Permítanme que, antes de entrar en materia, me detenga brevemente en el concepto de clase social, sin cuya aclaración resultaría más complejo abordar el término estatus.
Según la RAE se entiende por clase social al «conjunto de personas que pertenecen al mismo nivel social y que presentan cierta afinidad de costumbres, medios económicos, intereses, etc».
Como quiera que una definición no deja de ser una traición, describir con precisión el constructor de clase resulta especialmente complejo. Desde los autores clásicos –Durkheim, Marx, Weber– hasta otros más recientes como Parsons o Luhmann, y sin olvidar a Goldthorpe, Wright, Dahrendorf y Bourdieu (quien, por cierto, subraya la importancia de las relaciones sociales), todos coinciden, más allá de sus diferencias teóricas, en clasificar la sociedad en distintos niveles según sus propios modelos.
Con independencia del enfoque teórico, pueden distinguirse diferentes niveles que remarcan la importancia que cada una de estas clases tiene con relación al conjunto. Esto explica el que –aunque sea de forma intuitiva– hablemos con cierta propiedad de clases alta, media y baja. Cuando los científicos sociales –y, en particular, los sociólogos– despliegan su arsenal metodológico, pueden determinar qué personas pertenecen a una u otra clase, un proceso que, simplemente, podría denominarse estratificación social.
Así, datos objetivos como el nivel de renta y patrimonio, cuantificables en unidades monetarias, servirían para medir la clase social que corresponde a una persona. Y es que, lo queramos o no, somos primates.
El etólogo y divulgador científico británico Desmond Morris, en su libro El mono desnudo (1967), estudia las características animales que distinguen a la especie humana dentro del conjunto de especies zoológicas. Esto ayuda a entender por qué desarrollamos una serie de comportamientos sociales según la clase social a la que pertenecemos.
El naturalista y habitual colaborador de National Geographic, Richard Conniff, en su libro Historia natural de los ricos: un estudio de campo (2002), analiza el comportamiento de las personas de clase alta –en clave zoológica– y parece constatar diferencias comportamentales respecto a otras clases sociales.
Es aquí donde se puede comenzar a hablar del estatus —del latín status, «estado, condición»—, entendido como la posición que una persona ocupa en la sociedad o dentro de un grupo social. Ahora bien, habría que matizar que esa posición no deja de ser una percepción, ya que si el concepto de clase puede objetivarse, la posición que una persona ocupa con relación al resto no deja de tener algo subjetivo. Es más, puede que no necesariamente una vaya de la mano de la otra.
Piénsese, por ejemplo, en un determinado tipo de profesionales, como los/las profesores/as universitarios/as. Nadie negará que, en general, este colectivo siempre ha sido bien considerado, pues ocupa las posiciones más altas del modelo educativo. Sin embargo, esta buena percepción podría entrar en contradicción con la clase social a la que realmente pertenecerían, como evidencia el hecho de que muchos de ellos reciben ingresos muy por debajo de su cualificación y de su continuado esfuerzo personal y profesional. No debe olvidarse que la pertenencia a una clase social alta –la que teóricamente se atribuye a este colectivo– pierde consistencia si se analiza en términos de renta o, si se prefiere, de ingresos.
En el otro extremo del continuum se encuentran quienes ejercen oficios diversos –albañiles, pintores, mecánicos, entre otros–. Genéricamente, se les ha etiquetado como blue collar (cuello azul, en alusión al mono de trabajo de ese color que pudieran llevar), en oposición a los white collar (cuello blanco, en referencia a las camisas blancas de quienes trabajan en entornos de oficina). Resulta paradójico que los trabajadores de cuello azul, pese a no gozar de una valoración social especialmente alta, obtengan, en muchos casos, ingresos superiores a los de ciertos white-collar.
Si es cierto que la visión de la realidad se construye socialmente –como señalan Berger y Luckmann (1966)– entonces puede entenderse que, mientras el ascenso social suele ser un proceso largo, sinuoso y larvado en el tiempo, el estatus, en cambio, puede disimularse o adquirirse de forma mucho más inmediata.
Piensen, si no, en la posibilidad de comprar ropa de marca, adquirir un coche de un determinado cubicaje o incluso una vivienda en una zona exclusiva. Muchos de estos comportamientos, asociados a clases sociales más elevadas a las que uno pertenece, pueden alcanzarse simplemente mediante el acceso al crédito.
Otra cuestión es la solvencia y la capacidad de reembolso, que puede poner en riesgo esta performance vital en la que aparentar se convierte en una vía para obtener estatus. Woody Allen lo retrata espléndidamente en su película Match Point.
Sin lugar a duda, el estatus puede construirse y mantenerse en el tiempo. El acceso a organizaciones de distinta índole –educativas, profesionales, políticas, sociales o de voluntariado, entre otras– así como a espacios de ocio como clubes y asociaciones, permite tejer una red de relaciones sociales en las que acomodarse y perdurar, incluso a nivel intergeneracional.
Pero, y quizá esta sea la pregunta de fondo, ¿de qué sirve adquirir un estatus si obliga a estas personas a realizar esfuerzos ímprobos para aparentar aquello que su clase social les niega o no admite?




