La falacia autoritaria y reaccionaria del mundo multipolar de Aleksandr Dugin

enero 21, 2026
Mapa fragmentado del mundo representando multipolarismo autoritario

En un artículo reciente titulado «El fin del derecho internacional y el regreso de la guerra mundial», publicado el 3 de enero de 2026, el filósofo ruso Aleksandr Dugin presenta una visión alarmista y profundamente autoritaria del orden global. Desde su perspectiva eurasianista, Dugin argumenta que el colapso del derecho internacional es inevitable debido a la incompatibilidad entre sistemas de poder rivales, lo que allanaría el camino para una tercera guerra mundial.

Sin embargo, esta narrativa no es más que una justificación ideológica para el expansionismo ruso. Además, está envuelta en un discurso de realismo geopolítico que ignora las raíces imperiales de las acciones de Moscú y promueve un multipolarismo autoritario que poco tiene de liberador: es más bien una herramienta teórica de dominación hacia pueblos que solo quieren vivir en paz en sus territorios.

El multipolarismo de Dugin no es progresista ni descolonizador: es autoritario y patriarcal

Dugin, conocido por su cercanía al régimen de Vladimir Putin y por ser una figura clave en el pensamiento de la extrema derecha rusa —a menudo etiquetado como «fascismo ruso»—, traza una historia selectiva del derecho internacional. Comienza con el sistema westfaliano de 1648, pasa por el bipolarismo de la Guerra Fría y llega al «momento unipolar» posterior a 1991, donde Occidente, liderado por Estados Unidos, impone su hegemonía a través de la globalización y organizaciones como la ONU, a las que califica de obsoletas.

Hasta aquí, su análisis podría resonar con críticas descolonizadoras desde el sur global, como las que se han desarrollado en América Latina al cuestionar la colonialidad, el extractivismo y el intervencionismo de Estados Unidos. Pero Dugin da un giro reaccionario: defiende un multipolarismo basado en «estados-civilizaciones», como Rusia, China e India, donde la soberanía se prueba mediante la fuerza bruta.

Esta visión es hipócrita y peligrosa. Dugin lamenta el «caos» actual con cinco sistemas incompatibles —desde la soberanía nominal de la ONU hasta la hegemonía unilateral de Estados Unidos—, pero omite convenientemente la activa contribución de Rusia a este caos. La invasión a Ucrania en 2022, que Dugin ha respaldado de modo explícito, violó flagrantemente el derecho internacional, incluyendo la Carta de las Naciones Unidas que él mismo cita como relicto. ¿Dónde queda la soberanía de los pueblos cuando tanques rusos arrasan ciudades ucranianas bajo pretextos de «desnazificación»?

Este no es un choque inevitable entre polos, como sugiere Dugin, sino una agresión imperial que reproduce los mismos patrones coloniales que critica en Occidente. En América Latina, sabemos bien de intervenciones disfrazadas: desde el golpe de 1973 en Chile hasta las recientes maniobras en Venezuela, donde potencias como EE. UU. y Rusia compiten por recursos y dejan a los pueblos como meras «zonas de influencia», tal como Dugin describe con desdén.

Lo que necesitamos es realizar una crítica a todos los imperialismos, reformar la ONU para dar voz real al sur global

Además, el multipolarismo de Dugin no es progresista ni descolonizador: es autoritario y patriarcal. Influenciado por su Cuarta Teoría Política —una mezcla de bolchevismo nacional, eurasianismo y elementos fascistas—, promueve un mundo dividido en bloques civilizatorios, donde la diversidad cultural se reduce a esferas de poder jerárquicas. Esto ignora las luchas feministas, socioambientales y de derechos humanos que cruzan fronteras.

En un contexto donde la crisis climática y las desigualdades globales exigen cooperación multilateral, Dugin opta por la confrontación, advirtiendo que 2026 será «crítico» para una guerra prolongada. ¿No es esto una profecía autocumplida que beneficia a regímenes como el de Putin, quien usa la retórica antioccidental para justificar represión interna y expansión externa?

Lamentablemente, esta narrativa de Dugin encuentra eco en cierta izquierda autoritaria y dogmática, que, en su obsesión antiimperialista contra Occidente, termina apoyando figuras como la de él y regímenes opresores como el de Putin. Esta izquierda, atrapada en un binarismo simplista, ignora las violaciones a los derechos humanos en Rusia o China, priorizando alianzas geopolíticas sobre los principios de emancipación social y solidaridad internacional. Esto revela lo perdida que está esa corriente, ya que reproduce las mismas lógicas autoritarias que dice combatir; esto socava cualquier proyecto transformador desde el sur global.

Desde una perspectiva latinoamericana, como plantea Aníbal Quijano con su concepto de colonialidad del poder, debemos rechazar esta falsa dicotomía entre unipolarismo occidental y multipolarismo autoritario. Lo que necesitamos es realizar una crítica a todos los imperialismos, reformar la ONU para dar voz real al sur global, desmilitarizar las relaciones internacionales y priorizar la sostenibilidad ecológica sobre el «derecho del más fuerte». Dugin, con su mirada, no ofrece soluciones, solo excusas para más violencia.

En tiempos de crisis —como la reciente escalada de violencia en Venezuela e Irán—, cuando la hipocresía de posturas de izquierda y de derecha abundan, urge una crítica consistente: condenar todo imperialismo, sea de Washington, Moscú o Beijing. Solo así construiremos un mundo pluriversal, donde quepan muchos mundos, lejos de las guerras que Dugin parece anhelar.

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