No acostumbra a vestir de un modo estrafalario; su apariencia no despierta ningún interés. Para el foráneo, necesariamente un buen observador, son sus andares los que lo delatan como una figura de relieve. Ese hombre, que camina por entre las tiendas y a quien todo el mundo saluda, ¿quién es? Preguntamos a sus vecinos y responden, ante todo, que no es ningún líder. Ellos no tienen líder. El hombre es su chamán espiritual. El guía que los conduce como un faro por la senda de la liberación. ¿Liberación de qué?, inquirimos con inocencia. De la corrupción que carga nuestra alma tras años de vida –con el proceso de enculturación aledaño– en el sistema.
Todas esas personas –las hay mayores y también jóvenes– aseguran querer desintoxicarse de la vida en el sistema. Quieren alcanzar una bienaventuranza laica en la naturaleza, lejos del ruido.
Nos despedimos con cortesía y salimos de allí. Conducimos hacia el pueblo, urbe erigida con la viscosa dinámica del sistema. Allí, vecinos, policía e incluso, alguna autoridad política local denuncia que esa comuna está dirigida por un estafador. Un malabarista en el uso de la retórica. Por si fuera poco, un contrabandista que también se sirve de estupefacientes para manipular la frágil psique de unos cuantos individuos que precisan atención psicológica. Compungidos, nos decidimos a volver.
Las cosas por allí siguen igual. Todos nos reciben con una cálida sonrisa. Son felices, aseguran. Dicen que aquello que el sistema demoniza como «droga» tiene un uso positivo. Como el cuchillo, añaden, también uno negativo. Sin embargo, a ellos les interesa el primero. Bien empleadas, ciertas plantas son catalizadores que permiten expandir la mente. ¿Le pagan algo a su chamán? No. No emplean dinero, pero tampoco le regalan nada. ¿Sexo? No, el chamán es célibe. ¿Hueras promesas en un más allá? Nada de nada. El chamán solamente predica sobre el acá.
Esta comunidad es ficticia. No es que no haya algunas que se ajusten a esta somera descripción, pero esta, al menos, es ficticia. Dejemos la ficción. ¿Ese hombre es un chamán o un embaucador que dirige una secta de hippies? En términos más genéricos: ¿estamos ante una secta o ante una vía de escape, estrecha pero refrescante, de un modus vivendi envenenado?
Tenemos dos relatos contrapuestos. ¿El verdadero? Depende de a quién se le pregunte. ¿Cómo averiguar cuál es el atinado? Apelando a los hechos, quizás. A vuelapluma, desgraciadamente, se otea el problema. Los hechos también dependen de a quién se le pregunte. Aunque descrita con diferencias de matiz, la experiencia perceptiva es la misma. Para los unos, estamos ante gente agradable que convive trabajando la tierra y subsiste sin molestar a nadie. Para los otros, ante drogadictos que cualquier día tendrán un susto, vestidos con ropas harapientas e incapaces de trabajar como hace todo hijo de vecino para ganar el jornal como dios manda.
La percepción en bruto no nos asiste, habida cuenta de que para todos es la misma (todos vemos u olemos lo mismo). Lo que cambia aquí es su interpretación lingüística. ¿Qué interpretación es la verdadera? Tal vez la respuesta dependa de las definiciones. Definición de lo que es una secta o una droga, por ejemplo. Buceemos más hondo: ¿de dónde provienen las definiciones? De las personas, agentes lingüísticos. ¿Quién define? Estas mismas personas. Todos nosotros definimos.
Tirando del hilo, considerar que estas definiciones afloran por un ansia de conocimiento neutral, por una búsqueda del lenguaje perfecto que describa el mundo cual espejo, se antoja algo naíf. Hay un grueso convenio en torno al lenguaje, y por eso funciona. Pero también hay una lucha encarnizada, a veces consciente (incluso académica –verbigracia: «¿Qué es una mujer?»–), a veces inconsciente. En esta sutil contienda, no hay más base que el interés personal, presumiblemente suscitado por las emociones de cada quien. Un interés, por cierto, que no solo aflora del carácter y del temperamento, así sin más, sino también del bagaje cultural y educativo.
Quien imponga sus definiciones, gana. Quien imponga su relato, lo mismo. Normalmente el campo de juego es puramente político. Es bien sabido: la famosa «batalla por el relato», la «batalla cultural». No obstante, las fricciones no son solo políticas, también las hay morales e, incluso, estéticas («Eso no es música ni es nada. En mis tiempos sí que había canciones buenas»).
Cualquiera con un cerebro más grande que un guisante sabe perfectamente que la fuerza bruta, si bien es efectiva en el muy corto plazo, es inútil al respecto. La clave radica en la persuasión lingüística. Es conocido desde Sócrates: hay que seducir con palabras, con argumentos potentes.
El discurso científico –para cubrirme las espaldas, no lo definiré aquí– es a todas luces la cúspide de la convicción. Sus argumentos poseen un vigor inasible por otros medios. No solo por sus argumentos matemáticos, sino por las consecuencias técnicas a la vista de cualquiera. Nadie que emplee el GPS puede cuestionar la fuerza de la relatividad general de Einstein, por ejemplo. Por este motivo, en su historia, la comunidad científica solamente se ha tomado en serio las críticas en las que se ha jugado con las reglas de la ciencia.
Entonces, ¿por qué hay negacionistas de fenómenos explicados por el discurso científico? Porque hay personas que, por diversas motivaciones –el deseo de pertenencia a un grupo, una apetencia natural por teorías conspiranoicas–, se desentienden del relato científico; además, el tecnicismo y el nivel de complejidad del lenguaje de la ciencia, por supuesto, no ayudan. De esta manera, cualquier persona adecuadamente informada de dicho relato quedaría plenamente convencida. No hay nada más convincente, salvo, si acaso, otro relato científico.
Hay cierta controversia alrededor de los debates con presencia de negacionistas (se me ocurre el polémico debate organizado en 2024 por el canal de Youtube The Wild Project). ¿No están publicitando un discurso ridículo y peligroso? Por lo dicho, si se dan ciertas condiciones, no. Entre estas condiciones es indispensable que los interlocutores «antinegacionistas» estén bien formados y sepan comunicar adecuadamente. En un debate ideal entre los mejores defensores del negacionismo climático y científicos bien formados, no cabe duda de que este último discurso resultaría mucho más atractivo; al menos, para mentes no cerradas a cal y canto.
Con independencia de la excepción proporcionada por las ciencias (reitero: la cima de la persuasión lingüística por sólidas razones), me temo que el debate por el relato no tiene fin. Como en nuestra ficticia comuna, no hay ninguna experiencia ni teorema matemático que salde una discusión política, ni moral, ni estética, ni muchas otras discusiones cotidianas –autorizadas por la libertad que nos brinda el lenguaje–. A ver, ¿la dichosa comuna es una secta o una feliz comunidad rural? Lo que prefieras. Elige y convence a los demás.
Esta lucha por el relato, por la interpretación de las cosas, ni es nueva ni tendrá un fin, al menos mientras haya seres lingüísticos con intereses dispares.
¿Es esto motivo de preocupación? Para nada. Llevamos siglos cargando con esta losa (un tanto invisible). Esta lucha por el relato, por la interpretación de las cosas, ni es nueva ni tendrá un fin, al menos mientras haya seres lingüísticos con intereses dispares. El truco para la buena convivencia pasa por limitar este sempiterno debate al lenguaje. Fuera de él, solo quedan los recursos –negativos para todos– más simples, aunque, como se ha dicho, profundamente ineficaces. Entre ellos, la violencia. Ojalá el debate nunca termine.



