derechos humanos, la visión conservadora de Europa, una unión de feroces identidades nacionales… Poder emancipador.

¿Cómo podemos dar sentido a semejante desorden? Sería demasiado cómodo hacer una clasificación simplista de los buenos y los malos, rechazar la Europa que fue la cuna del colonialismo moderno, el racismo y la esclavitud y apoyar sólo la Europa de los derechos humanos y la apertura a los otros. Esto nos recuerda las palabras de ese político estadounidense al que le preguntaron, en la época de la Ley Seca, sobre su posición respecto al vino: «Si por vino se entiende esta bebida que alegra las veladas con los amigos, estoy totalmente a favor. Pero si por vino se entiende ese veneno que induce a la violencia familiar, que bastardea a los individuos y los deja sin trabajo, ¡me opongo con vehemencia!» Sí, Europa es un concepto complejo, cargado de tensiones, pero debemos hacer una elección clara y sencilla: ¿puede Europa seguir siendo lo que Jacques Lacan llamaba un «significante maestro», una de esas palabras capaces de expresar la lucha por la emancipación?

Debemos defender la palabra «Europa», no sólo porque contiene más cosas buenas que malas, sino sobre todo porque la herencia europea proporciona las mejores herramientas para analizar lo que está mal en Europa.

Precisamente ahora que Europa está en declive y que se multiplican los ataques a lo que ha construido, debemos ponernos de su lado. Porque el principal objetivo de estos ataques no es la herencia racista, cuestionable, etc. de Europa, sino ese poder emancipador sin parangón que es la Europa de la modernidad secular, de la Ilustración, de los derechos humanos y las libertades, de la solidaridad y la justicia social, del feminismo. Debemos defender la palabra «Europa», no sólo porque contiene más cosas buenas que malas, sino sobre todo porque la herencia europea proporciona las mejores herramientas para analizar lo que está mal en Europa. ¿Se dan cuenta los críticos del «eurocentrismo» de que los términos de su crítica derivan precisamente de esta herencia europea? Moviéndonos hacia la izquierda.

No cabe duda de que la amenaza más visible a este poder emancipador viene de adentro, de este nuevo populismo de derechas que pretende destruir esta herencia emancipadora, y para el que sólo debe existir una Europa de estados-nación dedicados a preservar su identidad particular. Durante su visita a Francia hace unos años, Steve Bannon [antiguo asesor estratégico de Donald Trump] concluyó su discurso con las siguientes palabras: «¡América primero!», «¡Viva Francia!”, “¡Viva Italia!”, “¡Larga vida a Alemania!”… pero no Europa. Cuidado, porque esta visión va acompañada de una redefinición total de nuestra cartografía política. En una de sus escasas apariciones durante la campaña de su marido, Melania Trump denunció la “agenda socialista” de Joe Biden. ¿Qué pasa con Kamala Harris, a quien se considera generalmente más a la izquierda que el moderado Biden? Donald Trump no se anduvo con rodeos: “Es una comunista. No es socialista, está muy por encima de eso. Quiere abrir las fronteras para que entren en nuestro país asesinos y violadores.” ¿Desde cuándo la apertura de fronteras es una característica del comunismo?, se preguntarán. Pero no importa.

Desacreditar a Joe Biden y Kamala Harris con el argumento de que son socialistas/comunistas no es una simple exageración retórica. Donald Trump no hizo al azar estos comentarios que sabe que son falsos. Sus “exageraciones” son la perfecta ilustración de lo que yo llamaría el “realismo de las nociones”: las nociones no son sólo palabras, sino que estructuran el espacio político y en este sentido tienen un efecto performativo. Para el expresidente estadounidense, el centro progresista está desapareciendo. Como dice su amigo Viktor Orban, los progresistas no son más que comunistas con diploma. En otras palabras, sólo quedan dos polos políticos reales: por un lado, los nacionalistas populistas, por el otro los comunistas.

Esta es nuestra única oportunidad hoy en día: sólo si nos escindimos de la versión clásica de la democracia liberal defendida por la herencia europea, sólo si rompemos lo que nos une al cuerpo decadente de la vieja Europa, podremos mantener viva la herencia europea.

¿Debemos, pues, poner todo nuestro empeño en la resurrección de la democracia liberal? No, porque en algunos aspectos Trump y Orban tienen razón: el auge del nuevo populismo es un síntoma de los defectos del capitalismo liberal y democrático, tal como los teorizó Francis Fukuyama con su libro El fin de la historia y el último hombre. Con Trump y sus acólitos, la historia ha vuelto y, para salvar lo que vale la pena salvar en la democracia liberal, debemos movernos hacia la izquierda y hacia lo que Orban, Trump y los demás describen como “comunismo”.

En Notas para la definición de la cultura (1948), el poeta y dramaturgo T. S. Eliot, un prominente conservador, observó que en ciertos momentos no hay más remedio que elegir entre la herejía y la no creencia, y la única manera de mantener viva una religión es entonces el cisma. Esta es nuestra única oportunidad hoy en día: sólo si nos escindimos de la versión clásica de la democracia liberal defendida por la herencia europea, sólo si rompemos lo que nos une al cuerpo decadente de la vieja Europa, podremos mantener viva la herencia europea. El propio Joe Biden, aunque es centrista, va por este camino: su secretaria del Tesoro, Janet Yellen, ha propuesto la implementación mínima de impuestos a las multinacionales, una medida que también defiende el economista Thomas Piketty. Una acción global que no esté centrada en Europa —ayudar a la India y a otros países con las vacunas, movilizarse a nivel mundial contra el calentamiento global, organizar la salud pública mundial, etc.— es la única manera en que podremos hacerlo. Esta es la única manera en que podemos actuar como verdaderos europeos hoy en día.


La versión original en francés de Mi manifiesto europeo ha sido publicada por Slavoj Žižek en Le monde

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