Nada sucede sin una razón. Este es el principio de razón suficiente (PRS) de Leibniz. Según este principio, todo acontecimiento en el universo está metafísicamente vinculado a los demás por algún lazo racional, generalmente entendido como una causa. La causalidad actúa como la fuerza unificadora del universo. Ahora bien, «causa» significa, en su sentido más amplio, razón y fundamento. La palabra alemana Grund captura esta doble significación. La expresión podría traducirse, por tanto, como: «todo está fundado» o «todo tiene un fundamento racional».
Pero ¿qué es la razón? La lógica. El universo es, en última instancia, lógico. Las causas pueden comprenderse lógicamente como nexos necesarios. Por supuesto, existen tanto conexiones lógicas como empíricas entre los hechos. Afirmar la validez irrestricta del PRS implica que la lógica (razón) y el ser deben coincidir. Siguiendo a Leibniz, la distinción entre razón y ser proviene de nuestro punto de vista finito. Visto desde la perspectiva de Dios, los hechos son tan necesarios como los juicios lógicos.
Según Leibniz, el mundo está lógicamente determinado. Esta tesis metafísica se apoya en nuestra capacidad para expresar todos los fenómenos dentro de un único sistema lógico. Es decir, el mundo debería poder expresarse por completo en un conjunto de términos lógicos homogéneos. En ello reside la unidad y coherencia del ser. La lógica es un sistema simbólico en el cual los hechos se expresan mediante proposiciones conectadas por elementos definidos (conectores), donde son posibles varias transformaciones siempre que se preserve el valor denominado «verdad». Este último elemento recibe el nombre de implicación lógica (entailment). La implicación es la forma lógica de la causalidad o, en un sentido más amplio, del fundamento.
La lógica se reconoce a la vez como limitada y plural
Pero ¿qué ocurriría con la implicación, la verdad y el principio de razón suficiente si existieran distintos sistemas lógicos? Esta no es solo una pregunta teórica; de hecho, ya poseemos diversos sistemas lógicos. Debemos asumir cierto pluralismo lógico. Este es el primer rasgo de nuestro horizonte lógico contemporáneo. El segundo es la limitación lógica, es decir, el hecho de que todo sistema lógico —y, de hecho, todo sistema axiomático— es o bien incompleto o bien inconsistente.
¿Qué ocurre cuando consideramos estas dos condiciones: la incompletitud (o inconsistencia) y la pluralidad de la lógica? Por un lado, hay algo que queda fuera del alcance de la pura formalización; por otro, está el hecho de que la formalización puede llevarse a cabo de distintas maneras. Esta situación supera las pretensiones clásicas de la logica universalis tradicional, es decir, de un sistema único, completo y consistente capaz de representar todos los hechos (los seres y sus conexiones recíprocas) en el mundo.
Sin embargo, esto no desemboca en un pluralismo desenfrenado, ni disuelve la lógica como tal o el concepto de implicación lógica. Por el contrario, la lógica se redefine de manera más amplia, aunque sin caer en la arbitrariedad. El resultado es lo que llamamos el principio de razón insuficiente, donde la lógica se reconoce a la vez como limitada y plural.
Este es el camino lógico hacia el principio de razón insuficiente. Pero existe también un camino natural-metafísico. Este debe expresar cómo el mundo concreto no está ni determinado ni indeterminado, sino subdeterminado en su misma actualidad. O, dicho de otro modo, está determinado, pero no hasta el punto de agotar sus potencialidades. Un ente actual es a la vez determinado y abierto, concreto y posible. En otras palabras, está sobredeterminado, es decir, sujeto a distintos niveles de determinaciones, y subdeterminado, es decir, abierto a nuevas determinaciones, tanto cuantitativas como cualitativas.
Podemos llevar esto un paso más allá. Las cosas en el mundo están sujetas al cambio: desde los átomos hasta las sociedades, las galaxias y los organismos vivos. Hay una historia asociada a todo lo concreto. Esta historia muestra patrones y regularidades, invariancias y simetrías, pero nunca leyes últimas.
