La escolástica
La palabra escolástica designa la filosofía cristiana de la Edad Media. El nombre scholasticus hace referencia al maestro de artes liberales. Estas constituían un compendio pedagógico integrado por el trivio y el cuadrivio. El primero comprendía las disciplinas que, más o menos, conocemos hoy como gramática, lógica y retórica; el segundo, la geometría, la aritmética, la astronomía y la música.
Scholasticus también se asoció al encargado de enseñar la filosofía o la teología, lo cual indica cuán importante fue el rol que jugó la enseñanza en ese momento. Y no es meramente casual, ya que, a diferencia de épocas anteriores, lo importante no es tanto la indagación como la formulación de los problemas.
En esta época se plantea como tema fundamental de reflexión la posibilidad de acceder a Dios, en qué forma entendemos la fe y cómo se construye una teología. Estos tres problemas —Dios, la fe y la teología— son apenas cuestionados. Aunque hay cierta unanimidad entre los investigadores en que no todo en la época debe ser catalogado como retroceso u «oscuridad».
En cuanto al método de enseñanza, encontramos dos formas fundamentales: la lectio, que consistía en el comentario de textos, y la disputatio, o consideración dialéctica de los problemas. Esta última estimulaba la discusión sobre un tema determinado, aduciendo pros y contras.
Del cuestionamiento de esas verdades surgieron los debates medievales más significativos, entre los que se encuentra la polémica entre dialécticos y antidialécticos, sobre la pertinencia o no de la razón, y la discusión dialéctica sobre la verdad.
Lo filosófico y lo cotidiano
Ahora bien, más allá de las discusiones particulares de ese momento, escolástica, en algunos contextos, refiere a un término dogmático. Y este quizá sea uno de los legados más apreciables de esa época, sin querer menospreciar sus grandes aportes teóricos.
A la primera y original escolástica se le achaca no haber sido creativa.
En ella se transcribieron los designios de una ortodoxia que quedó fuera del cuestionamiento y la reflexión. Por un lado, vivió a expensas de la tradición platónica y aristotélica de la filosofía griega; por otro, de la tradición judeocristiana. De ahí que siempre se diga: durante la escolástica, la teología desplazó a la filosofía, la fe se impuso a la razón y la Iglesia al Estado.
Todos los contenidos culturales se hicieron expresión de ello. Las catedrales, la pintura, el arte escultórico, la literatura y la vida social ofrecen incontables ejemplos. En todos estos espacios hay una polarización moral que va desde el ciego compromiso con la religión hasta la condena. Se trata de una rigidez social y un hieratismo impuesto por la abstracción de lo divino.
En El otoño de la Edad Media, Johan Huizinga tiene palabras muy precisas sobre el mecanicismo de la vida cotidiana:
«Todas las experiencias de la vida conservaban ese grado de espontaneidad y ese carácter absoluto que la alegría y el dolor tienen aún hoy en el espíritu del niño. Todo acontecimiento, todo acto, estaba rodeado de precisas y expresivas formas, estaba inserto en un estilo vital rígido, pero elevado. Las grandes contingencias de la vida —el nacimiento, el matrimonio, la muerte— tomaban con el sacramento respectivo el brillo de un misterio divino. Pero también los pequeños sucesos —un viaje, un trabajo, una visita— iban acompañados de mil bendiciones, ceremonias, sentencias y formalidades.»
Esa irradiación de formas rígidas, enemigas de la naturaleza humana definida por la modernidad, son las verdaderas protagonistas de la Edad Media y de su expresión teórica más acabada: la escolástica.
Escolástica y dogmatismo
Claro está, esto es una definición bastante reducida. Pero lo que importa no es tanto la historia del pasado como la del presente.
En otro sentido y contexto, cuando hablamos de escolástica y dogmatismo, nos referimos, en primer lugar, a que tiene que haber una figura, concepto o noción elevada a rango supremo. Esta verticalidad explica las relaciones con los otros objetos de manera mecánica. Y, finalmente, no queda nada al libre albedrío: el mundo mismo queda atado a un sistema de relaciones que encuentra su función en lo supremo.
Más allá de la modernidad o la Edad Media, toda época tiene sus dogmas y su escolástica. Todo sistema tiene su manera de hacerse eterno y legitimarse ante la mayoría. Y por ello juega con el peligro de volverse dogmático y rígido. No pensemos ya que todo, absolutamente todo, juega a ser Dios. Pero sí que, en cada pedazo de mundo, hay una norma que quiere ser eterna.
Encontramos un pensamiento con esta orientación cuando el presente adquiere sentido por el pasado y no por el futuro. Es esencial a esa forma de pensamiento una historia inmóvil, una novela fácil donde ya se conocen los personajes, causalmente, buenos o malos.
También, cuando las imágenes adquieren más sentido que los hombres. Lo cual no quiere decir que los íconos sean falsos, pero cada tiempo debe encontrar sus propias palabras. Cuando los valores no tienen absolutamente ningún sentido, sino el que le da cada cual a conveniencia. Cuando una sociedad no tiene un ágora donde confluyan las diferencias. Cuando la cultura y el arte se repiten con palabras vacías y obras que no dicen nada al individuo.
En fin, búsquese un lugar donde los hombres reproduzcan y no piensen, donde se intente revelar una verdad absoluta y acrítica, y se encontrará de nuevo, resucitado, el dogma.