De aquí se sigue que no existe un ser necesario. Y, sin embargo, el ser no es arbitrario. Una vez que algo existe, queda vinculado a otros seres, así como a su propio pasado. Está ligado a su entorno y a los lazos que ha establecido con otros entes. Los saltos son relativos. En nuestro universo existen diversas formas de conservación: al menos, la de la materia y la energía. Esto significa simplemente que nada surge de la nada. Hay un lazo entre el ser y el ser. Incluso si el significado de «existir» cambia a lo largo de la evolución (por ejemplo, un átomo, los números y los recuerdos no existen del mismo modo), siempre hay una mezcla de continuidad y discontinuidad.
Las cosas en el mundo están sujetas al cambio: desde los átomos hasta las sociedades, las galaxias y los organismos vivos. Hay una historia asociada a todo lo concreto.
La existencia de entidades tangibles y definidas no excluye la posibilidad de transformación, incluso de metamorfosis drásticas, tanto en los individuos como en lo colectivo. No hay un vacío primitivo del cual todo emerja, como de las entrañas de algún dios. Las cosas provienen de otras cosas. Sin embargo, si las cosas poseen la capacidad de evolucionar e innovar, es porque nunca están completas ni acabadas, es decir, no son cosas puramente presentes, sino procesos en curso. A través de la información, pueden conservar el pasado (memoria) y proyectar posibles futuros (proyección), así como participar en procesos de morfogénesis y transformación. Las cosas van más allá de sí mismas; son más que ellas mismas.
El principio de razón insuficiente exige hacer justicia tanto a la lógica como a los hechos
El concepto de diferencia ontológica fue introducido para salvar a los entes de una inmanencia absolutamente cerrada, del destino de ser siempre los mismos debido al poder de alguna esencia. El ser pasó entonces a significar existencia temporal, devenir y trascendencia. Pero este concepto privó a los entes del poder de convertirse en otros por sí mismos. El principio de razón insuficiente devuelve este poder a las cosas. Los poderes del ser pertenecen a los entes. No son modos de apariencia, sino el ser mismo, distribuido entre los entes y las conexiones, los estados y los procesos, los individuos y los dominios, las escalas y los modos. El ser, por tanto, no está antes que los entes (ontológicamente, como en Heidegger y su discípulo Badiou), sino entre ellos. Es su vínculo y las posibilidades de novedad radical que los habitan.
La razón insuficiente no significa una razón indeterminada, sino subdeterminante: una determinación que no agota las posibilidades futuras. Estas no están prefiguradas, como en el lanzamiento de un dado, donde sabemos a priori que existen seis y solo seis posibilidades. Las cosas están completamente determinadas en el sentido de ser plenamente concretas, pero subdeterminadas en tanto siempre pueden ser de otro modo: desempeñar otro papel, mostrar otra perspectiva, evolucionar, separarse, mezclarse, experimentar una metamorfosis o generar nuevos seres y relaciones.
Pero ¿qué hacer con tantas lógicas y tantos mundos, tantos seres y conexiones, hechos e interpretaciones? Diversas descripciones y marcos para interpretar el mundo pueden ser igualmente válidos, sustentados por la evidencia o la experiencia. Varios pueden ser, del mismo modo, consistentes. ¿Cómo decidir entonces? Por sus consecuencias éticas. El principio de razón insuficiente exige hacer justicia tanto a la lógica como a los hechos, a la determinación como a la apertura, pero también a la ética. Las descripciones últimas del mundo permanecen indecididas, siendo solo posibles, y por tanto requieren la intervención de la ética.
Referencias
Badiou, A. (2017). Being and event. Bloomsbury Academic.
Heidegger, M. (1996). Being and time (J. Stambaugh, Trans.). State University of New York Press.
Rescher, N. (1992). G. W. Leibniz’s Monadology. Routledge.






Me ha gustado mucho, pero creo que confías demasiado en la exégesis logicista de Leibniz explorada por Russell.